El capitalismo ha conseguido en Polonia lo que no logró el comunismo

Por Mariusz Borkowski*

Los jóvenes polacos, mayoritariamente, han asumido plenamente la cultura económica y social del capitalismo, y sólo les interesa una cosa: triunfar y ganar dinero

Muchos polacos se preguntan por qué motivos la sociedad civil es tan débil en Polonia y por qué hay pocas protestas sociales y casi nadie se queja en mi país. ¿Es que somos un país tan rico y desarrollado que ya nadie necesita protestar por nada? ¿Es que hemos alcanzado una especie de paraíso en la tierra en Polonia? Es evidente que no somos el país más rico de Europa. Hemos mejorado mucho estos últimos años, ahora hay una clase media en Polonia, la crisis internacional no nos ha golpeado tan duramente como a otros países europeos. Todo esto es cierto, y en Polonia sólo niega los logros que ha alcanzado este país la derecha ultraconservadora, el PiS de Jaroslaw Kaczynski, y otros grupos aún más extremistas. Pero a pesar de las mejoras, somos un país mucho más pobre que la media de la UE. España e Italia, que viven una terrible crisis económica, son, sin embargo, más ricos que nosotros, tienen mejor sanidad, más protección social; son países modernas y con infraestructuras estupendas. Ya me gustaría a mí que Polonia tuviera el nivel económico y social de España o Italia, y ya no digo el de Francia o Alemania.

Entonces, si seguimos estando más atrasados que la media de la UE y somos mucho más pobres que los países de la Europa latina, ¿qué pasa en nuestro país? ¿Por qué la sociedad polaca está tan adormecida? Creo que, en gran medida, es porque el capitalismo ha conseguido lo que no logró el comunismo: destruir a la sociedad. La dictadura comunista lo intentó mediante la represión, el embrutecimiento ideológico y el control de la población, pero no lo consiguió, y Polonia fue un ejemplo de luchas y protestas por un cambio democrático en la Europa comunista. ¿Qué pasó después? En mi opinión, llegó un capitalismo a Polonia de tipo mafioso que arrasó el país económicamente, destruyó los vínculos sociales entre las personas, generó un individualismo mortífero, y en estos últimos años de prosperidad relativa ofrece a los polacos una sóla alternativa: consumir como locos, aunque muchos no puedan. Los planes de reestructuración de la economía que puso en marcha Leszek Balcerowicz a principios de las década de los años 90 fueron terribles para los trabajadores desde el punto de vista económico, pero también en el terreno social.

En poco tiempo la sociedad polaca se hundió, se produjo un terremoto en el tejido social. Insisto: lo que el comunismo no pudo hacer con la sociedad lo hizo este capitalismo de corte neoliberal y mafioso. En la mayoría de los países de la Europa comunista la dinámica fue más o menos parecida a la experiencia polaca y en Rusia, mucho peor. Digamos que Polonia fue un laboratorio de cambio económico y social para Europa del Este. De aquellos polvos de Balcerowicz viene los lodos de hoy en día en Polonia. Hay que ver lo que es, por ejemplo, el sindicato Solidaridad. Fue una arma de lucha contra el despotismo comunista que agrupó en su seno a 10 millones de polacos en plena dictadura y planteó cosas muy interesantes. Hoy en día es un sindicato reaccionario al servicio de la derecha extremista. Hay que destacar también que organizarse en sindicatos en las empresas no está bien visto en Polonia, y muchos empresarios presionan a los trabajadores para que no lo hagan.

 

Un país sin “indignados”

Por todos estos motivos que he descrito, Polonia carece de una sociedad civil potente y organizada. Aquí no hay indignados, prácticamente nadie sale a la calle, el 50% de la población, 22 años después de la caída del comunismo, sigue sin acudir a las urnas en las elecciones; los jóvenes, mayoritariamente, han asumido plenamente la cultura económica y social del capitalismo y sólo les interesa una cosa: triunfar y ganar dinero. Claro, los jóvenes que pueden, porque muchos son demasiado pobres para lograr este reto y están en paro o trabajan cobrando sueldos de auténtica miseria. La Iglesia católica, tan poderosa en otras épocas, está perdiendo influencia y cada vez le cuesta más competir con el capitalismo neoliberal. Los verdaderos templos en Polonia ya no son las iglesia y catedrales sino los grandes centros comerciales. Los hay en todas partes y millones de polacos, sobre todo los fines de semana, los visitan con un solo objetivo: consumir. En Polonia, el nuevo Dios se llama consumismo.

En el ámbito político, en Polonia no hay derecha o izquierda, o mejor dicho: todo es derecha. SLD, el Partido Socialista que procede del antiguo Partido Comunista, es una fuerza que defiende el capitalismo neoliberal de manera feroz, no tiene nada que ofrecer a la gente y es un partido muy ligado a los poderes fácticos económicos. Como el resto de los partidos. La oposición obrerista y populista la protagoniza el PiS de Kaczynski, al menos en la verborrea. Es un partido anticapitalista pero casi e extrema derecha. ¡Qué desastre para Polonia! En el terreno de las ideas, la situación en Polonia es lamentable. No hay debate de ninguna clase, estamos muy alejados de lo que ocurre en otros países europeos, como Francia, España, Italia o Alemania. Ya sé que en estos países la política se ha convertido en una profesión y en ganar votos para tener poder. No lo ignoro. Pero al menos hay más debate, más nivel en la clase política y en los medios. En Polonia, en estos momentos, vivimos en un desierto cultural e intelectual. El único que ha removido nuestras aguas pantanosas en los últimos meses ha sido Janusz Palikot, que dirige un movimiento anticlerical. Pero si nos fijamos bien, Palikot tiene dos o tres eslóganes, y nada más.

* Mariusz Borkowski es periodista y director de los servicios informativos de Polskie Radio (la radio pública de Polonia).