Los males de Grecia. Por Mikis Panagulis*

“Una mayoría de griegos quieren la democracia y no desean abandonar la eurozona y mucho menos la UE (…) los griegos tienen su parte de responsabilidad en todo lo malo que ha ocurrido. Pero la responsabilidad de los gobernantes y responsables públicos y económicos es mucho mayor”

Las elecciones legislativas en Grecia han dado la victoria a la derecha y los socialistas, que son los grandes causantes, aunque no los únicos, de la grave situación económica, política y social que vive este país desde hace cuatro años. Los conservadores de Nueva Democracia (ND) han logrado formar un gobierno de coalición con los socialistas del PASOK y la pequeña formación de izquierda Dimar. El dirigente conservador Andonis Samarás es el nuevo primer ministro de Grecia, y tiene el mérito de haber conseguido formar gobierno con dos partidos que tradicionalmente han sido rivales políticos de la derecha, el PASOK y Dimar. Las tres formaciones se han aliado para salvar al país del caos, mantenerlo en la eurozona y tranquilizar a los mercados. Ya veremos lo que pasa. La Coalición de izquierda radical Syriza liderada por Alexis Tsipras, que movilizó a muchos descontentos con la política de austeridad llevada a cabo por conservadores y socialistas bajo la estrecha vigilancia de Bruselas y el FMI, no consiguió ganarle la batalla electoral al centroderecha. Los neonazis del partido de Chryssi Avghi (Amanecer Dorado) se quedan, por desgracia, en el Parlamento de Atenas, pero no lograron superar el 7% de los votos.

De momento, fuera de Grecia, todos parecen estar contentos y tranquilos por los resultados electorales. Empezando por la canciller alemana Angela Merkel y dirigentes conservadores como el presidente español, Mariano Rajoy, que también tiene que lidiar con unos mercados voraces que no confían demasiado en la economía española y una situación interna muy difícil. Los partidos liberales y socialistas también aplauden los resultados electorales en mi país. Las únicas voces críticas provienen en casi todos los casos de la extrema derecha y la izquierda radical más o menos nostálgica del comunismo. ¡Vaya voces críticas! Los griegos, que bastantes desgracias sufren, no necesitan de esos apoyos. La demagogia y el populismo, en su versión xenófoba y reaccionaria o utópica y fuera de la realidad, no son buenos antídotos para la enfermedad griega.

Las políticas de austeridad impuestas desde Berlín, Bruselas y el FMI tampoco parecen ser el camino adecuado para que Grecia salga del pozo económico en el que se encuentra. Recortando salarios de funcionarios y derechos sociales se pueden cuadrar las cuentas públicas, y a veces ni eso, pero no se estimula el crecimiento económico. Gastando más de lo que se tiene y viviendo por encima de las posibilidades, como han hecho durante años millones de griegos con el beneplácito de los dirigentes de la UE y los bancos alemanes y franceses, tampoco es una buena fórmula para salir de la crisis y crecer. Quizá la fórmula adecuada esté en un equilibrio razonable entre austeridad y estímulo al crecimiento. No soy economista y no lo puedo afirmar, aunque el sentido común me hace pensar y decir que lo que hemos hecho hasta ahora, o lo que nos han impuesto desde fuera nuestros socios europeos y los grandes mecanismos del capitalismo internacional, es una vía equivocada que hacer sufrir a mucha gente humilde.

 

Nuestros errores

No es que los griegos estemos libres de pecados y todas las culpas vengan del extranjero. Es la tesis que defienden los extremistas de la derecha y la izquierda. Sus sueños mortíferos de nacionalismo económico y proteccionismo salpicados de populismo barato se convertirían en pesadilla si se hicieran realidad. Grecia pertenece a Europa por historia y tradición social y cultural, aunque es cierto que tiene ciertas connotaciones “orientales”, y es miembro de la Unión Europea (UE) desde 1981. Todos, gobernantes, empresarios, banqueros y muchos ciudadanos de a pie, hemos cometido muchos errores en estas últimas tres décadas; hemos malgastado el dinero que provenía de los fondos europeos y hemos querido vivir como alemanes pero pagando impuestos como albaneses. Nos hemos engañado a nosotros mismos y hemos engañado a Europa, aunque es justo reconocer que Bruselas y países como Alemania y Francia, que tienen muchos intereses en Grecia, se dejaron engañar, porque les convenía, o porque muchos de sus altos funcionarios son una pandilla de vagos e incompetentes. ¿Quién sabe?

Hemos invertido en gastos militares mucho más que una potencia media como España, en parte porque franceses y otros occidentales nos vendieron armas, pero también porque nos hemos creído el cuento de que Turquía nos iba a invadir. Durante años hemos vivido a gusto sin pagar impuestos, hemos tolerado que la Iglesia ortodoxa fuera una institución improductiva y arcaica que intenta controlar la vida política y social del país y hemos aceptado a gusto la corrupción. No todos los griegos toleraron esas miserias, pero una mayoría social, en mayor o menor medida, abrazó a un país que se enfrentaba al espejismo de la riqueza material con absoluta irresponsabilidad.

