¿Islamismo político versus salafismo yihadista?

Por Paco Soto

Algunos expertos consideran que el islamismo político (en la foto, un grupo de activistas protesta contra Estados Unidos en un país musulmán) puede ser un freno al salafismo yihadista

Algunos observadores políticos y expertos sobre el islamismo aseguran que la denominada Primavera Árabe que resquebrajó los cimientos de regímenes dictatoriales y corruptos  y acabó con varias dictaduras del norte de África, como las de Zine El Abidine Ben Ali en Túnez, Muamar Gadafi en Libia y Hosni Mubarak en Egipto, está dejando lugar al Invierno Árabe. El entusiasmo que generó la movilización de centenares de miles de personas en muchos países árabes y musulmanes  ha sido sustituido por el desconcierto, el desánimo e incluso el pesimismo. Después de las dictaduras no ha llegado la democracia plena. La violencia e  inestabilidad política campa a sus anchas en Egipto, Libia y Túnez. Siria está envuelta en una sangrienta guerra civil. Los países del golfo han conseguido frenar el descontento popular por la vía de la represión pura y dura o sobornando económicamente a sectores sociales. Jordania ha llevado a cabo algunas reformas, pero no ha abierto las ventanas a las libertades públicas. Argelia, de momento, parece inamovible. En Marruecos, donde el rey impulsó reformas y cambios constitucionales, la llama del Movimiento 20 de Febrero se está apagando y una parte importante de la población permanece muy alejada de la política. En este contexto tan complejo, las fuerzas políticas más o menos democráticas y laicas de la derecha, el centro y la izquierda están bastante descolocadas y el islamismo políitico, sus diversas variantes y corrientes, es el único que parece gozar de buena salud  y que tiene un fuerte apoyo electoral y social. Tanto es así que en Marruecos, Túnez y Egipto los islamistas del PJD, Ennahda y los Hermanos Musulmanes, respectivamente, gobiernan después de haber ganado las elecciones. Ciertamente, en Marruecos y Túnez gobiernan en coalición con partidos alejados de los parámetros ideológicos  del islam político. Algunas de estas fuerzas políticas, como Ennahda en Túnez, fueron salvajemente reprimidas por los regímenes dictatoriales. No es el caso de los Hermanos Musulmanes en Egipto y del PJD en Marruecos, que en mayor o menor medida siempre han mantenido una relación fluida con el poder. El islamismo político, como su nombre indica, es un movimiento político y no religioso. En los países donde gobierna,  ni ha acabado con el Estado, ni con el sistema capitalista, ni tampoco ha puesto en peligro los intereses de Occidente, es decir de Estados Unidos y Europa.

El islamismo político, cuando era una fuerza de oposición, prometía a las masas de desheredados y a las clases medias urbanas descontentas el paraíso en la tierra, pero al gobernar ha perdido su virginidad política. Tiene que gestionar, ordenar, tomar decisiones, hacer frente a los problemas y satisfacer las demandas de la población. Y ahora resulta que gobernar es mucho más complicado que estar en la oposición, donde  se puede hacer demagogia y populismo sin límite. Pues bien, resulta que el islam políitco que gobierna en varios países árabes está demostrando que, además de ser una fuerza conservadora y de orden, también sabe ser pragmático y adaptarse a las circunstancias. Como ya he dicho, no ha acabado ni va acabar con el capitalismo ni implantar un nuevo califato ; defiende los intereses económicos, políticos y geoestratégicos occidentales y acabará estableciendo buenas relaciones con el Estado de Israel, por lo menos en Egipto. Estados Unidos y los países más pragmáticos de Europa llevan años, desde los trágicos atentados del 11 de Septiembre en Nueva York,  promoviendo y apoyando a los sectores más moderados y acomodaticios del islam político en los países musulmanes, y todo indica que seguirán por ese mismo camino. Abdelilah Benkirane, Rachid Ghanuchi o Mohamed Mursi representan corrientes distintas del islam político, no son grandes demócratas, no entienden mucho de economía, el poder les viene grande y de momento no han sabido dar respuestas a los problemas de sus respectivos pueblos. La situación es especialmente grave en Egipto y Túnez, donde el proceso constitucional está bloqueado por culpa de absurdos debates sobre la identidad musulmana y el papel de la Sharia en el orden legal. Túnez, sin embargo, tiene a su favor una sociedad civil democrática muy activa y con un movimiento feminista que no está dispuesto a tragar las sandeces medievales que defienden los seguidores de Ghanuchi. El futuro de Libia es incierto y en Marruecos, los dos grandes partidos gubernamentales, el PJD y el Istiqlal, se pelean por mayores  cotas de poder, y Benkirane no está demostrando ser un político con gran capacidad de decisión ni altura de miras y actúa a veces como si siguiera estando en la oposición.

Así las cosas, en varios países musulmanes, al islamismo político le ha salido un nuevo adversario, el salafismo yihadista, que a diferencia del salafismo tradicional, defiende la violencia y practica el terrorismo para conseguir sus objetivos. Según expertos como el marroquí Mohamed Darif, el salafismo yihadista es un movimiento fundamentalmente religioso y no político como el islamismo. Por el contrario, el pensador, islamólogo e historiador tunecino Mohamed Talbi sostiene que no tiene ningún sentido establecer diferencias entre el islamismo político y el salafismo yihadista, porque ambas corrientes pertenecen a una misma familia ideológica profundamente reaccionaria, antidemocrática y peligrosa para la sociedad. En una entrevista con el semanario Jeune Afrique, Talbi afirme que   « Ennahda es como un cáncer » para el futuro democrático de Túnez y es un movimiento que esconde sus verdaderos objetivos. Muchos otros politólogos e islamólogos, investigadores e intelectuales del mundo islámico y occidental piensan como Talbi, y aseguran que el islamismo político no puede ser una fuerza como las demás, porque no cree en la democracia. Sin embargo, para los expertos que coinciden con Darif, sí que existe una diferencia cualitativa entre el islamismo político y el salafismo yihadista, y el ejemplo de Turquía demuestra que un partido islamista puede gobernar respetando la democracia y el orden mundial capitalista. Estos sectores también valoran que en Egipto el presidente Mursi haya declarado la guerra a los grupos terroristas yihadistas.  En este sentido, los partidarios de la teoría de Darif consideran que Occidente tiene mucho que ganar si apoya a los sectores islamistas que se autoproclaman moderados en el mundo musulmán, e incluso deberían promocionar un « islam liberal », en palabras del politólogo casablanqués,  de cara a la defensa de sus intereses y la lucha contra el terrorismo de movimientos yihadistas como Al Qaeda. En los propios países musulmanes hay bastantes voces que discrepan con esta propuesta, porque, como Talbi y tantos otros, están convencidas de que los islamistas esconden  su verdadera ideología y objetivos, que no son otros que implantar una dictadura político-religiosa y reprimir sin contemplaciones a cuantos discrepen con ellos. Hasta la fecha nadie ha podido demostrar que el islamismo político y el salafismo yihadista sean enemigos irreconciliables. Habrá que ver en los próximos tiempos, a la luz de los acontecimientos, si esta hipótesis se confirma o no.