Tiempo al tiempo en Marruecos. Por Paco Soto

 

Marruecos vive desde hace varios meses una agitación social que ha dado vida a colectivos como el Movimiento 20 de Febrero, y después del discurso del 9 de Marzo del rey Mohamed VI se ha iniciado un proceso de reforma constitucional que ha sido refrendado por la mayoría de la población. El próximo 25 de noviembre, el país norteafricano celebrará elecciones generales. ¿Hacía dónde va Marruecos?, se preguntan muchos ciudadanos en este país, y también en España y Europa. La transición se inició en Marruecos a finales del reinado de Hassan II, se aceleró con la subida al trono del actual soberano, lo que despertó grandes ilusiones en amplios sectores de la población, y después se estancó.

Algunos politólogos hablan de “una transición que nunca acaba”. Pero la denominada primavera árabe, esta ola de protestas callejeras a favor de la libertad y la dignidad que ha derrocado a dictadoras infames como el tunecino Zine El Abidine Ben Ali, el egipcio Hosni Mubarak y el libio Muamar Gadafi, ha encendido los ánimos en Marruecos. El Movimiento 20 de Febrero, que agrupa a personas, asociaciones y corrientes de muy diversa procedencia ideológica y política, no es más que una expresión, con aciertos y errores, contradicciones y puntos oscuros, de este anhelo de cambio que recorre Marruecos.

El investigador Pierre Vermeren, en su libro ‘Maghreb, la démocratie impossible ?’, escribe: “El Magreb de los años 2000 está inmerso en un proceso político incierto”. Es verdad, el futuro del Magreb y de Marruecos es incierto, pero también prometedor, incluso apasionante, diría yo. Puede ser prometedor si las corrientes más liberales y modernistas de las clases dirigentes y los sectores populares comprometidos con el cambio democrático llegan a un pacto sólido que facilite la transformación social y política del país. A nadie se le tiene que pedir que se suicide políticamente, que renuncie a sus ideas o que ceda todo su poder, pero sí que, en aras del bien común y de una verdadera estabilidad que garantice una auténtica paz social, entienda y asuma la necesidad de un cambio profundo.

En mi opinión, el rey Mohamed VI ha entendido lo que está pasando en su país, a diferencia de lo que les ocurre a otros dirigentes del mundo árabe, que se aferran a un poder obsoleto y machacan a sus pueblos sin piedad. Unos pueblos que, como diría el opositor tunecino Moncef Marzouki, “viven en una situación de vigilancia, represión y humillación”. “El rey no tenía otra posibilidad”, piensa el historiador Benjamin Stora. Es posible. Pero en cualquier caso, creo que no se puede minimizar lo que está ocurriendo en este país. La figura del rey de Marruecos ha dejado de ser sagrada y se ha convertido en inviolable, como ocurre en España con el jefe del Estado, Juan Carlos I. El Parlamento y el Gobierno tendrán más poder después de las legislativas del 25 de octubre. La monarquía cederá a la soberanía popular una parte de sus prerrogativas.

Ya veremos si todas estas promesas se cumplen, pero no nos anticipemos a los acontecimientos diciendo que nada cambiará en Marruecos tras la cita electoral. Los militantes jóvenes y no tan jóvenes del Movimiento 20 de Febrero consideran que los cambios anunciados son insuficientes y los más radicales aseguran que la reforma constitucional no es más que una maniobra para ganar tiempo y no cambiar nada de substancial en el país. Los sectores más conservadores y egoístas del Majzén miran con recelo los cambios emprendidos desde la más alta jefatura del Estado. Otras corrientes sociales y políticas valoran positivamente los pasos que se han dado, pero consideran que aunque el pueblo marroquí tiene que ser posibilista, también debe presionar al poder para conseguir más cambios, hasta que Marruecos se transforme en un país plenamente democrático.

 

Experiencia española

Yo no tengo que decirles a los marroquíes lo que tienen que hacer. Ahora bien, sí que me permito exponer mi opinión. Creo que algunos marroquíes sinceros y comprometidos con un Marruecos más democrático, próspero y justo cometen un error de precipitación. Me explico. Se piensan que se puede pasar de la noche a la mañana del absolutismo a la plena democracia. Eso es imposible. Como me decía en Rabat el abogado y politólogo Mustafá Sehimi, “se necesita un periodo de transición, un proceso de cambio político en el que la monarquía dirija las reformas, vaya cediendo poco a poco parcelas de poder y se transforme sin prisas pero sin pausas en una institución constitucional, aunque por razones históricas y políticas con más poder que en España o Gran Bretaña”. Es una opinión con la que se puede estar o no de acuerdo, pero lo que plantea Sehimi no me parece ninguna estupidez.

Hay que darle tiempo al tiempo. Entiendo que muchos marroquíes estén hartos de esperar, pero la precipitación, en política, suele ser mala consejera. ¿Qué pasó en España a la muerte de Franco? ¿La democracia llegó al país de la noche a la mañana? ¿El rey Juan Carlos fue aceptado en 24 horas por la mayoría de la población? En absoluto. Nos costó años, varios años de sudor, dolor y lágrimas para construir un sistema democrático estable. Nos vamos a dejar de mentiras o de verdades oficiales políticamente correctas: hasta el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el monarca era visto por muchos españoles como el continuador de Franco. Después, la situación cambió, porque una mayoría social se dio cuenta que Juan Carlos I estaba plenamente comprometido con la democracia.

 

Transición violenta

En su ensayo histórico ‘La transición sangrienta’, Mariano Sánchez Soler pone de manifiesto que el cambio político iniciado en España desde la muerte de Franco hasta la primera victoria electoral del PSOE, en octubre de 1981, no fue tan pacífico e idílico como lo pintan algunos. Al contrario, fue una etapa histórica de gran violencia. Hubo muchos muertos, casi 600 entre 1975 y 1983. Murieron manifestantes y presos en cárceles, comisarías y cuartelillos; hubo numerosos atentados terroristas de ETA, del GRAPO y otros grupos de ultraizquierda y de la extrema derecha, episodios de guerra sucia, huelgas reprimidas como en tiempos de Franco… También varios intentos de golpe de Estado, provocaciones de sectores nostálgicos del franquismo, crisis económica e inestabilidad política. Con el paso de los años, la mayoría de estos factores negativos fueron desapareciendo, excepto el terrorismo de ETA hasta fecha reciente. España cambió profundamente y la democracia se asentó. ¡Quién lo hubiera dicho en 1976 o 1978, cuando muchos españoles nos levantábamos cada mañana temiendo que un grupo de generales trasnochados fuera a sacar los tanques a la calle o los terroristas de ETA asesinaran de nuevo.

No quiero comparar la situación española a la muerte de Franco con la de Marruecos en 2011. Ahora bien, creo que este país puede aprender de las cosas buenas de su vecino del norte. Los españoles de la transición supimos ser pacientes y razonables, no nos dejamos engañar por los cantos de sirena de los irresponsables de la ultraizquierda y los provocadores de la extrema derecha neofranquista. Los españoles fuimos políticamente inteligentes, y es por eso que superamos gran parte de las dificultades y construimos un sistema democrático imperfecto, pero sólido. Muchos jóvenes de hoy en día piden una mejora profunda de este sistema, y creo que tienen razón. Deseo a mis amigos marroquíes lo mejor y que aprendan de la lección de los españoles y no se dejen engatusar por los demagogos y los populistas. En los asuntos públicos hay dos cosas que para mí están claras: la política es el arte de lo posible y no hay paraíso en la tierra.