ANÁLISIS. Putin se juega su futuro en las presidenciales

Paco Soto

 

 

Vladimir Putin, ex espía y hombre fuerte de Rusia, se prepara para ganar por tercera vez las elecciones presidenciales del 4 de marzo, después de que su partido, Rusia Unida (RU), saliera victorioso de las pasadas legislativas, que se celebraron en un ambiente de enorme tensión y críticas de la oposición por una supuesta manipulación de esos comicios por el poder. Putin, que llegó hace más de una década al poder de la Federación Rusa prometiendo el renacimiento político y económico del país, se encuentra ante una sociedad civil más movilizada y crítica que en el pasado que pide el establecimiento de una verdadera democracia parlamentaria. A sus 59 años, Vladimir Putin hará todo lo posible por recuperar la presidencia del Estado en las elecciones del 4 de marzo.

Fue presidente en 2000, al conseguir derrotar a Boris Yeltsin, hasta 2008, cuando cedió el poder a Dimitri Medvédev. En los últimos cuatro años Putin ha sido primer ministro, pero ha seguido ejerciendo de hombre fuerte del país en la sombra. Controla los principales mecanismos políticos e institucionales y buena parte de los medios de comunicación. Durante años tuvo el apoyo de una parte sustancial de las empobrecidas capas populares, que se dejaron seducir por su autoritarismo y chovinista nacionalismo ruso, y creyeron que Putin transformaría a Rusia en el gran imperio que fue en tiempos de la URSS y los zares. Pero los tiempos han cambiado y un amplio sector de la clase media urbana ya no se deja engañar por los cantos de sirena de Putin y exige masivamente en la calle derechos civiles.

Ciertamente el movimiento ciudadano está poco estructurado y dentro de la oposición política no todos son demócratas. Existen grupos activos y violentos de extrema derecha nacionalista y nostálgicos del régimen comunista anterior, pero los opositores democráticos en el centroizquierda y el centroderecha han ganado terreno en los últimos meses. La oposición se nutre mayoritariamente de clase media urbana que se ha formado en la última década. Son ciudadanos con más información y mejor formación académica y política que el resto de la población, hablan idiomas, son exigentes y críticos. “Este fenómeno ha cogido por sorpresa a las autoridades”, indica la socióloga y miembro de la Academia Rusa de las Ciencias Natalia Tikhonova. Los rusos descontentos “consideran que no dependen del poder”, asegura el experto en el instituto de sondeo Levada de Moscú Boris Dubine.

 

Pérdida de popularidad

Vladimir Putin ya no es tan fuerte como en el pasado y ha perdido parte de su popularidad. Según un sondeo difundido en enero, el antiguo jefe del KGB soviético conseguiría un 36% de los votos en las presidenciales. Sería un resultado muy por encima de sus adversarios, pero no le permitiría ganar las elecciones en una primera vuelta. Putin no lo tendrá fácil frente a candidatos como el comunista Guenadi Ziugánov; el líder de Rusia Justa, Serguei Mirónov; el liberal Grigori Yavlinski, o el ultraderechista Vladimir Zhirinovski. La calle ya no es de Putin y sus seguidores y los medios de comunicación oficialistas no pueden ocultar burdamente o minimizar el descontento popular.

Para el investigador y autor del libro ‘L´Empire aliéné. Le système du pouvoir russe’ (El Imperio alienado. El sistema del Poder Ruso) Arnaud Kalika, “estamos asistiendo al despertar de los rusos en su propio destino”. Señala el experto que de cara a las presidenciales, Putin “ha tenido que echar mano de sus fieles como Serguei Ivanov, un antiguo del KGB, nombrado jefe de la administración presidencial, o a Serguei Narychkine, puesto a la cabeza de la Duma (Parlamento), mientras que su brillante ideólogo, Vladislav Surkov, se ha quedado sin ideas”. Arnaud Kalika afirma que “Putin no ve más allá de marzo y lo único que busca es asegurarse la victoria”. En el año 2000, según el investigador, Putin era visto como “un Mesías” por la mayoría de los rusos, pero “hoy sus ideas están caducadas”.

