El eje Ryad-Rabat-Aman frente al neo naserismo de Erdogan. Por Karim Douichi

 

La ola de revoluciones y contestación que desde hace diez meses sacude el mundo árabe, hace que este espacio geográfico complejo atraviese una suerte de recomposición estratégica. El primero en reaccionar ha sido el bloque constituido por los riquísimos estados del Golfo Pérsico, a través del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una unión política y aduanera que no ha tardado en posicionarse sobre el tablero árabe a la luz de las recientes evoluciones. Los seis países que componen este consejo, y que han perdido dos importantes aliados en los regímenes tunecino y, sobre todo, egipcio, han apelado, ante tal delicada tesitura, a los reinos jerifiano y hachemita.

Los dirigentes de los países del Golfo, bajo impulsión de Arabia Saudí y Kuwait, han invitado a Marruecos y a Jordania a unirse al CCG, a cambio de importantes ayudas financieras. Un eje Ryad-Rabat-Aman se diseña. Arabia Saudí, detrás de la cual se sitúan los emiratos de la zona, cree haber encontrado en estos países sunitas la profundidad estratégica perdida con la caída del régimen de Hosni Mubarak. Los saudíes no saben cómo va a terminar la primavera egipcia. Las posiciones de los militares egipcios son confusas con relación a Irán y al Hamás palestino, siendo cada vez menos los dirigentes árabes del Golfo que acuden a El Cairo.

 

El imperialismo de la sublime puerta

Otra fuente de inquietud para el reino wahabita la constituye el activismo político “imperialista” de Recept Tayyip Erdogan. El hombre fuerte de Turquía está presente en todos y cada uno de los frentes regionales. Mientras éste tiende una mano salvadora a Teherán y rechaza abiertamente a Damasco o deja sin estado de alma a su “amigo” Muamar Gadafi, no cesa de volar al auxilio de El Cairo y Túnez. Así las cosas, Turquía se posiciona hoy en día como el líder natural del mundo árabe, desatando los recelos de las elites árabes hacia Ankara, que cuenta con la legitimidad de ser un poder bien elegido, democrático. La Turquía de Erdogan aparece como un valor político seguro y una potencia ineludible en el Medio Oriente.

Pero el turco no es el único modelo de evolución democrática y económica actualmente en la región. Jordania, pero sobre todo Marruecos, conocen una importante evolución democrática y un interesante crecimiento económico. Las elites tunecinas, libias y egipcias siguen de cerca lo que ocurre en Rabat y en Aman. La proximidad geográfica y las afinidades lingüísticas hacen de estos países los auténticos referentes regionales. Además, la atracción turca es problemática. La postura de la “sublime puerta” de Erdogan no deja de recordar a las elites árabes una historia otomana imperialista y dolorosa. Junto a esto, se halla la ambigua relación entre el régimen de Ankara y Tel Aviv.

 

Erdogan no es Naser

Si bien Erdogan se ve a él mismo como un nuevo Naser en versión islamista, no está claro que su discurso pueda impactar de forma eficaz en las masas, como hizo el Rais en los años sesenta. La situación es hoy más compleja. La calle árabe, en este inicio de siglo XXI, ha ganado en madurez y no está compuesta únicamente por corrientes nacionalistas. Son principales referentes se encuentran, ante todo, de lado occidental. Los retratos de Nicolas Sarkozy y de Barack Obama han suplantado en las calles a los de, por ejemplo, el jeque Hassan Nasrallah, elevado hasta fechas recientes al pedestal de adulado líder panárabe. Las experiencias de democratización llevadas a cabo por Rabat y Aman, sin que ningún líder se proclame en gran pompa como “timonel supremo” o “dirigente irremplazable”, llaman cada vez más la atención de los intelectuales y de la calle árabe, que quiere cortar definitivamente con el periodo de los “padres de la nación”, aunque estos sean electos, como en el caso de Erdogan.