Entre mercado e inmigración, la derechización de Europa y España. Por David Alvarado

El reciente drama acaecido en Noruega ha abierto los ojos de la opinión pública internacional sobre una realidad que se ha venido afianzando durante los últimos tiempos en el viejo continente. Propulsada por un contexto económico y social adverso, pero también por la ineficacia y pérdida de identidad de la izquierda, la ultraderecha no ha cesado de avanzar en Europa, en contextos tan dispares como Suecia, Holanda, Italia o Austria. En Francia, el Frente Nacional de Marine Le Pen continúa consagrando su presencia entre el electorado, apelando a “purgar” el Hexágono de todos sus males a través de una vuelta a una pretendida pureza, relegando a un rol secundario – ¡cuando no expulsándola directamente! – a la población no autóctona. Los Verdaderos Finlandeses se han erigido en la tercera fuerza política en su país, invocando inequívocamente argumentos de calado racista y xenófobo. En Hungría, el partido del primer ministro Orban ha logrado imponer una nueva Constitución que abroga el derecho al aborto y el matrimonio homosexual, que instaura la cadena perpetua y se encomienda “a Dios, la corona, el orgullo patrio, la cristiandad y la familia” (sic).

La debacle de la izquierda juega un papel de primer orden en el renacer de las ideologías de la derecha europea más radical. La izquierda del viejo continente se ha visto impelida a evitar el hundimiento de un capitalismo financiero herido de muerte, dejando en evidencia una suerte de impotencia, que ha minado su credibilidad. El fracaso de la izquierda ante el neoliberalismo nunca ha sido más patente. No sólo no es capaz de oponerse a la avalancha liberal, que quiere mas privatizaciones y un menor peso del Estado social, sino que la izquierda está en estos momentos falta de proyecto, habiendo perdido – salvo, quizás, en los países nórdicos – el apoyo de las clases populares. El tradicional electorado izquierdista, desconcertado, o gira hacia la derecha populista o se refugia en la abstención política. La izquierda ya ni es capaz de defender los intereses de las clases medias, que se decantan – cada vez más – hacia la derecha. Todo este electorado se pronuncia por la derecha, no por una cuestión de corrimiento ideológico, sino como reacción, a modo de castigo hacia unas políticas, las de la izquierda, que, tomando fórmulas calcadas, apenas sí se distinguen de las políticas neoliberales practicadas por los conservadores.

En el Estado español los efectos de la crisis económica han sido mucho más acusados que en otros países de la Eurozona. Aquí, se han venido abajo sectores enteros, algunos de ellos clave, como el de la construcción, con el subsiguiente incremento del paro, que ha alcanzando tasas superiores al 20%. La praxis liberal del Gobierno socialdemócrata de José Luís Rodríguez Zapatero y la no reconducción de la delicada coyuntura, han incidido en un aumento significativo del apoyo a la derecha entre los españoles. Consecuentemente, el líder del Partido Popular (PP), Mariano Rajoy, ha despegado en las encuestas de intención de voto, presentándose a día de hoy como el aparente vencedor de las legislativas del próximo mes de noviembre, al postularse como la única alternativa de Gobierno en un país castigado por la nefasta gestión de la crisis. El trasvase de votos de la izquierda a la derecha y la probable abstención de los izquierdistas más recalcitrantes ante la derechización del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), al compás de las directrices liberales de Bruselas, devolverá con casi total certeza a los populares a La Moncloa, la sede de la presidencia del Gobierno de España, ocho años después de la marcha de José María Aznar y el advenimiento de Zapatero. En la antesala de las generales, que fueron las elecciones autonómicas y municipales del pasado 22 de mayo, el PP se impuso con claridad, todo un augurio de lo que podría ocurrir en noviembre.

