Libia, callejón sin salida. Por David Alvarado

El conflicto en Libia se ha enquistado. Ni las tropas fieles al coronel Muamar Gadafi ni las milicias rebeldes se encuentran en disposición de aventajar militarmente al contrario. El almirante estadounidense Michael Mulle afirmó que entre el 30 y el 40% de las fuerzas terrestres del autoproclamado Guía Supremo libio han sufrido desgastes considerables, a consecuencia de los raids aéreos diariamente perpetrados por los aviones de la OTAN. No obstante, a pesar de que las capacidades de defensa, logísticas y de mando del ejército de Gadafi se han visto severamente castigadas, los rebeldes no han sido capaces de incrementar su área de influencia hacia el oeste del país. Las huestes del coronel han mostrado más resistencia de la prevista y, a diferencia de lo que ocurrió en Túnez y en Egipto, sus máximos responsables no parecen dispuestos a abandonar el barco de la Yamahiriya (nombre que recibe particular régimen libio). Es más, sobre el terreno, durante las últimas semanas y a pesar de los importantes daños infligidos por las incursiones aéreas de la OTAN, el ejército de Gadafi habría cobrado una cierta ventaja sobre los insurgentes.

Los rebeldes, sin formación militar, mal equipados, desorganizados y harto fragmentados, se muestran incapaces de progresar hacia Trípoli, a pesar de la inestimable ayuda de la coalición militar internacional. Ambos bandos controlan, más o menos, la misma zona que al principio de la contienda y la intervención extranjera no ha conseguido variar la situación. Mientras, el número de bajas civiles no cesa de aumentar, al igual que el coste económico de la intervención y las pérdidas multimillonarias de la economía del país magrebí. Según el Programa Alimentario Mundial de Naciones Unidas, de continuar así, en apenas un par de meses explotará una crisis alimentaria a gran escala en Libia, cuyos efectos son imprevisibles y que, sin duda, socavará aún más la ya de por si precaria situación humanitaria. Que las potencias occidentales lo admitan o no, la guerra en Libia se encuentra en una situación de impasse. A corto o medio plazo no se atisba solución alguna y la pervivencia de un conflicto prolongado es, a día de hoy, la hipótesis más plausible.

La misión mandatada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, a través de su resolución 1973 de 17 de marzo, se encuentra a la deriva. Este mandato autorizaba la toma de “todas las medidas necesarias”, incluida la aplicación de una zona de exclusión aérea, bajo el estricto objetivo de “proteger a los civiles libios”. Ulteriormente, la misión cambio de orientación, dirigiéndose de forma directa hacia la evicción del coronel Gadafi, como corroboraron con sus declaraciones públicas los presidentes estadounidense y francés, y el primer ministro británico. El cambio de orientación de la intervención militar extranjera es “un error”, según numerosos analistas. “Si dejamos de lado los objetivos humanitarios y reconocemos que el verdadero objeto de la misión es acabar con Gadafi, cerramos cualquier puerta a la diplomacia y suprimimos cualquier incitación a que el líder libio cese los ataques contra sus adversarios”, declaró recientemente ante el Senado norteamericano Richard Haass, presidente del Council on Foreign Relations. Son los civiles quienes pagarán, una vez más, las consecuencias de esta deriva. “Una guerra prolongada empeorará la crisis humanitaria”, afirma Anthony Cordsman, analista del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales.

El conflicto se encuentra enquistado, la intervención militar extranjera a la deriva y, ante tal estado de cosas, ninguna salida se antoja fácil. Expertos militares consideran que el método más eficaz de poner fin a las más de cuatro décadas de poder ininterrumpido de Gadafi es instaurar una nueva dirección en Libia a través del despliegue de un importante contingente de fuerzas terrestres en el país, que debieran permanecer sobre el terreno durante un periodo suficientemente largo para garantizar la transición. Sin embargo, las potencias occidentales, aún en su mente con el trágico espectro de la dramática intervención en Irak y Afganistán, han descartado por el momento la posibilidad de volver a intervenir de esta guisa en un país musulmán. Unas nuevas “fuerzas de ocupación occidentales” podrían generar nuevas oposiciones en Libia y en el mundo árabe. Equipar y entrenar a los rebeldes sería otra opción, pero es una opción que tomaría mucho tiempo y que comporta el riesgo que las armas caigan en malas manos. Algunos, como el propio senador americano John McCain, ya han advertido contra la infiltración de terroristas de Al Qaeda en el campo rebelde libio. Así las cosas, un compromiso con el régimen de Gadafi a través de unas negociaciones políticas sería la única opción que, a día de hoy, podría garantizar una pronta salida de la crisis libia. Por el momento, los rebeldes libios, con el apoyo manifiesto de Occidente, han rechazado concluir acuerdo alguno con el dictador libio.

El porvenir de Libia es una incógnita a corto y medio plazo. Una coalición militar bajo mando de la OTAN podría intentar dar el golpe de gracia a Gadafi a través de la multiplicación de sus acciones y de una ocupación “provisional” del territorio. Los bombardeos contra la residencia de Gadafi y la sede del Gobierno en Trípoli, en el que murieron el hijo pequeño y tres nietos del dictador, muestran que el Guía Supremo es el objetivo a abatir. Resulta claro, no obstante, que incluso si Gadafi muere la crisis no desaparecería con él. Nadie es capaz de prever la consecuencias de un eventual vacío político. Libia cuenta con hasta 140 tribus y clanes, y una historia plagada de guerras y rivalidades derivadas, sobre todo, del reparto desigual de los pingües recursos y riquedas del Estado árabe. Ante el actual impasse, una solución podría ser la partición del país de forma oficial. De una parte la Tripolitania, bajo administración de Gadafi, y de otra la Cirenaica, dirigida por los rebeldes, un proyecto al que ambos contendientes han manifestado su oposición. Otros escenarios son posibles, pero no sin implicaciones para unos y otros, lo que hace que analistas y observadores consideren que el conflicto aún diste de su solución.