Ha nacido una nueva Rusia. Por Paco Soto

 

Rusia ya no es lo que era, un inmenso país con gobernantes autoritarios y sin cultura democrática, que fue imperio durante los zares y la etapa soviética, pero después, tras la disolución de la URSS, el 26 de diciembre de 1991, entró en un agudo proceso de decadencia política, económica y social. Las elecciones legislativas del pasado 4 de diciembre, que dieron la victoria a Rusia Unida (RU), el partido de Vladimir Putin y Dimitri Medvédev, marcaron un punto de inflexión en la vida política de la Federación rusa. Por primera vez desde que Putin accedió a controlar las riendas del poder hace más de 10 años, primero como jefe de Estado y después como primer ministro, los rusos han salido masivamente a la calle para denunciar un “fraude” electoral y pedir el establecimiento de una verdadera democracia. Son todavía una minoría, mayoritariamente ciudadanos de clase media urbana, y no todos son demócratas, pues en las filas de los contestatarios hay populistas de diversas tendencias, extremistas de derecha y nostálgicos del sistema comunista.

“Los rusos acaban de demostrar -como hace poco los árabes de muchos países- que no son, como muchos piensan, un pueblo dócil e indiferente a la falta de democracia”, recalcan en un artículo en el diario El País Carmen Claudín y Nicolás de Pedro, investigadores del Centro de Estudios y Documentación Internacionales de Barcelona (CIDOB). El descontento social es cada vez mayor y sus protagonistas han dejado de ser unos pocos opositores políticos y activistas pro-derechos humanos secundados por un reducido grupo de periodistas independientes. Esta vez los vientos del descontento social soplan con más fuerza; antiguos aliados de Putin, alentados por personalidades como el ex campeón mundial de ajedrez, Garry Kasparov, y el propio sepulturero de la URSS, Mijail Gorbachov, han pedido la dimisión del primer ministro, que aspira a ser elegido presidente en las elecciones del próximo 4 de marzo.

Ha nacido una nueva Rusia que ha salido masivamente a la calle en los últimos días en Moscú. La detención del líder del Frente de Izquierda, Sergueï Oudaltsov, ha avivado aún más los ánimos de los opositores. 22 años después del final de la URSS la sociedad civil se rebela como nunca antes lo había hecho. Las protestas callejeras celebradas en todo el país significan un desafío a los estereotipos habituales sobre la pasividad del pueblo ruso. En una manifestación en Moscú un orador se dirigió al público diciendo: “¡Muchas gracias por no quedaros en vuestras casas sentados en el sofá bebiendo cerveza!” Son muchos los rusos que han abandonado al ‘pasotismo’ político y cívico y las ONG que luchan por los derechos humanos, contra la corrupción y por una sociedad más justa han crecido como setas. Algunas están controladas por el poder; las más independientes tienen serias dificultades para hacer oír su voz, y decenas de activistas pro-derechos humanos, abogados y periodistas han sido asesinados. Pero la represión, los asesinatos y las presiones de todo tipo ya no consiguen taparle la boca a la oposición y Rusia tiene en estos momentos más usuarios de Internet que cualquier otro país europeo, lo que no deja de ser un símbolo de los nuevos tiempos que el poder no podrá destruir con facilidad.

 

“Rusia Honesta”

El popular escritor de novelas policíacas Grigori Chjartashvili, más conocido por su seudónimo Borís Akunin, ha propuesto denominar al nuevo movimiento de protesta con el nombre “Rusia Honesta”, para marcar diferencias con el partido gubernamental RU, y porque “la honestidad es un concepto fundamental, ya que estamos obligados a convivir con un poder que está constantemente mintiendo y robando”. Como señala Bill Keller, columnista de The New York Times, “los indignados rusos se sienten insultados por el poder”. El diario francés Le Figaro destaca: “La cólera de los rusos inquieta al poder” y el economista ruso Evgueni Gontmakher, opositor a Putin, piensa que “la cuestión ya no es el número de manifestantes que sale a la calle, sino que la opinión pública ha experimentado un vuelco”.

Por ello, “el poder teme que la situación degenere. Putin ha sido desacralizado y el régimen ha perdido legitimidad”, opina Alexandre Konovalov, director del Instituto de Evaluaciones Estratégicas. En la misma línea crítica, el editorialista de la emisora de radio opositora Ecos de Moscú, Leonid Radzikhovski, está convencido de que “las elecciones legislativas no serán anuladas. La presidencial se desarrollará como previsto, en marzo, con los candidatos declarados. Y aunque sea en la segunda vuelta, la victoria será para ‘Mister Putin’”, pero en la calle el descontento es cada vez mayor, y, como dice el bloguero Alexeï Navalny, “déjennos existir y nacerá una alternativa”.

 

Falsas promesas

Mientras una parte del país protesta en la calle, el presidente Dimitri Medvédiev, que es la cara amable del poder, ha prometido reformar el sistema político, pero sin dejar que “los provocadores y los extremistas lleven a la sociedad por el camino de sus aventuras y sin tolerar ingerencias extranjeras”. A estas alturas del partido, parece bastante improbable que las promesas de Medvédiev, que pronto abandonará la jefatura del Estado, tengan mucho efecto en la población. Como indica el periodista polaco y ex disidente al comunismo Adam Michnik en el diario Gazeta Wyborcza, “una Rusia rebelde ha dejado de confiar en declaraciones”. Más allá de las promesas, y mientras Putin hace todo lo posible por deslegitimar a la oposición y advierte que “no habrá revisión” de las elecciones legislativas, están los hechos, y algunos son inquietantes, como el nombramiento de Sergueï Ivanov, un ex general del KGB soviético, a la cabeza de la administración presidencial. Además, el ideólogo del Kremlin Vladislav Surkov, un personaje maquiavélico, según los grupos de defensa de los derechos humanos, ha sido nombrado viceprimer ministro encargado de la modernización. Muchas cosas se parecen en Rusia a los viejos tiempos soviéticos.