ANÁLISIS. Putin se debilita a tres meses de las presidenciales

Paco Soto – Varsovia

 

 

El primer ministro ruso, Vladimir Putin, se debilita y pierde popularidad cuando faltan menos de tres meses para que se celebren las elecciones presidenciales. Putin, que procede del KGB (los servicios secretos soviéticos), aspira a la presidencia de la Federación rusa. Teniendo en cuenta que controla gran parte del poder político e institucional, así como la inmensa mayoría de los medios de comunicación públicos y privados, y cuenta con serios apoyos en la oligarquía económica y los aparatos policiales y militares, es bastante probable que sea el vencedor de dichos comicios. Pero habrá que ver si conseguirá una victoria arrolladora, o se tendrá que contentar con unos buenos resultados, como le ocurrió a su partido, Rusia Unida (RU), en las legislativas del pasado 4 de diciembre.

La sospecha de un fraude electoral en las generales, que sacó a miles de personas a la calle en Moscú y otras ciudades rusas y desencadenó un ola de protestas en Estados Unidos y Europa, pesa como una losa sobre Putin. La estrella del nuevo zar ruso, que se educó en la ideología autoritaria del esclerotizado dogma marxista leninista soviético, ya no brilla como antes. Su carrera por un tercer mandato en las presidenciales de marzo podría convertirse en una pugna con la emergente oposición democrática, que reúne a grupos de derecha e izquierda y a colectivos sociales de diversa naturaleza y unos pocos medios de comunicación.

Según un sondeo del Instituto Vtsiom, si las elecciones a la jefatura del Estado se celebraran ahora, Putin sólo lograría el 48% de los votos. Otra encuesta de FOM da 44% de los sufragios al actual primer ministro, frente a 71,20% que alcanzó en 2004. Según el diario Izvestia, “la época de la dominación total está superada”. Sin embargo, para el portavoz de Putin, Dmitri Peskov, “la situación real demuestra que el nivel de popularidad (del aspirante a presidente) subirá próximamente”.

A Putin le están saliendo rivales peligrosos para sus intereses políticos y electorales. Es el caso del magnate multimillonario Mijail Prokhorov, que anunció su decisión de presentarse a las elecciones presidenciales del 4 de marzo. Prokhorov podría tener el apoyo de un sector significativo de las clases medias urbanas que aspira a vivir en un verdadero Estado de derecho y a hacer negocios libremente y sin tener que soportar el poder autoritario de los clanes oligárquicos, el crimen organizado y los gobernantes postsoviéticos.

 

“Fortaleza asediada”

La prensa más liberal asegura que Putin sufre del síndrome de “la fortaleza asediada” y su discurso político es “anticuado”. Sus bromas sobre la oposición –Putin llegó a comparar la cinta blanca que utilizan los contestatarios con un preservativo- “generan más opositores”, señaló el rotativo Vedomosti, y en Nezavissimaïa Gazeta, el antiguo ministro de Finanzas, el liberal Alexeï Kudrine, pese a ser amigo de Putin, dijo que “no estoy de acuerdo con su actitud” frente a la oposición. Ante las cámaras de televisión, Putin se enfada o ridiculiza a la oposición, en lugar de ofrecer soluciones a los problemas de la población rusa y contestar educadamente a las críticas que recibe. En una entrevista, llegó a decir: “La oposición siempre dirá que las elecciones no son honestas, es el caso en todas partes y todos los países”. Según algunos comentaristas políticos, esa manera de mentir descaradamente, pues en las verdaderas democracias parlamentarias el perdedor no suele cuestionar la victoria del ganador, y de echar balones fuera, no es sino un intento “desesperado” por ganar tiempo y manipular a la opinión pública.

Afirmar, como ha hecho Putin, que hay una campaña de “desestabilización” contra Rusia es un viejo truco propio de todas las dictaduras que suerte cada vez menos efecto incluso en una sociedad tan anestesiada, desde el punto de vista democrático, como la rusa. Aún así, Putin tuvo que reconocer que “no todo está solucionado y es estable” en Rusia. Según un dicho castellano, “cuando el barco se hunde las ratas huyen”. El barco del poder autoritario ruso con oropeles parlamentarios no se ha hundido, ni mucho menos, pero empieza a hacer agua, y los marineros más cobardes ya han abandonado la nave. Es lo que hizo hace unos días el presidente de la Duma (Parlamento), Boris Gryzlov, quien presentó su dimisión. A juicio del politólogo Stanislav Belkovski, “la decisión no ha sido de Gryzlov, sino de Putin”, es una maniobra del primer ministro para cambiar algo y que todo siga igual en las instituciones del país. Como también es una medida demagógica, según los críticos al sistema ‘putinista’, el anuncio que hizo el primer ministro de colocar cámaras en todos los colegios electorales en las presidenciales del 4 de marzo.

 

Ayuda a la UE

‍A pesar de las grandes incertidumbres políticas en Rusia y las críticas de los dirigentes de la UE a las elecciones parlamentarias rusas, Moscú hizo saber su disposición a desbloquear 20.000 millones de dólares para la ayuda a países de la zona euro en dificultades, de común acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Arkady Dvorkovich, consejero especial del jefe del Estado, Dimitri Medvédev, para los Asuntos Económicos, confirmó la voluntad de su país de facilitar un primer tramo de ayuda de 10.000 millones de dólares. Rusia hace parte de un grupo de países emergentes, como China, Brasil o India. que han fortalecido su protagonismo económico y político en el mundo y compiten directamente con las viejas potencias occidentales como Estados Unidos y la UE.