La traición que puso fin a la era de Gadafi

El 20 de agosto, apenas unos cuantos miembros del Consejo Nacional de Transición (CNT) estaban al corriente de un plan urdido, hacía algo más de dos meses por una decena de oficiales superiores del Estado-mayor de la OTAN, para asestar el golpe definitivo a Muamar Gadafi. Gracias a los trabajos de cientos de agentes de inteligencia y fuerzas especiales occidentales desplegados sobre suelo libio, y a los aviones americanos Predator que sobrevolaban regularmente el territorio, la coalición disponía de ingentes informaciones sobre las evoluciones de las brigadas aún fieles a Gadafi, con datos precisos sobre su armamento y posiciones. Los informes aludían a armas y municiones que continuaban llegando a Trípoli desde Argelia y Chad, que hacían que las milicias fieles al guía pudieran aún resistir las embestidas rebeldes durante varios meses. Por otra parte, las prestaciones militares de los insurgentes tampoco llamaban al optimismo. En el frente Este, los sublevados sufrían grandes reveses, como ponían de manifiesto las dificultades de estos para acceder a la ciudad petrolera de El Briga. En el Oeste, los avances Jebel Nefusa eran reales, si bien frágiles, y siempre expuestos a la contraofensiva de los muy bien armados contingentes gadafistas. Y en Trípoli, las embrionarias células rebeldes, eran objeto de seguimiento y represión de parte de servicios del régimen.

Ante tal panorama, tan poco halagüeño, se hacía previsible un enquistamiento del conflicto. Las fuerzas de la coalición internacional resuelven entonces organizar una “rápida y audaz” operación sobre el terreno que, bajo el nombre de “sirena”, tenía por finalidad acabar con el status quo existente. Para ello, Francia hizo aterrizar sus aviones en Jebel Nefusa con el objeto de introducir grandes cantidades de armas en el país, destinadas a los rebeldes. París también desplegó varias decenas de agentes de origen magrebí de la Dirección General de la Seguridad. Por su parte, los hombres del MI6 británicos consiguieron infiltrarse en Trípoli apenas unos días antes del comienzo del asalto final. Y Washington coordinó toda la operación “sirena”, ofreciendo cobertura satélite y conduciendo a las tropas insurgentes desde Misrata hasta la propia capital. Los tres países mencionados, en coordinación con el CNT, a pesar de lo preciso de su plan y de la gran movilización de recursos y efectivos para su implementación, sabían que Trípoli se encontraba muy bien guardado. Si nadie les abría las puertas desde dentro, la operación estaba llamada al fracaso. Hasta que entra en escena el coronel El Barani Ishqal, comandante de las brigadas que protegen Trípoli de los rebeldes, a cuyas órdenes se encuentran unos diez mil combatientes, que controlan los puntos de acceso a la capital.

Este militar de alto rango, cuyo primo, Hassan Ishqal, había sido ahorcado en 1985 por intento de golpe de Estado contra Gadafi, mantenía contactos secretos con el CNT. A partir del pasado mes de julio acepta colaborar con los rebeldes a cambio de inmunidad y varios millones de dólares. Es un hombre clave, lo que la operación “sirena” necesita para llegar a buen puerto, ya que la brigada Mohamed El Mquieif, bajo dirección del coronel Ishqal, controla Trípoli, siendo incluso la que protege los desplazamientos del hijo de Gadafi y de los mandatarios del régimen. A mediados de agosto, el CNT y la coalición internacional deciden pasar a la acción y aplicar el plan “sirena”. Las fuerzas rebeldes en el oeste y en Jebel Nefusa acentúan la presión sobre los hombres de Gadafi. El sábado, 20 de agosto, los vecinos de Trípoli reciben mensajes en sus teléfonos móviles incitándolos a la rebelión, al tiempo que afirman haber arrestado a Gadafi y a varios miembros de su familia. Al caer la tarde, decenas de mezquitas, en lugar de llamar a la oración, llaman a manifestarse. Y, extrañamente, en medio de esta sucesión de actos poco comunes, las huestes de El Barani Ishqal se eclipsan. Es al caer la noche cuando, gracias a los estadounidenses, más de doscientos combatientes llegan de Masrata a la playa de Tajurae, en las afueras de Trípoli. Es en ese momento cuando se oyen los primeros disparos, acentuando el clima de tensión y de revuelta en la gran urbe.

Mientras Musa Ibrahim, portavoz de Gadafi, celebra una rueda de prensa en un gran hotel de Trípoli para distraer la atención, Bab Al Aziziya, el refugio del coronel Gadafi, se vacía de sus ocupantes. La familia del guía y los responsables del régimen huyen hacia el extrarradio a través de la densa red de túneles excavados en las entrañas de la ciudad hace más de dos décadas. El domingo, el avance los rebeldes sobre la ciudad se confirma. El poder libio, que vive sus últimos momentos como tal, envía a Seif El Islam Gadafi a hacer su show ante la prensa internacional presente en la capital. A su salida de Bab El Aziziya, los hombres de Ishqal lo interceptan. Seif El Islam permanece prisionero durante algo más de dos horas, tiempo durante el cual el CNT anuncia que éste será entregado a la Corte Penal Internacional. Finalmente, el hijo del guía consigue escaparse, organizando él mismo el rescate de su hermano mayor, Mohamed, rehén de los rebeldes en su propia casa. Ya juntos, Seif El Islam y Mohamed convencen – difícilmente – a su padre para abandonar su refugio. El domingo por la noche, Muamar Gadafi es evacuado hacia el zoo y de ahí al barrio de Abu Selim, donde se encuentran las dependencias de su guardia revolucionaria. Quieren llegar a la ciudad de Sebha, en el sur, pero las carreteras están extremadamente vigiladas por los estadounidenses. La operación “sirena” no logra strito sensu su principal objetivo, ya que no se consigue capturar a ningún eminente prohombre del régimen. Sin embargo, sí consigue invertir el estado de fuerzas, con Gadafi y los suyos huidos, adoptando ahora ellos el rol de insurgentes, siendo inestimable la ayuda del “traidor” El Barani Ishqal.