Cómo Orban conduce a Hungría al autoritarismo

Paco Soto – Varsovia

El primer ministro húngaro desprecia a la oposición y las protestas ciudadanas contra su política. Sus detractores se imputan un intento denodado por controlar los aparatos del Estado, la justicia, los mecanismos económicos y los medios de comunicación, tanto públicos como privados.

El primer ministro conservador de Hungría, Viktor Orban, lleva dos años en el poder y ha conducido a su país por el camino del autoritarismo y el aislamiento internacional, según denuncia la oposición. Sus detractores lo llaman “Viktador” y a Hungría, “Orbanistán”. Con estos juegos de palabras la oposición quiere demostrar a la opinión pública europea que Hungría ha dejado de ser una democracia, y aunque todavía no es una dictadura, camina hacia un régimen político más parecido al ruso que a las democracias parlamentarias de la UE.

El partido de Orban, el Fidesz, controla dos tercios del Parlamento y esa mayoría absoluta le permite hacer al primer ministro húngaro, que tiene 49 años, lo que le da la gana en materia legislativa. Orban desprecia a la oposición y las protestas ciudadanas contra su política ultraconservadora. Su objetivo es controlar los aparatos del Estado, sobre todo el legislativo, la justicia, los mecanismos económicos como el Banco Central (MNB) y los medios de comunicación públicos, pero también privados. El marco legal, que es una Constitución escasamente democrática que fue aprobada sin consultas previas en abril de 2011, deja las manos libres a Orban.

 

Un pragmático oportunista

El mandatario húngaro no es un ultraderechista recalcitrante, sino un pragmático que a lo largo de su dilatada carrera política ha oscilado entre el centro liberal y la derecha radical. Para entender las causas de su cambio de estrategia en la última etapa hay que saber que Orban se enfrenta a Jobbik, el poderoso partido de extrema derecha antisemita y racista liderado por Gabor Vona, que es tercera fuerza parlamentaria y tiene el 17% de los escaños. Las encuestas dan a Jobbik más del 20% de los votos.

“Orban no quiere ceder votos a Jobbik y hace todo lo posible por ganar apoyos de sectores de la extrema derecha. Este es uno de los motivos por los cuales lleva a cabo una política marcadamente conservadora”, explica el politólogo Andras Mink. El dirigente húngaro ha “construido un país a su gusto”, asegura la directora del Instituto de Análisis Políticos Magyar Progressziv Intézet, Kornélia Magyar. Los grupos opositores, como los socialistas del MSZP, el partido ecologista de izquierda LMP y la formación DK del ex primer ministro socialista Ferenc Gyurcsany, no tienen fuerza suficiente para pararle los pies a Orban, que en encuentran en la mitad de la legislatura.

 

Presiones de Bruselas

La UE es en estos momentos la única barrera al avance del autoritarismo de Orban. Bruselas lleva meses presionando a Budapest para que cambie de política y condiciona la concesión de la ayuda financiera que necesita el país centroeuropeo para salir del atolladero económico a una nueva estrategia del dirigente húngaro. Orban ha dado marcha atrás en algunas cuestiones, pero en lo esencial mantiene la misma política. La Comisión Europea (CE) ha puesto en manos de la justicia comunitaria la reforma judicial y la protección de datos en Hungría, porque considera que el Gobierno de Orban no da garantías suficientes a los ciudadanos.

De momento, las presiones europeas han obligado al primer ministro magiar a suavizar el contenido de una polémica ley que pretende el control de los medios y los periodistas por parte del Estado, pero los escasos periódicos y revistas independientes del poder siguen sufriendo acoso político y económico y el Gobierno del Fidesz se ha empeñado en taparle la boca a la única emisora opositora, Klub Radio.

 

Medidas populistas

Viktor Orban también se enfrenta a la UE en el terreno de la política económica. Tras tomar posesión del poder, el 29 de mayo de 2010, proclamó que Hungría no tenía necesidad de una ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI), que acordó un préstamo de 20.000 millones de euros al país poscomunista para evitar la quiebra financiera. Sus delirios populistas le han llevado a nacionalizar los fondos privados de pensiones, imponer impuestos a bancos y grupos de telecomunicaciones y favorecer a empresarios de su máxima confianza.

Sin embargo, la política económica es “un fracaso espectacular”, señala el director de Investigación en el Instituto Political Capital, Péter Kreko, y ha tenido unos efectos sociales devastadores: 30% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Los analistas aseguran que Orban sabe que tiene que cambiar de política económica si quiere que la UE y el FMI ayuden a Hungría a salir del pozo, pero de momento las espadas siguen en alto en Bruselas y Nueva York. En Hungría, Orban ha perdido apoyo de la ciudadanía. Según un sondeo del Instituto Political Capital, su popularidad ha pasado de 45,5% en 2010 a 22,3% en 2012.