Esa intolerancia que recorre Europa del Este. Por Paco Soto

Paco Soto. Varsovia.

 

El partido ultra Jobbik siembra el terror entre las minorías y los extranjeros en Hungría.

 

El extremismo político, la intolerancia social y el racismo están creciendo a pasos agigantados en los países de la antigua Europa comunista miembros de la UE. Hungría, con una extrema derecha parlamentaria potente (Jobbik) y grupos paramilitares ultras muy violentos, encabeza la lista de agresiones y desmanes de todo tipo en Europa central. Además, la derecha gobernante, el Fidesz, ha impulsado una campaña de estigmatización de los opositores, según denuncian medios críticos con el actual gobierno de Viktor Orban.

El periódico liberal de izquierda Népszabadság sospecha que el procesamiento del ex primer ministro socialista Ferenc Gyurcsány por abuso de poder responde a un ajuste de cuentas del partido Fidesz. “En el fondo da lo mismo de qué trate la cuestión. Lo único que cuenta es el hecho de que el partido en el poder, Fidesz, y en particular el primer ministro Viktor Orban disponen ahora de la oportunidad de presentar a la opinión pública un adversario político esposado o, al menos, peregrinando a la fiscalía para declarar”, señala el citado rotativo. Para Népszabadság, Orban utiliza “la autoridad para estigmatizar legalmente a sus contrincantes políticos y meterlos entre rejas”.

La situación no es mucho mejor en estos momentos en la República de Chequia, donde una ola de racismo antigitano recorre Bohemia del norte y otras zonas. La policía calcula que unos 600 activistas ultras participan en las manifestaciones racistas contra los gitanos en Bohemia del Norte y Moravia-Silesia. El Partido Obrero de Justicia Social, sucesor del neonazi Partido Obrero, desempeña un papel decisivo en estos disturbios.

Ante esta grave situación, un grupo de activistas gitanos ha anunciado su voluntad de crear un partido político, Aquí estamos (ADAJ.CZ), para defender sus intereses. Según uno de sus promotores, Cenek Ruzicka, los gitanos tendrán así la posibilidad de defender mejor sus intereses. A juicio del sociólogo Ivan Gabal, la participación de los gitanos en la política ayudará a reducir la tensión racial en la sociedad. Miroslav Kotlár, un activista de la ciudad de Liberec, donde no se han registrado incidentes, explicó que es indispensable la formación de un partido que defienda a los gitanos.

 

Incremento ultra

En ese contexto, la policía checa informó que la extrema derecha va cobrando nuevas fuerzas y se está consolidando en el país. Según las fuerzas de seguridad, los ultraderechistas tratan de aprovechar la tensión que se registra actualmente en varias zonas de Chequia donde vive un gran número de gitanos. Robert Slachta, jefe del Departamento para la Lucha contra el Crimen Organizado, declaró que “tenemos informaciones de que la ultraderecha vuelve a consolidarse después de cierta colisión de intereses entre los diferentes grupos. Registramos una creciente actividad de la extrema derecha ya sea en los conciertos de rock y punk, así como en las redes sociales, donde los extremistas exhortan a la violencia y el odio frente a otras razas. Todo esto testimonia que los neonazis vuelven a cobrar fuerza”.

 

Racismo en Bulgaria

Por otra parte, cuando quedan unas tres semanas para las elecciones presidenciales y municipales en Bulgaria, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (HCDH) condenó las recientes manifestaciones antigitanas celebradas en este país. Las manifestaciones antigitanas estallaron después de que un joven de 19 años muriera atropellado en el pueblo de Katunitsa, a 160 kilómetros al este de Sofía, por un microbús conducido por un gitano cercano al clan de un patriarca. Miles de personas se han manifestado contra los gitanos en Sofía y ciudades como Plovdiv.

En muchos casos las marchas racistas, en las que también se descalifica a la importante minoría turca del país, son alentadas por militantes del partido extremista Ataka, liderado por el periodista Volem Siderov. Los manifestantes acusan a los gitanos de delincuentes y parásitos sociales y quieren su expulsión de Bulgaria. El portavoz del HCDH, Rupert Colville, manifestó que “no es razonable castigar a toda una comunidad por un crimen cometido por uno de sus miembros”, y pidió a las autoridades que lleven a cabo una investigación sobre estos acontecimientos.

La situación es tan grave que el presidente del país, Georgi Parvanov (socialista), ha hecho un llamamiento a la clase política y los medios para “poner fin a un lenguaje de odio extremista” contra los gitanos, y el patriarca Maxim, jefe de la influyente Iglesia ortodoxa, ha pedido calma a la población. Ajeno a estas peticiones, el columnista conservador Kalin Rumenov afirmó en el periódico Noivinar que los búlgaros vivirían mejor sin los gitanos.

“Los europeos del Este llamamos a esta generación sencillamente gitanos. Hemos invertido mucho dinero en ellos y únicamente hemos obtenido a cambio malas perspectivas de cara a nuestra edad de jubilación. Dado que todos envejecemos en algún momento, sería positivo reservar algunos ahorros. Pero no será posible mientras haya tantos comensales a la hora de la comida”, indicó Rumenov. En Eslovaquia, donde también existe una importante comunidad gitana marginada, el líder ultra Jan Slota planteó la creación de un Estado propio para los gitanos tras su expulsión de los países donde viven

 

Violencia homófoba

Mientras, el responsable del Parlamento europeo para Serbia, Jelko Kacin, condenó la prohibición de una manifestación de gays y lesbianas en Belgrado por parte de las autoridades serbias. El ministro de Interior serbio, Ivica Dacic, justificó la medida por razones de seguridad, porque diversos grupos de extrema derecha habían anunciado su intención de reventar la marcha. Para el eurodiputado Jelko Kacin, “lo que estaba en juego era saber si las instituciones están en condiciones de hacer valer el Estado de derecho en el país” y “neutralizar eficazmente a las organizaciones extremistas”.

Los desfiles de la comunidad homosexual y de otras minorías sexuales suelen estar prohibidos en Serbia y los pocos ciudadanos que consiguen manifestarse en Belgrado son agredidos por los ultras, como ocurre también en Rumanía. Según los expertos, en Serbia existen unos 30 grupos extremistas que reúnen a unos 5.000 miembros.