 

Inmigración en el punto de mira

La salvación de la crisis profetizada por el PP vendrá plagada en España de recetas neoliberales, imbuidas de la lógica más mercado y menos Estado. Pero, más allá de la derechización de la sociedad española por el efecto de la crisis y el fracaso de la izquierda, lo que realmente causa estupor es la radicalización del discurso del PP, en consonancia con lo operado por formaciones – más o menos – similares en territorio europeo. Los ataques de los populares a la política antiterrorista del Gobierno, hasta épocas recientes objeto del más amplio consenso de toda la clase política, son un buen ejemplo de la nueva radicalidad de la derecha española, que parece ya no respetar nada, ni tan siquiera una constante como la acción del Estado en la lucha contra ETA. Un discurso extremo que, con la mirada puesta en las próximas elecciones legislativas, tiene como punta de lanza la inmigración irregular. Ya en 2008, durante la campaña de los últimos comicios generales, una de las grandes propuestas de Rajoy fue el “contrato para inmigrantes”, un documento en el que estos últimos se comprometían “a cumplir las leyes, a respetar las costumbres de los españoles, aprender la lengua, pagar sus impuestos, trabajar activamente para integrarse en la sociedad española y regresar a su país si durante un tiempo no encuentran empleo”.

La idea, que el líder popular ha retomado en la precampaña, fue enarbolada durante la campaña electoral, en noviembre de 2010, por la entonces candidata del PP al Gobierno de Cataluña, Alicia Sánchez Camacho. La política catalana defendió que los inmigrantes abandonasen España en cuanto se quedasen sin trabajo, animando a los ciudadanos a denunciar ante los ayuntamientos a cualquier inmigrante indocumentado. El PP ha hecho de esta cuestión una de las piedras angulares de su discurso. Si Zapatero aparece como el gran responsable de la coyuntura adversa, a los inmigrantes se atribuye la amplitud de la misma. De forma populista y harto demagógica, la formación conservadora achaca a los no oriundos la profundidad de la crisis económica. Este tipo de argumentos han calado fácilmente entre amplias capas de población que se ha visto seriamente afectada por la crisis. ¿La solución? Para los populares, un mayor control y la puesta en marcha de medios de presión para que los inmigrantes abandonen, por las buenas o por las malas, el territorio español, Y, por supuesto, mano dura, ya que en el discurso del PP inmigración se confunde con delincuencia en demasiadas ocasiones. Los conservadores han ido más allá, denunciando el supuesto “abuso” que de la sanidad y los servicios sociales hacen los inmigrantes, insinuando una suerte de agravio comparativo con respecto a los nacionales, quienes verían la calidad de las prestaciones del Estado mermadas, cuando no directamente limitadas por culpa – siempre e indefectiblemente – del inmigrante.

Entre rumanos, ecuatorianos, chinos, colombianos, bolivianos, peruanos o argentinos, por no citar más que algunas de los principales colectivos inmigrantes presentes en España, los marroquíes ocupan un lugar especial en el ideario del PP. Y es que Marruecos, el vecino del sur, adquiere protagonismo en la retórica popular cuando se acerca una cita electoral con vistas de atraer a votantes – aún – más a la derecha del espectro político. Entre otros, cuestiones como las de Ceuta y Melilla, ciudades españolas en el norte de África que Rabat reivindica como propias; el Sahara Occidental, ex provincia española actualmente bajo administración marroquí, a la espera de que se adopte una solución definitiva bajo los auspicios de Naciones Unidas; o los acuerdos agrícolas con la UE suscritos por el país magrebí y que los conservadores estiman que amenaza el futuro del sector en España; hacen de Marruecos un elemento discursivo óptimo para empatizar con el electorado de derecha más tradicional-reaccionario, avivando un ardor guerrero no exento de ciertos tintes de Reconquista cristiana. Para el PP, las excelentes relaciones que el Gobierno de Zapatero ha mantenido con el vecino del sur durante su mandato son motivo de escarnio, como si el conflicto debiera ser el estado natural de cosas con Marruecos. Eso sí, una vez pasadas las elecciones y cosechados los réditos electorales de la “retórica anti-mora”, Rajoy se verá obligado a privilegiar él mismo las relaciones con Rabat. Porque, para cualquier administración española, la estabilidad de su frente sur y las buenas relaciones con el reino jerifiano son imprescindibles. ¿No será demasiado tarde para reparar los daños infligidos a la entente hispano-marroquí? Son los riegos del todo vale, del populismo y la demagogia para ganar votos, herramientas privilegiadas por una derecha desbocada que, optimista – sondeos mediante -, campa a sus anchas en una Europa enferma.