Inquietud árabe por el incremento de influencia de Irán en Oriente Medio

Las recientes evoluciones en el mundo árabe han representado toda una oportunidad de Irán no quiere dejar escapar. Desde el inicio de la denominada “primavera árabe”, Irán no ha cesado de incrementar su influencia regional en detrimento de los países árabes del Golfo Pérsico. Numerosos informes de inteligencia occidental y árabe, al igual que los análisis de expertos y observadores, coinciden en esta percepción. La renovada estrategia iraní para extender su poder regional se juega, fundamentalmente, sobre tres frentes, a saber, Irak, Siria y Bahrein.

Desde mediados de julio, el régimen de Teherán ha desarrollado varias operaciones militares en territorio iraquí contra tres campos de activistas kurdos iraníes del movimiento PJAK. Según fuentes militares en la región de Sardasht, las incursiones han permitido a los Guardianes de la Revolución controlar enclaves bajo influencia del PJAK, situados en el Kurdistán iraquí. Las operaciones no han suscitado ninguna reacción oficial de parte del Gobierno de Bagdad, ni tampoco a nivel regional o internacional. Esto confirmaría la tesis de que Irak se está transformando, poco a poco, en una zona de influencia exclusivamente iraní.

Es un secreto a voces que el régimen de los ayatolás ayuda, militar, logística y financieramente, a Bachar Al Asad. La implicación directa de Irán en Siria comprende la presencia de Pasdarans, que contribuyen a dirigir y orientar la represión, y la provisión de sofisticados materiales de espionaje, que permiten localizar, identificar y detener a ciberactivistas, a través de la vigilancia de Internet y la red de telefonía móvil. Además, también se envía al régimen sirio dinero en metálico, dirigido sobre todo al pago de los salarios de las fuerzas de seguridad del Estado y a hacer frente a la asfixia económica del país. Algunas fuentes cifran esta ayuda económica directa en 5,8 mil millones de dólares.

Por lo que respecta a la ayuda indirecta a Siria, Teherán ha autorizado al Hezbollah libanés el envío de combatientes para reprimir a la oposición. Asimismo, fuentes estadounidenses aluden a presiones sobre kurdos iraquíes para persuadir a los kurdos de Siria de mantener una posición neutral ante el conflicto. Cabe señalar también la presión de Teherán sobre Turquía para mantener a Al Asad en el poder. Opositores sirios aseguran que los turcos se han convertido en una amenaza para la revolución, a través de sus gestiones para la formación de un gobierno de transición que incluya a islamistas de los Hermanos Musulmanes y sectores moderados de la oposición.

En Bahrein, los opositores chiítas pro iraníes han abandonado el diálogo nacional. El movimiento chiita Al Wifak, protegido de Teherán, anunció a mediados de julio su rechazo de la vía negociadora. El fracaso del diálogo y, por tanto, de una solución pactada a la crisis, ha relanzado el ciclo de manifestación-represión, desestabilizando al régimen monárquico en liza y al conjunto de la región. Las monarquías sunitas del Golfo Pérsico se inquietan, si bien no han desplegado ningún tipo de iniciativa para contrarrestar la estrategia de influencia iraní. “Si consigue mantener Asad poder, Irán victoria estratégica sobre países del Golfo”, estima un investigador del Instituto Francés de Relaciones Internacionales. “La guerra entre persas chiítas y árabes sunitas prosigue, los frentes de la contienda se multiplican y, batalla tras batalla, los Guardianes de la Revolución aumentan su esfera de influencia”, concluye este investigador.