Las dos caras del Estado autonómico español

Por Paco Soto (*)

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas, interviene durante una sesión en el Parlamento catalán

“El debate institucional en España inquieta a Marruecos”, afirma en un artículo el portal de Internet marroquí Maghreb Intelligence. “Las autoridades marroquíes siguen con mucho interés e inquietud el debate institucional sobre la independencia de ciertas regiones españolas”, destaca el citado medio online. Es lógico que así sea, porque Marruecos lleva varios años estudiando la posibilidad de poner en marcha un plan de regionalización  avanzada que dé, en una primera etapa, una amplia autonomía al Sáhara occidental bajo la soberanía de Rabat. Para las autoridades marroquíes, la autonomía del Sáhara, que tiene a muchos detractores en España, acabaría con el doloroso conflicto que opone desde hace más de 35 años al Reino de Marruecos con el Frente Polisario, que cuenta con el apoyo incondicional de Argelia. Además, ese plan de regionalización permitiría también a otros territorios marroquíes con un fuerte componente bereber, como el Rif, donde la influencia cultural española es importante, acceder a la autonomía. Si Marruecos consigue ese objetivo habrá dado un gran paso en la construcción democrática que este país inició hace varios años. España, que tras la muerte del dictador Francisco Franco logró construir pacíficamente un Estado democrático autonómico, es, sin lugar a duda, el mejor ejemplo en Europa para el nuevo Marruecos en democratización y modernización económica y social. Marruecos no pude buscar esa experiencia en Francia, porque ese país sigue aplicando la más rancia tradición jacobina en su organización política y territorial, aunque en los últimos años ha llevado a cabo algunas tímidas reformas. Portugal, que no tiene tensiones territoriales internas, tampoco es una referencia. El Reno Unido o Alemania están demasiado alejados de Marruecos desde el punto de vista cultural y social. España, el vecino del norte, es, como ya he dicho, un buen ejemplo para Marruecos. Pero este país, si lo desea,  en su construcción autonómica,  tiene que saber analizar y  asumir los aspectos positivos del Estado de las autonomías español, pero también rechazar los errores que su vecino del norte ha cometido a lo largo de estos años. El Estado autonómico español se construyó para solucionar el histórico problema de Cataluña y Euskadi, dos comunidades muy desarrolladas económicamente donde una parte importante de la población quería y sigue aspirando a tener su propio Estado soberano. La derecha española, de común acuerdo con gran parte de la izquierda y los sectores moderados y pragmáticos de los nacionalismos vasco y catalán aceptaron la filosofía del “café para todos”, es decir la generalización del autonomismo en España. Durante más de tres décadas, a pesar de conflictos y tensiones entre Madrid y Cataluña y Euskadi, el Estado autonómico funcionó razonablemente bien y permitió a las regiones más pobres de España, como Andalucía, Extremadura, Castilla la Mancha y Galicia,  una modernización y mejora sustancial del nivel de vida de sus habitantes. Amplias zonas marginadas del país se han transformado profundamente en los últimos años tanto desde el punto de vista económico como social y cultural. Negar esa evidencia sería de mala fe. Ahora bien, tras este largo periodo de democracia y autonomía en España, también tenemos que reconocer que el problema vasco y catalán no se ha solucionado, sino todo lo contrario: ha empeorado. Los conflictos entre el centro y la periferia fueron especialmente duros durante el segundo Gobierno de José María Aznar, y el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, de manera oportunista e irresponsable, pactó con las diversas corrientes del nacionalismo catalán y el PNV para afianzar su poder, les hizo promesas que sabía que no podía cumplir y abrió un absurdo debate autonómico. En resumidas cuentas, si Aznar crispó los ánimos, Zapatero empeoró la situación.

Por su parte, los nacionalismos periféricos se aprovecharon de las debilidades del Gobierno central para exigir más competencias. Y llegó la crisis económica y financiera de 2008, que puso al descubierto las debilidades estructurales de España y los errores que sus dirigentes, todos sus dirigentes, los nacionales, autonómicos y locales, cometieron en los años de crecimiento y prosperidad. La crisis  ha demostrado también que el actual Estado de las autonomías es económicamente inviable, porque ningún país puede funcionar racionalmente con un montón de instituciones que se entremezclan, se superponen, compiten entre ellas y gastan mucho dinero. En estos momentos de crisis, este Estado de las autonomías, que también ha generado una burocracia excesiva y un clientelismo político desmesurado, además de mucha corrupción y despilfarro, necesita reformarse y racionalizarse. Desde el punto de vista político, los grandes partidos nacionales, el PP y el PSOE,  tendrían que demostrar que tienen iniciativa política frente a los nacionalismos vasco y catalán, que no van a renunciar a sus aspiraciones soberanistas. Hay que ser astuto, dialogante y firme en los principios y no caer en la trampa de los delirios nacionalistas españolistas. Sólo mediante el diálogo y el acuerdo el Estado de las autonomías español podrá reformarse adecuadamente y Cataluña y Euskadi, encontrar su acomodo en España. Otra estrategia distinta, quizá daría votos a corto plazo, pero avivaría aún más las tensiones territoriales. Frente a este escenario, Marruecos tendría que aprender lo bueno de la experiencia española, pero descartar lo erróneo

 (*). Es el director de Correo Diplomático