SUEÑOS ROTOS DE “MODOU-MODOU”

Por Guillermo Gayà (*)

El periodista Guillermo Gayà, autor de este artículo

He vuelto a hablar con Malik. Desde que llegó a España en 2007 provisto de un permiso de residencia y un puesto de trabajo su situación ha empeorado dramáticamente. Me cuenta que se ha estado moviendo por toda España, “echando currículums” en hostelería, agricultura, barcos de pesca y cualquier otro sector donde atisbara una posibilidad de empleo. Lleva ya demasiado tiempo en paro, capeando el temporal con trabajos de temporero que a veces ni siquiera ha cobrado. Como mi amigo senegalés, el sueño de El Dorado español inspiró a muchos africanos subsaharianos. Llegaron en la época de bonanza económica a principios de este siglo, cuando España llegó a ser el país europeo que recibía más inmigrantes y triplicó la tasa de inmigración estadounidense. La población de origen africano empadronada en España pasó de 50.000 personas en el año 2000 a 237.000 en 2010. La mayoría de ellos, procedentes de África occidental. Muchos de estos inmigrantes se jugaron la vida a bordo de pateras y cayucos. “Barsa wala barsakh”, decían, “a Barcelona o al más allá”. Miles de ellos perecieron. Los que llegaron, creyeron que la odisea había valido la pena, incluso sin papeles, ejerciendo los oficios más duros y peor pagados. Trajeron con ellos a sus familias, y algunos consiguieron regularizar su situación gracias a una cierta apertura en la política migratoria del primer gobierno Zapatero. Pero el sueño se ha transformado en pesadilla para muchos de ellos. La depresión económica que sufre el país desde 2008 les ha expulsado de los puestos de trabajo regulares y ha precarizado todavía más a los “sin papeles”. En el caso de Malik, perdió su empleo en una empresa de materiales de construcción y un año después se vio durmiendo en una estación y sobreviviendo gracias a la picaresca y a la fuerte solidaridad de los “modou-modou”, los inmigrantes senegaleses. Ni una palabra de ese descenso a los infiernos llegó a oídos de su mujer ni de su madre, que nunca dejaron de recibir dinero en Dakar, aunque más esporádicamente. Malik fue temporero en Lleida y en Murcia, pescador en Alicante, vendedor de abalorios en Tarragona. Hasta Oslo llegó en su búsqueda de empleo, siempre favorecido por esas redes de solidaridad africana establecidas en todo el continente europeo.

Tras cinco años de crisis, las condiciones de vida de los subsaharianos, que ya eran las más precarias de entre los inmigrantes, se han endurecido. La reciente penalización de los viajes al extranjero para los que cobran el subsidio de desempleo ha mermado su libertad de movimientos. Y la retirada de las tarjetas sanitarias a los extranjeros sin permiso de residencia empiezan a minar su salud. Muchos de ellos perciben, además, una actitud cada vez más hostil –racista- por parte de los españoles. Conozco a algunos que ante esta situación han decidido enviar a sus mujeres e hijos “au pays”, mientras ellos intentan ganarse la vida con un comercio ambulante cada vez más perseguido en las ciudades españolas. Los datos oficiales muestran que los africanos están regresando. En 2011 el saldo migratorio de España con África fue negativo, con una pérdida poblacional de 32.533 personas, cinco veces mayor que en 2010. La policía detuvo recientemente en Palma de Mallorca a un nigeriano que destrozó el escaparate de una sucursal bancaria. Alegó que lo único que quería era que lo repatriaran. Es cierto que las pateras continúan llegando a todo el litoral mediterráneo, pero su intensidad es mucho menor. El destino final de esos emigrantes no es España, sino el centro y norte de Europa. Lo mismo puede decirse de las recientes avalanchas de subsaharianos en las vallas de Melilla. Como antaño, el estrecho de Gibraltar y la península ibérica son meras etapas de un largo camino. El último proyecto de Malik es comprar un coche de segunda mano y llenarlo con electrodomésticos para vender todo, vehículo y mercancía, en Mauritania o Senegal. Una vez me dijo que los “gri-gris”, los amuletos que anuda en su cuerpo desde pequeño, le protegen siempre de los diablos de la tierra y el mar. Espero que sigan velando por él en esta nueva aventura.

(*).Guillermo Gayà lleva 20 años en el oficio de periodista.
Especializado en relaciones internacionales y economía, ha realizado reportajes en Bosnia, Kosovo, Irlanda del Norte, Zimbabue, Senegal, Cuba, y trabajó en Afganistán como formador de periodistas. Actualmente es jefe de Economía en IB3, la televisión autonómica de Baleares.