Se podría decir que esto ha ocurrido en otras partes de la Europa, sobre todo en países del sur, como España e Italia. Pero la gran diferencia entre ambos países y Grecia es que estos dos Estados mediterráneos son grandes economías mundiales. Italia, por ejemplo, hace parte del G-8 y España es la quinta economía de la UE y la décima a escala mundial. Ambos países tienen un potencial industrial y tecnológico superior al de Grecia, grandes empresas multinacionales que están en todas partes, mayor riqueza global y per cápita y más influencia política. ¿Cómo puede ser que un país como Grecia, que, en términos de PIB, tiene un potencial industrial que es exactamente la mitad de España, en tiempos de bonanza tuviera un sueldo mínimo superior al español? Es una pregunta pertinente. En fin, los griegos hemos cometido tantos errores que reconocerlo digna y valientemente sería probablemente un primer paso para salir adelante. Desgraciadamente, la sociedad no está por la labor.

Y la casta política que nos ha tocado, que no cayó del cielo, sino que es un fiel reflejo de lo que es Grecia, tampoco. El propio Andonis Samarás es un símbolo de esos dirigentes que llevan años en el poder, porque les gusta más chupar del bote que a un niño un caramelo. Lleva 35 años en la política y no piensa retirarse. Es nacionalista y de ideas inconsistentes, pues cambia de parecer según como sople el viento. Y no le importa sacrificar a sus compañeros de partido con tal de seguir gozando de poder y prebendas. Es cierto que ocurre en muchos lugares, pero la particularidad de Grecia es que la casta política la conforman sagas familiares que heredan el poder de padres a hijos. Les gusta vivir a costa de la cosa pública. Los Karamanlis, en la derecha, o los Papandreu, en la izquierda, son dos ejemplos de lo que denuncio. Millones de griegos llevan años viendo las mismas caras, y cuando una cara envejece llega otra más joven, pero es del mismo clan familiar. El hecho es que llevamos años sin renovar nada en este país. Y, sin embargo, tenemos una generación de jóvenes bien preparada, que habla idiomas y viaja al extranjero, hemos dado grandes pasos en el terreno educativo y cultural y antes de la crisis teníamos una clase media fuerte. A pesar de los pesares, Grecia es un país desarrollado y moderno, sobre todo si lo comparamos con otros Estados balcánicos vecinos, pero tenemos unos dirigentes políticos e institucionales cavernícolas.

 

Rebelión de 2008

En 2008, los jóvenes griegos se rebelaron contra un sistema político y social agotado. Ni en Grecia ni en Europa se entendió lo que estaba pasando, quizá porque en mi país los grandes medios están controlados por familias ligadas al mundo de los negocios y la política, y a lo mejor también porque esa protesta tuvo un cierto carácter nihilista. “No tenemos nada que perder, ¿qué importa lo que queramos?”, gritaban muchos jóvenes en las calles de Atenas. Los que siempre se equivocan en sus previsiones históricas, pero nunca rectifican, porque creen estar en posesión de la verdad absoluta, compararon a esos jóvenes airados con los protagonistas de mayo del 68 en Francia, o con los antisistema de Seattle o Génova. Grecia se quedó perpleja. Europa puso a trabajar a sus periodistas, politólogos y otros expertos para que intentaran entender lo que estaba pasando en el país heleno. Un joven, Alexandros Grigoropulos, de 15 años, murió en los disturbios. Pocos entendieron lo que estaba ocurriendo, pero lo que sí quedó bastante claro en esa rebelión juvenil es que muchos de sus protagonistas protestaban contra la casta política griega. También contra la corrupción, la brutalidad policial y las malas condiciones de vida y de trabajo a las que estaban condenados muchos jóvenes.

Pero los políticos profesionales, los que se dedican al noble ejercicio de la política para enriquecerse y medrar, en lugar de resolver los problemas de la sociedad, estuvieron en el punto de mira de la inmensa mayoría de los contestatarios. En aquel momento, el líder de la oposición, el socialista George Papandreu, exigió la dimisión del Gobierno del conservador Costas Karamanlis y la convocatoria de elecciones anticipadas. Pero los jóvenes rebeldes no se dejaron engañar porque sabían que un cambio de gabinete no soluciona nada, ya que, como dije antes, Karamanlis y Papandreu son dos caras de la misma moneda política corrupta, ineficiente e inmoral que circula en el país desde hace décadas. Los jóvenes, simplemente, quisieron decir: “Estamos hartos de una casta política putrefacta que contamina todo lo que toca”.

Han pasado cuatro años y los problemas de Grecia son ahora mucho más graves y se han extendido a otros países europeos, aunque no con la misma intensidad. La mayoría de los griegos quieren la democracia y no desean abandonar la eurozona y mucho menos la UE. Como planteé antes, como sociedad, los griegos tienen su parte de responsabilidad en todo lo malo que ha ocurrido. Pero la responsabilidad de los gobernantes y responsables públicos y económicos es mucho mayor. El país necesita de una profunda renovación política, económica, social y ética. Dudo mucho que el nuevo gobierno de conservadores, socialistas e izquierdistas vaya a solucionar los problemas de fondo, aunque por la cuenta que nos trae a todos, ojalá me equivoque esta vez. De todos modos, al margen de quien gobierna en estos momentos en Atenas, de lo que no tengo duda es que la renovación en profundidad de Grecia es una tarea inaplazable.

 

(*) Mikis Panagulis es periodista y analista político griego.