Irán asusta con el átomo

Paco Soto, Ahmed Chabi-Rabat

El presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, está en el punto de mira del sector más ultraconservador del régimen

Irán es una potencia emergente que asusta a Occidente, pero también a muchos países musulmanes, porque tiene capacidad militar y económica para desestabilizar ciertas áreas del mundo. Para lograr ese objetivo, el régimen teocrático de Teherán dispone de una compleja industria atómica, y según un informe estadounidense, en un periodo de dos a cuatro meses tendría la capacidad suficiente para enriquecer uranio. Esto le permitiría en un plazo de unos 10 meses dotarse de una bomba nuclear. Es al menos lo que afirma el Instituto para la Ciencia y la Seguridad Internacional de Estados Unidos. En la misma línea, el mes pasado, el secretario estadounidense para la Defensa, Leon Panetta, declaró que en un año Irán podría producir energía nuclear con fines militares. La institución estadounidense, que basa su afirmación en datos recogidos por la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA), indica que “Irán tiene la capacidad de producir  bastante uranio [para la fabricación de armas] muy rápidamente y sin que les dé tiempos a los inspectores de la AIEA de detectarlo”. El presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, dejó claro que Teherán no piensa renunciar a su programa nuclear, a pesar de las sanciones occidentales que han dañado la economía iraní. Por su parte, en una entrevista con el semanario alemán Der Spiegel, el jefe de la diplomacia iraní, Ali Akbar Salehi, reafirmó el derecho de su país a utilizar la energía nuclear con fines pacíficos, y planteó un compromiso internacional, “sobre una base voluntaria”, para el control del enriquecimiento del uranio. La nuclearización de Irán que tanto preocupa a los dirigentes occidentales, es una arma estratégica que Teherán utiliza para ganar peso en el grupo de  los países emergentes y reequilibrar sus relaciones con las grandes potencias como Estados Unidos, Rusia y la Union Europea (UE). Todo parece indicar que salvo que Occidente y sus aliados consigan ganar la batalla a través de las sanciones económicas y las presiones políticas, Teherán no abandonará este objetivo. Por ello, muchos analistas  coinciden en decir que el régimen teocrático iraní no está dispuesto a llevar a cabo reformas políticas, sociales y económicas que socaven sus fundamentos y seguirá utilizando la represión para frenar el descontento que se manifiesta entre buena parte de la juventud y las clases medias urbanas. Los deseos de mayor libertad y bienestar de una parte sustancial de la población iraní no son tenidos en cuenta por el régimen, porque, según sus sectores más conservadores, entorpecen la estrategia de convertir a Irán en una gran potencia. Para alcanzar esta meta, los ‘duros’ del sistema no repararán en medios. La falsificación electoral, junto con la represión, no es tanto la consecuencia de la maldad de los dirigentes iraníes como una necesidad objetiva para llevar a buen puerto su estrategia.

Elecciones fraudulentas

En este sentido, la elección presidencial iraní de junio de 2009 recondujo al poder a Mahmud Ahmadineyad, quien, oficialmente, ganó los comicios con el 62,6% de los sufragios, y su principal rival, Mir Hosein Musaví, obtuvo el 33,7%. Los resultados fueron contestados por Musaví y otros dirigentes opositores, que acusaron al régimen de “fraudes masivos”. Sin embargo,  algunos países de Oriente Medio, Venezuela y Rusia felicitaron a Ahmadineyad y Occidente se mantuvo prudente. Numerosas manifestaciones estallaron en todo el país y la represión de la Policía y de grupos de esbirros al servicios del poder causaron numerosos muertos, como el caso de  Neda Agha Soltan, heridos y detenidos. Los resultados oficiales fueron confirmados, y Estados Unidos, Rusia, la UE y la ONU pidieron a Teherán “honestidad en el escrutinio y libertad de expresión para la ciudadanía”. Según Mohammad-Reza Djalili, profesor universitario en Ginebra y autor de ‘Geopolítica de Irán’, “jamás un fraude tan masivo había sido organizado en Irán”. Hasta grupos como la Asociación de Religiosos Combatientes, antiguos parlamentarios y cuatro de los diez ayatolás cuestionaron los resultados electorales. Pero, finalmente, el 22 de junio de 2009, el Consejo de los Guardianes de la Constitución concluyó: “No hemos constatado ningún fraude ni ninguna infracción mayor”. La oposición siguió denunciando al poder, pero poco a poco fue perdiendo peso en la calle y la comunidad internacional rebajó el tono de sus críticas a Teherán.

Descontento creciente

Más de tres años después, la situación económica, social y política del país no ha mejorado y el descontento popular sigue latente. Las recientes manifestaciones en el bazar de Teherán y las detenciones en círculos cercanos al poder demuestran, como señala el semanario marroquí L´Observateur, que “El régimen de los molahs está devaluado”. La crisis económica, la caída de las exportaciones petroleras y la depreciación de un 80% del rial (la moneda iraní) han generado un enorme descontento social, tanto en las capas populares más humildes como en la clase media urbana. Y la cercanía de las elecciones presidenciales de 2013 ha puesto nervioso al poder. Dos de los hijos del ex presidente Hachémi Rafsandjani han sido detenidos y encarcelados, supuestamente porque en algunos altas esferas del régimen temen a ese político inmensamente rico e influyente y hacen todo lo posible para que no vuelva a la política activa. Hasta el propio  Ahmadineyad está en el punto de mira del jefe del ala más ultraconservadora del régimen,  el líder supremo y jefe del clero, Ali Khamenei. Según los observadores políticos, es por este motivo que el jefe de prensa del presidente, que dirige la agencia oficial Irna, fue arrestado el pasado 26 de septiembre y tendrá que permanecer seis meses en prisión por “insulto al guía supremo”. El régimen de Teherán sigue teniendo importantes recursos económicos y políticos para sobrevivir y el apoyo popular es notable, pero el descontento gana terreno y la oposición, a pesar de estar debilitada, no ha desaparecido ni se reduce a pequeños grupos de exiliados en el extranjero, como ocurre en otros países.