ANÁLISIS. Bosnia recuerda la guerra desunida

Paco Soto – Varsovia

El cerco a Sarajevo duró 1.395 días. Casi 12.000 de sus habitantes murieron por disparos de granadas o asesinados por francotiradores.

Bosnia-Herzegovina no pudo celebrar ninguna fiesta nacional el pasado 6 de abril para recordar la guerra que estalló en este país hace dos décadas. El país sigue dividido en dos entidades irreconciliables: La Federación Croata-Musulmana y la República serbia de Srpska. La guerra fue un trágico conflicto causado por diversos factores de orden político, social y religioso que empezó el 6 de abril de 1992 en la actual Bosnia-Herzegovina, cuando unos francotiradores serbios tirotearon una manifestación independentista en Sarajevo, y finalizó el 14 de diciembre de 1995. Tras la desintegración de la Yugoslavia socialista que fundó el mariscal Tito, en 1991, después de la independencia de Eslovenia y Croacia, los nacionalistas serbios más radicales, liderados por criminales de guerra como el serbobosnio Radovan Karadzic y el serbio Slobodan Milosevic, se fijaron como objetivo que todos los serbios de Yugoslavia diseminados por los diversos territorios que formaban el Estado federal vivieran en un mismo país.

La independencia de Bosnia-Herzegovina en 1992 aprobada por una mayoría de la población en referéndum avivó los ánimos revanchistas de los ultranacionalistas serbios de este territorio alentados por Belgrado. En un clima de enorme tensión se formaron el Ejército de la República de Bosnia-Herzegovina (ARBiH) y el Ejército de la República Srpska (VRS), fiel a los nacionalistas serbobosnios, que en una primera etapa controló el 70% del territorio independizado. Pero la situación varió al unir sus fuerzas el ARBiH y el Consejo Croata de Defensa, que consiguieron derrotar a los serbios en Bosnia occidental. La contienda duró tres años y fue sangrienta: 100.000 víctimas militares y civiles y 1,8 millones de desplazados. El 65% de las víctimas de esta guerra fueron bosnios musulmanes y el 25% serbios. Dentro de las víctimas civiles, el 83% correspondió a bosnios. Casi la mitad de los 4.3 millones de habitantes de Bosnia-Herzegovina perdieron su hogar.

 

Conflicto sin piedad

El conflicto degeneró en una guerra sin piedad en la que se llevaron a cabo de forma sistemática limpiezas étnicas. En octubre de 1992, la ONU decidió investigar los crímenes de guerra denunciados por los bosnios, después de recibir abundante información sobre las atrocidades cometidas en campos de detención de los ultranacionalistas serbios. La comunidad internacional reaccionó tarde y con pusilanimidad, pero decidió establecer un puente aéreo internacional para abastecer a la población de Sarajevo, cercada por tropas serbias desde junio de 1992. El cerco a Sarajevo duró 1.395 días. Casi 12.000 habitantes de la capital bosnia murieron por disparos de granadas o fueron asesinados por francotiradores. Tropas serbobosnias conquistaron el 11 de julio de 1995 el enclave de Srebrenica y mataron a 8.000 musulmanes ante la pasividad de las tropas de la OTAN.

Finalmente, en agosto de 1994, los aviones de la Alianza Atlántica bombardearon las posiciones serbias y los ataques aéreos siguieron hasta agosto de 1995. La alianza entre bosnios y croatas, gracias a la cual esta fuerza consiguió controlar más de la mitad del territorio y llegar hasta las puertas de la capital de los serbobosnios, Banja Luka, y la presión de Estados Unidos marcaron un punto de inflexión en el conflicto. Los ultranacionalistas serbios tuvieron que negociar con sus enemigos. Los presidentes de Bosnia-Herzegovina, Alia Izetbegovic; Croacia, Franjo Tudjman, y Serbia, Slobodan Milosevic, firmaron en la base estadounidense de Dayton, en el Estado de Ohio, un acuerdo de paz, que fue ratificado en París el 14 de diciembre de 1995 y puso fin a la guerra.

 

“Nunca más”

“La guerra acabó sin vencedores ni vencidos, pero con muchos muertos y sufrimiento. Es un episodio de nuestra historia imposible de olvidar. Al revés, tenemos que recordar para que una barbarie como la que sufrió Bosnia no vuelva a repetirse nunca más”, dice el profesor universitario Mohamed Finci, que era estudiante en 1992. Su amigo y también profesor universitario Goran Selimbegovic, que habla perfectamente español y se considera “laico y demócrata”, apunta que “el olvido es comprensible en una primera etapa, pero a la larga es malo, porque conocer la verdad de lo que ocurrió en nuestro país es fundamental para construir un presente en paz y libertad”. Las matanzas, las violaciones masivas, las torturas a los detenidos en campos de concentración continuaron duraron 43 meses. Fueron descubiertas 300 fosas comunes y desaparecieron 28.000 personas, en un 92% civiles musulmanes.

El acuerdo de paz convirtió a Bosnia en un Estado dividido en dos entidades: la República Serbia y la Federación Croato-Musulmana, con una importante presencia militar internacional. 17 años después, Bosnia no ha caído en manos de islamistas radicales, como vaticinaron algunos expertos, pero no ha podido recuperar su naturaleza multiétnica anterior a la guerra e intenta construir un presente en democracia, a pesar de las divisiones y tensiones sociales y políticas y los graves problemas económicos, y también ha estrechado lazos con la Unión Europea (UE). Dragan Maric, un serbobosnio casado con una musulmana bosnia, sufrió cuando a penas tenía 17 años el cerco de Sarajevo por parte de los radicales serbios. Cuenta que es “hijo de un serbio y una croata. Soy un producto de Yugoslavia y detesto el nacionalismo, porque es una enfermedad que nos ha llevado al enfrentamiento. Valoro a las personas más que las lenguas o las culturas. No me interesa la identidad, sino el ser humano”.

 

Murieron los “señores de la guerra”

Dragan Maric recuerda que “los señores de la guerra han muerto, Milosevic, Izetbegovic y Tudjman. Para mí es un símbolo de que el pasado ha muerto. Ahora nos toca construir el presente y asegurarnos un futuro digno para todos”. Dos décadas después del conflicto fratricida, las comunidades serbia, bosnia y croata tienen dificultades para convivir juntas. Pero en un país dividido por los nacionalismos identitarios y corroído por la corrupción y una tasa de paro que supera el 40%, la esperanza no ha muerto. Un grupo de artistas e intelectuales de Sarajevo ha fundado ‘Nasa Sranka’ (Nuestro Partido), una formación política dirigida por el cineasta Danis Tanovic, que agrupa a serbios, croatas y bosnios, tiene un representante en el Parlamento y suscita malestar entre los políticos tradicionales. Pedja Kojovic, que es el único diputado de ‘Nasa Sranka’, destaca que “mi primer impresión de los parlamentarios y de los políticos de este país, es que están completamente desconectados de la vida de la gente”. En ciudades como Tuzla y Sanski Most muchos habitantes buscan todavía a sus familiares desaparecidos. Y en medio de tanto dolor una iniciativa como ‘Nasa Sranka’ es un canto a la concordia.