La muerte de Benyedid no conmociona a Argelia

Paco Soto-Rabat

AFP. Chadli Benyedid, en el centro con traje claro, rodeado de dirigentes árabes, como Yasser Arafat y Muamar Gadafi, en 1989

El presidente argelino Chadli Benyedid murió hace unos días a los 83 años de un cáncer. Miembro activo del antiguo partido único Frente de Liberación Nacional (FLN) y de su brazo armado, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), se convirtió en el tercer presidente de Argelia tras la muerte del carismático Huari Bumedien. Benyedid, que era coronel del Ejército, inició una serie de reformas políticas tras las revueltas populares del 5 de octubre de 1988, que se saldaron con centenares de muertos. Estos cambios abrieron las puertas al multipartidismo, pero no a una verdadera democracia parlamentaria. En junio de 1991, Benyedid declaró el estado de emergencia para hacer frente al auge imparable del islamismo políitco, capitaneado en aquella época por el Frente Islámico de Salvación (FIS) de Abasi Madani. La muerte de este antiguo jerifalte del régimen del FLN aficionado a la bebida no ha conmocionado al país. La mayoría de los argelinos tienen que hacer frente a los graves problemas económicos y sociales que les plantea la vida diaria y no tienen tiempo para llorar a figuras polémicas e impopulares como la del ex presidente. Algunos sectores más o menos laicos del país norteafricano le agradecen a Benyedid que sacara los tanques en enero de 1992, con el apoyo de países como Francia, para detener una victoria del FIS en la segunda vuelta de las elecciones legislativas. Los islamistas, fnanciados por Estados como el de Arabia Saudí, habían conseguido un apoyo social considerable y los sectores más radicales querían acabar con el sistema político heredado del régimen de partido único, y soñaban con el establecimiento de una suerte de nuevo califato. Partidos opositores como el Frente de Fuerzas Socialistas (FFS) consideran que el golpe de fuerza  capitaneado por Benyedid con el apoyo de los generales degeneró en una sangrienta guerra entre el Estado y los grupos islamistas armados, que en la década de los noventa del siglo pasado provocó la muerte de unas 200.000 personas.

Sin cambios

El islamismo político argelino ya no tiene la fuerza electoral y social de hace dos décadas, aunque Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) campa a sus anchas en el sur del país y otras zonas, pero el poder sigue estando en manos de diversos clanes militares y civiles emparentados con los grandes grupos económicos ligados a los hidrocarburos. Argelia es un país inmensamente rico, pero su pueblo es profundamente pobre, la corrupción es considerable, los problemas sociales no se resuelven, y 50 años después de la independencia, el país norteafricano no ha conseguido convertirse en una nación plural, próspera y democrática. Muchos argelinos consideran que Benyedid y otros dirigentes como él son los culpables de esta situación, a la que no es ajena Francia. Hoy en día, Benyedid, como Bumedien y el todavía vivo presidente Buteflika, son personajes odiados por gran parte de la población y desconocidos por la nueva generación.