Hungría se aleja de la UE a gran velocidad. Por Paco Soto

 

Hungría se está alejando de la Unión Europea (UE) a gran velocidad de la mano del actual primer ministro conservador, Viktor Orban. El país centroeuropeo ha empezado el año con la entrada en vigor de una nueva Constitución de corte autoritario que, según la oposición de izquierda y representantes de la sociedad civil, abre la puerta a una dictadura encubierta. La nueva Carta Magna pone el acento en la xenofobia nacionalista húngara, hace una referencia explícita a la religión cristiana y a que “Dios bendiga a los húngaros” y coloca trabas a otros cultos, impulsa el revanchismo respecto de los antiguos dirigentes comunistas e imposibilita el aborto y el matrimonio homosexual.

En el ámbito político, reduce el número de diputados y fija una sóla vuelta electoral, favoreciendo al Fidesz, el partido gubernamental de Orban, en detrimento de las pequeñas formaciones. La Constitución otorga el derecho al voto a cualquier ciudadano de origen húngaro que viva en el extranjero, lo que ha levantado ampollas en países soberanos donde vive una importante minoría húngara, como Eslovaquia. Además, los puestos de responsabilidad del aparato de Estado en ámbitos como la economía, la policía, la justicia, las fuerzas armadas y los medios públicos, quedan en manos de personas de la máxima confianza de Orban, con mandatos blindados entre nueve y 12 años. Desde el pasado mes de diciembre, una nueva ley de medios aprobada hace un año por el Parlamento permite al Gobierno ejercer un férreo control sobre el trabajo de los periodistas.

 

Intervencionismo económico

En el terreno económico, la Ley Fundamental fija una tasa única de impuestos sobre el IRPF del 16%, lo que, según la oposición, atará las manos de los futuros gobiernos en materia presupuestaria. Pero lo que ha avivado los ánimos entre Budapest y Bruselas es la reforma del Banco Central Húngaro (MNB). Esta reforma, que pone en entredicho la independencia de la institución financiera nacional respecto del Ejecutivo, como plantea la UE, otorga la designación de una mayoría de miembros del Consejo Monetario del Banco Central –seis de los nueve- al Parlamento, que está controlado por el partido de Orban, lo que en la práctica imposibilita una modificación de la ley. Las medidas económicas calificadas de “no ortodoxas” por Bruselas, como las tasas a los bancos, los grupos energéticos y de telecomunicaciones y la nacionalización del sistema privado de pensiones ha hecho caer la divisa húngara, el forint, más de un 20% respecto del euro. La caída del forint ha provocado el aumento de la deuda pública, que ha escalado hasta el 82,6% del PIB, el nivel más alto desde 1995.

 

La UE protesta

Tras un largo periodo de inacción, la UE ha reaccionado esta vez con rapidez y después de advertir a los representantes húngaros que la nueva Constitución y las leyes polémicas aprobadas en las últimas semanas podrían incurrir en incompatibilidades con las normas comunitarias, ha decidido paralizar el ingreso de Hungría en el euro. Junto con el FMI, la UE podría condicionar la ayuda financiera que necesita Budapest para mantener a flote la economía. El presidente de la Comisión Europea (CE), José Manuel Durão Barroso, se dirigió por escrito en dos ocasiones a Orban para alertarle sobre la deriva antidemocrática de su política. Según el periódico de mayor tirada de Hungría, Nepszabadsag, “el Gobierno de Estados Unidos está profundamente inquieto” por la situación política húngara y la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, también ha presionado al ‘premier’ húngaro para que cambiara de estrategia.

 

Contra la “dictadura” en “Orbanistán”

Así las cosas, la oposición al Gobierno derechista de Orban no está dispuesta a que le tapen la boca y ha decidido movilizarse contra la “dictadura” encubierta que ejerce el primer ministro magiar en el país. El descontento social va en aumento en Hungría y el día de la entrada en vigor de la nueva Ley Fundamental magiar, el pasado 2 de enero, 100.000 personas protestaron en las calles de Budapest contra lo que el politólogo Andras Mink califica de “golpe constitucional” de Orban, al que algunos opositores llaman “Viktador”. Formaciones como el MSZP (socialdemócrata), los ecologistas de izquierda de LMP y el partido DK del ex primer ministro socialista Ferenc Gyurcsany son la punta de lanza del movimiento contestatario.

Para el Fidesz, las protestas son una “parodia política”. Viktor Orban no se inmuta, y mientras una parte de la población lo acusa de autócrata, él mira para otro lado o se dedica a inaugurar exposiciones en Budapest que glorifican la nueva Constitución, como ‘Héroes, reyes y santos’, una muestra que recorre el último milenio de la historia de Hungría y… ensalza la figura del primer ministro derechista. “Sería de risa si no fuera una cosa tan tremenda. Orban se ha vuelto loco”, señala el filósofo de izquierda radical Gaspar Miklos Tamas. “La resistencia progresa sin parar”, afirma el filósofo opositor. En el campo de los contestatarios se encuentran también antiguos colaboradores de Orban que desprecian sus métodos de gobierno autoritarios. “Estamos construyendo una verdadera coalición opositora” a Orban, asegura Dandor Székely, copresidente del movimiento Solidaridad, que fue el organizador de la masiva manifestación de Budapest. Székely explica que “Orban ha arruinado la economía del país y los valores democráticos, y es por eso que la cólera es tan grande”.

“Lo que el grupo parlamentario Fidesz está haciendo bajo la dirección de Viktor Orban es una amenaza vital. Esto no es promover los derechos de la nación húngara. Se puede describir como una traición capital”, asegura Attila Mesterházy, el líder del socialdemócrata MSZP. Como indica el diario polaco Gazeta Wyborcza: “La oposición húngara y los expertos occidentales coinciden en que Viktor Orban y su partido Fidesz han logrado imponer leyes que socavan el sistema democrático. Gracias a eso las autoridades han aumentado su control sobre el banco central, los medios, el tribunal constitucional y muchas otras instituciones públicas”. Según las encuestas, el Fidesz de Orban ha perdido 18% de los votos. Es lógico que ocurra esto en un país donde muchos ciudadanos se sienten asfixiados por los impuestos y la crisis. El descontento es evidente, pero de momento la oposición democrática está dividida y 54% de los electores no se decantan por ningún partido. Todo indica que en Hungría hay Orban para rato. Mientras, el ultraderechista y antisemita partido Jobbik –tercera fuerza parlamentaria- gana terreno y, según los sondeos, supera en número de votos a los socialistas.