Parientes totalitarios (II). Por Paco Soto

“Equivocarse es propio del hombre, pero perseverar en el error sólo del necio” 

Cicerón

La filósofa de origen alemán Hannah Arendt ya señaló hace varias décadas que comunismo y nazismo son las dos caras de un mismo monstruo totalitario.

Mas de dos décadas después de la caída del Muro de Berlin y  del ulterior hundimiento de la URSS, un trabajo como el de Timothy Snyder (Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin, Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores) demuestra que el nazismo y el comunismo en sus diversas variantes, y no sólo en su versión estalinista soviética, han sido, junto con los fascismos y los militarismos caudillistas, las principales barbaries que ha vivido Europa en el siglo XX. Sin embargo, cuesta entender que a estas alturas de la historia de Europa, a principios del siglo XXI, mientras el nazismo es rechazado sin contemplaciones por la inmensa mayoría de los europeos, la utopía comunista, aunque fracasó estrepitosamente, goza de mejor salud de la que merece. Como dice Felipe Giménez Pérez al comentar el libro del historiador francés Alain de Benoist, Comunismo y nazismo, 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989),“resulta que hoy en día si un individuo proclama su adscripción ideológica al nazismo está condenado, maldito, proscrito. El nazismo liquidó a 25 millones de hombres. Lógicamente es una doctrina criminal. Pero si un individuo presume de ser comunista, no pasa nada, es admirado, aplaudido, respetado. Sin embargo, el comunismo liquidó a 100 millones de hombres. Lógicamente debiera ser considerado el comunismo como una doctrina más criminal aún si cabe que el nazismo y sin embargo no ocurre así”.

En su obra Le Passé d´une ilusion (El Pasado de una ilusión), el historiador francés François Furet, gran especialista sobre la Revolución Francesa, demuestra que el comunismo y el nazismo, como hace varias décadas ya indicaron el escritor político galo Raymond Aron y la filósofa de origen alemán Hannah Arendt, son las dos caras de un mismo monstruo totalitario. Para Furet, los regímenes nazi y comunista recurren a las mismas prácticas criminales, someten a los individuos a semejantes coacciones e intentan forjar con sangre el “hombre nuevo” o el “super hombre” del mañana. El investigador estadounidense Richard Pipes, en su libro Historia del comunismo, señala que hay que abordar si “el fracaso del comunismo se debió al error humano o a los defectos inherentes a su propia naturaleza. El análisis de su historia sugiere firmemente que ha sido lo segundo. El comunismo no era una buena idea que salió mal, sino una mala idea”.

 

Bondades comunistas Vs. Perversidades nacionalsocialistas

Históricamente, el comunismo ha fracasado, pero una cierta cultura política poscomunista, que se reviste de un aura ilustrada, racionalista y democrática, despierta simpatía, o al menos condescendencia, en una parte importante de la izquierda europea y de otras zonas del planeta y hasta en corrientes del centroderecha. El paraíso terrenal comunista, ese destino social perfecto y lleno de felicidad, igualdad y libertad, aunque ha demostrado ser una pura superchería, un engaño macabro, no provoca tanta indignación y rechazo como la bestialidad del nacionalsocialismo. Esto ocurre incluso en países que han sufrido las tiranías nazi y comunista como Polonia y otros Estados de Europa del Este. Muchos ciudadanos, alentados por algunos intelectuales y científicos sociales de izquierda, siguen pensando que el comunismo, por culpa de la desviación estalinista, ha sido criminal por accidente, mientras que el nazismo es criminal por esencia. Es la tesis de los plumíferos de Le Monde Diplomatique, que sienten tanto cariño por los dictadores y políticos populistas y autoritarios de izquierdas de América Latina.

Quienes simpatizan con la idea del comunismo suelen decir que la URSS fue decisiva en la lucha contra el nazismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, pero olvidan con frecuencia que Stalin, antes de oponerse a Hitler, pactó con él, y cuando se vio obligado a participar en la contienda mundial, lo hizo para defender sus propios objetivos imperialistas y no para salvar a Europa de la barbarie nazi. El comunismo soviético, mientras se aliaba con las potencias democráticas contra Hitler, masacraba a su propio pueblo y sembraba el terror en los territorios que el Ejército Rojo iba conquistando. Es razonable pensar que si la URSS hubiera podido mantener el pacto con la Alemania nazi o situarse al margen de la Segunda Guerra Mundial, una vez acabado este conflicto el comunismo no habría podido presentarse ante los pueblos europeos como el adalid de la libertad, sino como lo que realmente era: un sistema criminal que en 1945 ya había matado a varios millones de seres humanos.

[Continuará]