Realidad marroquí. Por Javier Fernández Arribas

 

La victoria electoral en Marruecos del partido islámico Justicia y Desarrollo (PJD) no es ninguna sorpresa para los que conocen la realidad marroquí. Por supuesto que está incluido el propio rey, Mohamed VI, quien sabía perfectamente a qué se arriesgaba cuando aceptó la reforma de la Constitución que reducía sus poderes, entre otros, el nombramiento del primer ministro que ahora obligatoriamente será el de la lista más votada. Tampoco nos engañemos porque el monarca tiene margen para demostrar su capacidad de mantener el mando con el control de ministerios de soberanía de un país como Marruecos que es estratégico para España. El extrovertido líder islámico del PJD, Abdelilah Benkirán, ha moderado sus declaraciones consciente de la necesidad de no levantar más suspicacias en los sectores tradicionales del poder marroquí, el conocido, influyente y decisivo Majzen, la corte de poder que rodea al rey en Marruecos.

Hay un detalle crucial en torno a las ambiciones de poder de un partido islámico moderado como el PJD, que le diferencia sustancialmente con los islamistas radicales del partido Justicia y Espiritualidad, y es su aceptación del monarca alauí como 36º descendiente directo del profeta y jefe espiritual como Comendador de los creyentes. Esta actitud es determinante para que pueda ejercer el poder, en coalición con otros partidos políticos, una formación islámica que recoge en buena parte la confianza de un tercio de los votantes como vía de solución a sus problemas diarios en una sociedad donde las reformas emprendidas desde hace más de diez años por Mohamed VI han permitido un notable, pero insuficiente, progreso económico y social con el desafío de construir una clase media que pueda sustentar el proceso hacia una democracia, más o menos comparable con Occidente, aunque con sus propias peculiaridades.

El gran desafío de los partidos islámicos, no sólo en Marruecos si no también en Túnez, en Egipto, en Libia y en el resto de países musulmanes es asumir la imprescindible separación entre Iglesia y Estados, recorrer su propio Concilio de Trento, como ocurrió en su día a los cristianos. El ejemplo puede ser Turquía, pero no nos engañemos porque en las últimas elecciones el primer ministro Erdogan no logró los votos suficientes para cocinar a su gusto, como pretendía, la Constitución. Enfrente, una institución como el Ejército vela por mantener los principios laicos del Estado. No se pueden hacer comparaciones porque cada país es diferente pero ocurre algo parecido en Egipto, Túnez y Marruecos. Por cierto, es esencial para los intereses de España y Marruecos que exista una correcta relación política entre Benkirán y Rajoy, se caigan mejor o peor.