“Putin no ha pensado que podría ser víctima del desgaste del poder. Asistimos al crepúsculo de un sistema”, vaticina Kalika. Putin está cada vez más aislado dentro del país, y fuera de Rusia se empecina en defender a regímenes criminales como el de Siria, lo que retrotrae a Moscú a tiempos de la Guerra Fría con Estados Unidos y sus aliados occidentales. Pero la época histórica ha cambiado; la URSS dejó de existir hace dos décadas, y aunque Rusia es una potencia emergente, no tiene suficiente capacidad política, económica y militar para dominar una parte del mundo, como ocurría en la etapa soviética.

Además, los frentes internos abiertos en territorios conflictivos como el Cáucaso norte, donde 17 policías murieron recientemente en una operación especial en la frontera de Chechenia con Daguestán, son un freno a la expansión exterior rusa. Según diversos analistas, el apoyo de Putin al régimen de Damasco y otras dictaduras árabes tiene también una lectura política interna. Como buen autócrata que teme a la democracia, Putin no puede tolerar que sus correligionarios del mundo árabe sean destituidos por la fuerza, y hará todo lo posible por evitarlo. Intenta impedir por todos los medios que los vientos suaves de la ‘Primavera árabe’ calienten las frías estepas de Rusia.

 

Otro país

Las grandes manifestaciones de las últimas semanas en Moscú y otras ciudades de la Federación Rusa han demostrado que las voces de la contestación se están liberando. La sociedad civil rusa, que hace pocos años estaba atomizada, ha despertado. El debate político ha salido del ámbito privado. “Podemos decir que vivimos en otro país”, afirma el antiguo campeón del mundo de ajedrez Garry Kasparov, una figura histórica de la oposición. La calle, junto con las redes sociales en Internet, sobre todo en Moscú, se ha convertido en el principal lugar de la contestación de los opositores a Putin, pero también es el escenario donde sus seguidores muestran su fuerza.

El pasado 4 de febrero, los detractores y partidarios de Putin igualaron sus fuerzas –más de 100.000 manifestantes en ambos campos- en las gélidas calles de Moscú. “Por unas elecciones limpias”, gritaron los que se oponen al primer ministro. También pidieron la anulación de los resultados de los comicios legislativos del pasado mes de diciembre, mientras que los partidarios de Putin, agrupados en torno al partido gubernamental RU, defendieron a su líder de los ataques de la oposición y afirmaron que en su país hay democracia y las elecciones son libres y transparentes.

Los seguidores de Putin protagonizaron después del 4 de febrero otras manifestaciones callejeras masivas en distintos puntos del país. Mientras la televisión está mayoritariamente en manos del poder, Internet se ha convertido en otro campo de batalla de los partidarios y opositores a Putin. Es por este motivo que los ‘nachis’ (las juventudes putinianas creadas en 2005) inundan blogs y foros opositores de comentarios favorables al régimen ruso y llevan a cabo campañas de manipulación sobre algunos dirigentes de la oposición. “Si no lo hacemos a tiempo, estos líderes de opinión seguirán manifestándose en la calle”, escribía el pasado 11 de diciembre el jefe de las juventudes putinianas, Nikita Borovikov.

Así las cosas, Putin, que también cuenta con el apoyo de la poderosa Iglesia ortodoxa, intenta situarse por encima del bien y del mal y promete un futuro alentador a los rusos. En una tribuna publicada en el rotativo Komsomolskaya Pravda, el primer ministro multiplicó las promesas de difícil cumplimiento, según los expertos, como el aumento considerable del sueldo de los profesores, la resolución del problema de la vivienda y transformar al conjunto del país en un Estado próspero y donde de cara a 2050 se habrá resuelto el grave problema de pérdida de población. Para muchos rusos, estas promesas no son más que palabras, y las palabras se las lleva el viento.