La verdadera “Primavera árabe”. Por Javier Fernández Arribas

Marruecos ha puesto las bases para desarrollar una verdadera “Primavera árabe” con el apoyo masivo en el referéndum a la nueva Constitución que consagra una serie de reformas sustanciales. Es la culminación de una etapa iniciada hace bastante tiempo por el rey Mohamed VI, que ha tenido altibajos en su aplicación, y que ha tenido como objetivo principal mejorar las condiciones de vida de los marroquíes. El gran desafío de ese proceso, que se puso en marcha en 1999 con su llegada al trono, es que el progreso y evolución de la economía se corresponda con unos efectos sociales que se distribuyan a toda la población y con unas condiciones de derechos y libertades esenciales para todos. Hay un ejemplo claro que pone de manifiesto los pasos pendientes en ese camino reformista que busca una monarquía democrática: la condena a un periodista como Rachid Niny por criticar al poder. Esta situación es inaceptable en un momento en el que los gobernantes de Marruecos se jactan de haber conseguido una participación en el referéndum de más del 70% y un apoyo de más del 98%, aunque los llamados jóvenes del 20 de febrero cuestionan estos datos pero lo cierto es que su capacidad de convocatoria no es tan multitudinaria como algunos medios de comunicación occidentales se empeñan en presentar, más allá del control y represión que puedan sufrir sus manifestaciones.

Es muy importante el caso de Niny porque si se pretende poner en valor las reformas y la nueva Constitución, como naturalmente debe ser para no traicionar la voluntad del pueblo marroquí, hay que aplicar su contenido. La trascendencia de la reforma es histórica para el pueblo marroquí y debe ser un compromiso inviolable para sus dirigentes que deben respetar los artículos de la nueva Carta Magna pero, sobre todo, su espíritu, lo que significa para los ciudadanos. Desde España, la visión de la nueva etapa que afronta Marruecos, con una línea dibujada por su rey y votada por sus ciudadanos, es la de una determinación clara de convertirse en un referente democrático en una zona donde las reivindicaciones populares han provocado la caída de dictadores sin escrúpulos como el tunecino Ben Ali y el egipcio Hosni Mubarak.

No vamos a olvidar la hipocresía occidental de haber apoyado a estos y otros dictadores por los intereses políticos, económicos y comerciales habituales y después haber contribuido a su defenestración al sumarse a una ola de protestas por la libertad y la democracia que tuvieron un origen más primario como es la subida del precio de los alimentos que provocaban aún más miseria en sus vidas, sin horizontes ni esperanzas, hasta que se decidieron a desafiar al poder y luchar por sus derechos. Ya veremos cómo se desarrollan sus procesos democráticos porque las dificultades crecen en ese camino y hay sospechas de que las estructuras de poder han cambiado al dictador pero no el sistema. Hay situaciones mucho peores como en Siria, donde la represión bestial del régimen de Bachar Al Asad y la Muhabarat no concede la más mínima piedad a los opositores; Libia donde la guerra se ha estancado con una intervención internacional indecisa; Bahrein donde se ha aceptado sin rechistar la intervención de tropas saudíes y emiratíes; Yemen, donde la ausencia del presidente no liquida al régimen, de momento; Argelia, donde se silencian las protestas y sus organizadores están en la cárcel; y otros países que están intentando sofocar el fuego antes de que salte la chispa como en Irán o en China, aplicando sus medidas represoras a sangre y fuego.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre e inestabilidad en una zona vital del planeta donde se dirimen intereses estratégicos del poder mundial, pendiente de una situación económica que ha provocado cambios notables por la creciente influencia y poder de China, por las reclamaciones justas de los países emergentes y por la decadencia de una Europa dividida que no es capaz de sentar las bases necesarias para salir de la crisis y tiene a Grecia en el abismo. Pero también a Irlanda y a Portugal, ya rescatadas; y a España e Italia como grandes amenazas de desplome económico que llevarían al mundo occidental a una situación muy grave. En este contexto, Marruecos hace sus deberes con la nueva Constitución porque supone un paso importante que tiene que irse confirmando cada día con la aplicación de sus objetivos. Los medios de comunicación españoles han acogido muy favorablemente los resultados del proceso, con informaciones claras sobre los resultados y con el planteamiento de los cambios que tienen que hacerse realidad para poder considerar que el avance hacia una monarquía más democrática se cumple. Los desafíos son importantes porque esta situación crea las condiciones favorables para solucionar problemas tan trascendentes como el del Sáhara.

Javier Fernández Arribas