Libia no consigue la paz tras la derrota de Gadafi

Mohamed Mestiri-Túnez

Las autoridades libias no consiguen pacificar y normalizar el país después de la derrota de Gadafi. En la foto, un grupo de policías intenta restablecer el orden en las calles de Trípoli tras un enfrentamiento armado entre milicias rivales

Libia supo acabar por la vía militar con el régimen dictatorial de Muamar Gadafi, pero todavía no ha conseguido la paz y la normalidad política. La inseguridad sigue siendo uno de los principales problemas y el gran desafío del Estado. El país norteafricano logró un poco más de estabilidad con la formación del nuevo Gobierno hace unos días tras las elecciones legislativas del pasado mes de junio. Pero en la calle la realidad sigue siendo muy dura. La violencia se está convirtiendo en una dolencia política y social crónica. Las calles de Trípoli, la capital política del Estado libio, fueron de nuevo este fin de semana el escenario de graves enfrentamientos armados entre distintas facciones de milicianos. Esta vez, según las autoridades, no hubo muertos, pero sí al menos cinco heridos, y lo que es terrible : la sensación de que el país no tiene remedio, de que cada vez se hunde más en las aguas pantanosas de la violencia armada y del sectarismo político y territorial. Muchos civiles tienen armas en sus casas que no han entregado a las autoridades, y por eso mismo cualquier pequeño problema puede acabar en enfrentamiento armado. Las milicias no dejan en paz a los ciudadanos de a pie, quieren imponer su orden y su ley de la selva a balazos, y el que se oponga sabe que se expone a que lo maten. «Estas milicias deben dejarnos en paz y que podamos realizar nuestros trabajos», se quejó un médico del Hospital Central de Trípoli que sufrió los enfrentamientos callejeros, en declaraciones a la agencia Reuters. Los enfrentamientos de Trípoli ocurrieron pocas horas después de que un coche bomba hiciera explosión junto a una comisaría de la ciudad de Bengasi, la capital de la rebeldía contra Gadafi.

Rivalidad política y militar

Según diversos analistas políticos, detrás de lo sucedido en las calles de Trípoli está la rivalidad política y militar entre distintas milicias, que son la herencia de la guerra civil que estalló durante la lucha de los rebeldes por acabar con Gadafi. Algunas de estas milicias armadas están formadas por antiguos militares y civiles defensores del régimen dictatorial anterior. Pero a veces, los enfrentamientos a tiros son el resultado de simples disputas entre camarillas o jefes de milicias rivales. Por otra parte, el presidente del Parlamento libio, Mohamed Megarief, anunció que el nuevo Gobierno de Ali Zidane jurará el cargo el 8 de noviembre. El Ejecutivo se puso de acuerdo para que los seis ministros rechazados  por grupos de antiguos rebeldes, que ocuparon el Parlamento en señal de protesta, no participen en la ceremonia. Esos ministros están acusados de haber colaborado con el régimen de Gadafi. Zidane anunció la semana pasada que el futuro de los seis cargos gubernamentales está en manos de una comisión  de investigación. Esta entidad, que se autocalifica de “ética” y “patriótica”, pidió a los ciudadanos que lo deseen que presenten documentos que demuestren la colaboración de los seis ministros con el antiguo régimen.

Nuevo líder para los coptos

En Egipto, la Iglesia ortodoxa copta, que representa a una minoría importante de la población, eligió a su nuevo patriarca, Tauadros II. Los coptos, que suelen ser objetivo violento de los sectores yihadistas radicales, pero a veces también de la propia población egipcia, tendrán que hacer frente a la nueva situación que vive el país, con el islam político en el Gobierno y el bloqueo del proceso de democratización. Tauadros II, que sucede a Shenuda III, fallecido el pasado mes de marzo, pertenece a una corriente moderada de esta Iglesia cristiana ortodoxa. Cuenta con la simpatía de los coptos egipcios, pero es mal visto por muchos musulmanes, porque mantuvo una relación de colaboración con la dictadura de Hosni Mubarak. El nuevo Papa de los coptos tendrá que manejar con mucha diplomacia la relación de su institución con el presidente islamista Mohamed Mursi, quien, aunque ha declarado una guerra más o menos abierta a los grupos yihadistas, tampoco ve con mucha simpatía a la minoría religiosa más importante del país.