¿Es factible un corrimiento de las maras hacia Argentina? Por Agustín C. Dragonetti

La prensa argentina viene sosteniendo desde hace algunos años que el fenómeno de las maras centroamericanas se ha instalado en el país. Sin embargo, a pesar del aumento exponencial de la violencia por parte de la delincuencia juvenil, principalmente en las zonas periféricas de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, el cotejo con las bandas criminales centroamericanas es, a mi criterio, desmesurado. Al menos en el mediano plazo.

La génesis de ambas estructuras criminales tiene muy poco en común, aunque en los últimos tiempos tienden a parecerse en la metodología de sus actos.

 

Origen de las maras

El origen de las maras centroamericanas está en los grupos de exiliados salvadoreños que se instalaron en los Estados Unidos en la década de 1980, escapando de la guerra civil o por pertenecer a quienes combatieron al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y temían la venganza de los ex guerrilleros. Allí se formó la “Mara Salvatrucha” en el barrio Pico-Union, de Los Ángeles, California, con el propósito original de resguardar a los inmigrantes salvadoreños de otras pandillas de Los Ángeles, conformadas básicamente por mexicanos y afroamericanos. Pronto se transformaron en una banda delictiva que se financiaba con la venta de drogas y el robo de vehículos. Con el trascurrir del tiempo, a la Mara Salvatrucha (MS) se le han sumado centroamericanos en general y hoy no sólo está compuesta por salvadoreños.

La Mara Salvatrucha y otras agrupaciones afines (M18, Breikeros, etc.), tienen códigos de iniciación muy violentos que inclusive llegan al asesinato. Cuando un “marero” habla con la policía al ser detenido, firma su sentencia de muerte. Lo mismo sucede para quien desee abandonar la pandilla. Su lema es: “Vives para la mara o mueres para la mara”. Los integrantes de las maras se distinguen por tatuajes que cubren el cuerpo y también a menudo la cara, así como el uso de su propio lenguaje de señas. La práctica de tatuarse, que en los inicios de la pandilla era habitual y parte primordial de la iniciación, se ha ido reduciendo para impedir ser reconocidos por las autoridades.

El arribo de las maras a Centroamérica se debió a la deportación masiva que hicieron las autoridades estadounidenses. En 1996, el Congreso estadounidense sancionó una ley por la que cualquier inmigrante que purgara más de un año de cárcel debía ser expatriado a su país de origen. Entre los años 2000 y 2004, fueron expulsados casi 20.000 jóvenes con amplios antecedentes criminales.

Los mareros encontraron en sus países nativos el caldo de cultivo perfecto para sus actividades criminales: la mitad de la población activa estaba desempleada, había una extrema indigencia, y las tasas de desnutrición y analfabetismo estaban por encima del 35%.

Como resultado de estas deportaciones, los miembros originales de la MS reclutaron a sus nacionales (salvadoreños, hondureños, nicaragüenses, etc.) siguiendo el patrón que habían utilizado en los Estados Unidos, agregando el secuestro, la muerte por encargo y el cobro de un impuesto o “renta”. Algunos especialistas sostienen que las políticas de deportación implementadas por las autoridades estadounidenses han favorecido que se acreciente entre los jóvenes el prestigio de las maras tanto en los Estados Unidos como en Centroamérica y Canadá, donde se han instalado en los últimos tiempos.

Según datos aportados por la Evaluación Nacional de Amenazas de Pandillas de 2009, se advierte que la MS tiene entre 30.000 y 50.000 miembros, de los cuales entre 8.000 y 10.000 residen en los Estados Unidos.

 

Delincuencia juvenil en Argentina

Si por un lado la formación de las maras obedeció a la necesidad de protegerse contra otros grupos organizados, la aparición de bandas de adolescentes, jóvenes y aun niños en distintas zonas suburbanas de las principales provincias argentinas, se da en un marco de marginación, pobreza estructural y poca o nula intervención del Estado en materia social, que se vio incrementado a partir de la década del 90.

Solamente en la provincia de Buenos Aires hay alrededor de dos millones de adolescentes de 14 a 21 años. La mitad son pobres, el 38,8 % son indigentes y uno de cada cinco no estudia ni trabaja.

Las estadísticas argentinas indican que el 90 % de los robos con armas son cometidos por menores de entre 16 y 25 años, la misma franja etárea que conforma las maras centroamericanas.

Aunque las bandas centroamericanas tienen una estructura colosal y son trasnacionales, las argentinas están integradas por no más de 10 o 12 jóvenes. Sí mantienen la misma forma de financiación: robos, venta de drogas y sustracción de vehículos y rodados y hasta en algunas villas los proveedores deben pagar un “peaje” para poder trabajar. También comparten, en menor medida, un control sobre “su territorio” y poseen sus propios códigos: ropa, lenguaje, música, cortes de cabello, etc.

Según Alex Zunca: “Argentina tiene “pandillas” y sus acciones están diariamente expuestas. Que no se quiere hablar del tema y asumirlo es algo totalmente diferente…” “Sólo falta como en toda acción criminal despertar estas células (utilizarlas) y activarlas en los negativos criminales negocios de estos”.

Para finalizar, quiero hacer un breve análisis. Aunque sostengo que las bandas de jóvenes delincuentes (también llamados “pibes chorros”) que se mueven en las zonas suburbanas de Argentina no han llegado al nivel de las maras centroamericanas o las pandillas estadounidenses, lo que se está observando es un estado embrionario de estructuras similares a las maras.

De no llevarse a cabo una labor exhaustiva de contención, seguimiento y aun de represión, el fenómeno marero podría estar en el país en un lapso de diez años. Depende de las autoridades nacionales y legislativas elaborar las medidas adecuadas de seguimiento, reinserción y una seria política de asistencia social. De no ser así, se pasara de un estado de represión directa cuyas consecuencias son imprevisibles.

 

Agustín C. Dragonetti