Parientes totalitarios (IV). Por Paco Soto

“Equivocarse es propio del hombre, pero perseverar en el error sólo del necio”

Cicerón

Stalin y Hitler, dos caras de la misma moneda. El nazismo y el comunismo han matado y ejercido el terror de masas en perfecta sintonía y coherencia con sus fundamentos doctrinarios.

Así las cosas, aunque el balance de casi un siglo de comunismo es escalofriante, la ciudadanía suele ser más benevolente con este totalitarismo que con el nazismo. A los que tienen dudas sobre su naturaleza violenta y piensan que hay un comunismo bueno y otro malo, les recomiendo la lectura de ‘El libro negro del comunismo’, un interesante y bien documentado estudio publicado en 1997 por un equipo de historiadores bajo la dirección del investigador francés Stéphane Courtois. Este libro ofrece al lector un trágico paseo a través de los crímenes cometidos por los diversos comunismos en el mundo. Este trabajo aclara que el comunismo comparte con el nazismo la misma naturaleza criminal, el desprecio por la libertad y una escandalosa cifra de víctimas. Es lógico que así sea, porque, aunque el comunismo tiene orígenes ideológicos y una base social distintos del nazismo, como recalca Karl Popper en su obra ‘La sociedad abierta y sus enemigos’: “Defiende un pensamiento totalitario que supone una visión del mundo y de la historia fundada sobre la creencia de un destino político inexorable, hace de sus ideas y propuestas las únicas aceptables y aboga por la ingeniería social y la utopía”.

Como señala Rafael Rincón, “tanto el comunismo como el nazismo se asemejan en el absoluto control sobre las instituciones (haciendo del líder, del partido, del Estado y del gobierno una misma cosa); en el emprendimiento de esfuerzos propagandísticos descomunales; en el control total de la prensa, la educación, las ciencias, las artes; en la existencia de un partido único y el sabotaje de cualquier intento de organización política incómoda para el régimen gobernante y en la limitación de cualquier iniciativa de desarrollo personal que no esté ajustada a la ideología y proyectos oficiales”. Abundando en la misma línea, Rincón dice que “el totalitario, hostil a la variedad, asume tales diferencias como ‘impulsos desviacionistas’, por lo que forzará -mediante la propaganda, el adoctrinamiento y/o la fuerza- el encauzamiento de la conducta humana por la senda indicada desde el alto poder político. Esto se traduce en humillaciones y en amenazas para obligar a los miembros de la sociedad a que se ajusten al plan y se conduzcan de cierta manera… Es por esta razón que el régimen nazi tuvo los ‘Konzentrationslager’ (campos de concentración) y el régimen comunista tuvo su GULAG o versiones similares”. En resumidas cuentas, comunismo y nazismo han sido sistemas rivales, pero también han tenido objetivos comunes.

 

Lazos entre comunismo, nazismo y fascismo

Los ideólogos comunistas y nazis remontaron a Hegel para elaborar su teoría. Y no es fruto de la casualidad que en el libro ‘Kampf um Berlin’, el nazi Goebbels subraya que “el movimiento nacional-socialista tiene un solo maestro: el marxismo”. Si en el ‘Estado y la Revolución’, Lenin escribe que “la Dictadura del Proletariado es una dominación no restringida por la ley y basada en la fuerza”, en un discurso ante la Cámara de los diputados, Mussolini, que antes de ser fascista fue socialista, declara: “Todo para el Estado. Nada contra el Estado. Nada fuera del Estado”. En 1979, el secretario general del Partido Comunista Francés (PCF), Georges Marchais, consideró que el balance de la historia de la URSS era “globalmente positivo”. Sus declaraciones provocaron un profundo malestar en Francia, pero un sector de la izquierda y la intelectualidad progresista apoyó las palabras del burócrata comunista galo. 33 años después pocos hombres y mujeres de izquierda que en otra época defendieron o justificaron la barbarie comunista, quieren recordarlo.

Muy pocos asumen abiertamente que, en términos políticos, fueron necios o canallas; o simplemente se equivocaron, lo que es perfectamente humano. En 1956, cuando los soviéticos reprimieron a sangre y fuego la sublevación del pueblo húngaro contra la dictadura comunista impuesta por Moscú, según he podido leer, hasta escritores y pensadores ilustrados, sensibles e inteligentes como Albert Camus y Cornelius Castoriadis apoyaron la intervención de la URSS. El estafador y cantamañanas Jean-Paul Sartre, que a día de hoy sigue siendo un dios intocable en ciertos círculos literarios e intelectuales de la izquierda pedante parisina, se pasó media vida defendiendo los crímenes de Stalin y después los de Mao Tsé Tung, y muy pocos se atrevieron a pedirle cuentas.

En 1998, el trotskista francés Gilles Perrault, el socialista suizo Jean Ziegler y Maurice Cury publicaron, a guisa de réplica a ‘El libro negro del comunismo’, el ‘Libro negro del capitalismo’, en el que denuncian los crímenes de este sistema político y económico, como la represión de la clase trabajadora y las barbaridades del colonialismo y del imperialismo. Tienen razón los autores de este libro de poner sobre la mesa las miserias del capitalismo, porque son muchas, pero olvidan que mientras en el marco del sistema capitalista ha habido y hay gobiernos democráticos y en bastantes países el nivel de vida de la población trabajadora ha mejorado considerablemente en las últimas décadas, en ningún régimen socialista, ¡en ninguno!, ha existido un poder democrático. Además, tendríamos que preguntarnos por qué motivos los países de Europa del Este están más atrasados que los del Oeste. Es evidente que las razones son históricas, económicas y políticas. ¿O no?

 

Condena europea

En febrero de 2006, el Consejo de la Asamblea del Parlamento Europeo (PACE) condenó las violaciones de los derechos humanos cometidas por los regímenes totalitarios comunistas y expresó su simpatía, comprensión y reconocimiento para las víctimas de estos crímenes. En la resolución adoptada, la PACE denunció violaciones tales como las ejecuciones, los muertos en campos de concentración, la tortura, el trabajo de esclavos y la mala alimentación utilizados por los regímenes comunistas. “Mientras que otro régimen totalitario del siglo XX, el nazismo, fue objeto de investigación e internacionalmente condenado y que sus verdugos fueron llevados ante los tribunales, crímenes similares cometidos en nombre del comunismo jamás fueron objeto de investigaciones y de condena de la comunidad internacional”, escribió el representante sueco Goran Lindblad en un informe emitido a mediados de diciembre de 2005 por el Comité de Asuntos Políticos del Parlamento europeo que sirvió de catalizador para el debate sobre la resolución de la PACE.

El documento contó con el rechazo de grupos de la izquierda poscomunista, pero también, y esto es lo más escandaloso, de algunos parlamentarios socialistas. El nazismo liquidó a 25 millones de seres humanos, y si alguien se reclama de esta doctrina criminal es condenado. ¡Y con razón! Pero si un individuo presume de fe comunista, no pasa nada, es respetado e incluso puede resultar hasta gracioso. El nazismo y el comunismo han matado y han ejercido el terror de masas en perfecta sintonía y coherencia con sus fundamentos doctrinarios. Aunque el comunismo se camufló con una fraseología liberadora, mientras que el nazismo fue condenado por irracionalista, racista y antisemita, ya sería hora de que los que siguen contemporizando con esa ideología criminal, o la comprenden, aunque critiquen sus “excesos”, abrieran los ojos. Mi único objetivo con este polémico artículo es generar reflexión y debate, a mi modesto nivel, porque como dijo Primo Levi, “lo que me interesa, de hecho, es la dignidad y la indignidad del hombre”.