El XVIII Congreso del Partido Comunista Chino abre la puerta a una nueva generación de burócratas

Ahmed Chabi-Rabat

 

El nuevo secretario general del Partido Comunista chino (PCCh), Xi Jinping, es un hombre relativamente joven y abierto, pero nadie sabe hasta dónde está dispuesto a llegar en las reformas que el país necesita

El XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), el acontecimiento político más importante de las últimas décadas, porque tiene que aprobar la transferencia de poder a una nueva generación de  burócratas más jóvenes, abrió sus puertas en Pekín el pasado 8 de noviembre. Varios días antes de que empezara este evento político, miles de policías en uniforme y de paisano tomaron la ciudad para garantizar el orden público, y la plaza Tiananmen, donde en 1989 numerosos jóvenes fueron masacrados por las fuerzas de represión del régimen comunista por atreverse a pedir un poco más de libertad en su país, fue cerrada al público a partir del 7 de noviembre. La Cámara de Representantes, una especie de Parlamento que legisla más bien poco,  es el lugar donde se celebra el cónclave comunista y se ha convertido en una fortaleza tomada por agentes de las fuerzas de seguridad. A pesar del extraordinario crecimiento económico que conoce China y de los importantes cambios sociales que ese desarrollo genera, políticamente, el país sigue siendo una dictadura. Ciertamente no como en la época de Mao Zedong. La represión ya no es masiva y no mueren ni desaparecen opositores al régimen o simples descontentos a diario, pero las protestas son aplacadas sin contemplaciones y los disidentes se las ven y se las desean para sobrevivir. La situación es tan absurda que las autoridades de Pekín, con motivo del congreso comunista, han prohibido el vuelo de palomas; los niños no pueden jugar con cometas y los taxistas han tenido que bloquear las ventanillas de sus vehículos para evitar que los usuarios puedan abrirlas y cometer algún acto de provocación. El número de turistas chinos y de otros países que visitan la capital del país se ha reducido significativamente y el control de Internet se ha reforzado. Pero en las redes sociales, que muchos chinos  utilizan para conectarse al mundo y escapar de ese manicomio que ha construido la dictadura comunista, se burlan masivamente del XVIII Congreso. Un flamante centro de prensa con Internet, café, té, fruta y bollería acoge a los periodistas chinos y extranjeros que cubren el acontecimiento, pero ese bonito árbol esconde el bosque de los controles y las dificultades de todo tipo a las que el poder somete a los trabajadores de la información.

Nuevo secretario general

Así las cosas,  el nuevo secretario general del PC chino será Xi Jinping, un ‘príncipe rojo’ aparentemente afable y abierto de ideas que era el jefe del partido en la provincia de Zhejiang y sustituirá a Hu Jintao. Este cargo le llevará también a ser presidente del país en marzo de 2013, cuando el Parlamento chino, entre aplausos y sonrisas sumisos, le nombre oficialmente. Xi Jinping se hizo popular después de un viaje a Estados Unidos, en 2010. Pero poca gente sabe a ciencia cierta lo que ese dirigente relativamente joven en el mundo de los políticos chinos –tiene 59 años-  querrá o podrá hacer cuando asuma la máxima dirección del gigante asiático. Se sabe que un hermano se fue a vivir a Hong Kong, donde la vida es más agradable que en la China comunista, y una hermana reside en Canadá. Y hasta parece ser que una hija suya estudia en Harvard. Xi Jinping habla inglés y está casado con una popular cantante, pero ambos elementos no son ninguna garantía para que democratice China. Tampoco se sabe a qué corriente del comunismo chino pertenece el próximo hombre fuerte del país: ¿al clan de Shangai, que apuesta por un capitalismo neoliberal a ultranza, del ex presidente Jiang Zemin? ¿Al grupo de Hu Jintao, que no rechaza el liberalismo económico, pero tampoco quiere abandonar los fundamentos del socialismo autoritario y burocrático aprendidos en los manuales del marxismo leninismo y del maoísmo? Lo que sí se puede afirmar es que Xi Jinping es un hombre pragmático y más bien dialogante, y los expertos sobre China creen que es consciente de los problemas que sufre su país y de la necesidad de profundas reformas políticas. Pertenece a ese grupo de los denominados ‘príncipes rojos’, que son los hijos de los  dirigentes comunistas que hicieron la revolución con Mao Zedong, algunos de los cuales fueron víctimas de la brutal Revolución Cultural (1966-1976), que no fue otra cosa que una violenta y sanguinaria lucha de clanes dentro del partido liderada por Mao. El propio padre del futuro secretario general del PCCh, que tiene 82 millones de afiliados, fue depurado por el partido en 1962, antes de la gran masacre que provocó la Revolución Cultural.

Jóvenes instruidos

Xi Jinping y el futuro primer ministro, Li Keqiang, no sólo representan una nueva generación que tendría que remover las aguas estancadas de la gerontocracia dirigente, sino que también son dos antiguos ‘jóvenes instruidos’. Pertenecen a un colectivo de 17 millones de personas que fueron enviadas al campo desde la ciudad durante la Revolución Cultural para, según la jerga comunista al uso en aquel tiempo, “aprender de las masas populares” y “luchar contra el aburguesamiento”. “Fue uno de los movimientos políticos más radicales que produjo la República Popular china”, señala el experto francés Michel Bonin, autor de un libro muy revelador sobre ese fenómeno, ‘Génération perdue’ (Generación perdida).  Entre los denominados ‘jóvenes instruidos’ hubo guardias rojos, la tropa de choque que Mao y sus seguidores utilizaron para eliminar a sus adversarios durante la Revolución Cultural. Pero la mayoría fueron alumnos de escuelas primarias e institutos que se vieron forzados a abandonar las ciudades e instalarse en el campo para ser “reeducados” por los campesinos pobres. El propio  Xi Jinping, que estuvo viviendo en la provincia de Shaanxi, sufrió en sus propias carnes la violencia de los fanatizados guardias rojos. Michel Bonin cree que los chinos pueden esperar de esa “generación perdida, un estilo muy distinto del de Hu Jintao. Los ex ‘jóvenes instruidos’ han aprendido a ser realistas y saben resolver los problemas”. Habrá que ver hasta dónde.

Ojo a la corrupción

Como ocurre en muchos países pobres y no democráticos, la corrupción no es simplemente una práctica  que envilece a algunos individuos, sino una plaga extendida en toda la sociedad.  Lo segundo es lo que ocurre en China, y los dirigentes más inteligentes son conscientes del problema, aunque no hagan nada por resolverlo y muchas veces lo toleren e incluso lo fomenten. El presidente y secretario general del PCCh,  Hu Jintao, defendió  la necesidad de que el partido luche contra la corrupción en sus filas y advirtió de que si fracasa en ello “podría causar la caída del Estado”. Lo dijo durante la inauguración del XVIII Congreso. “Si fallamos en atender bien esta cuestión será fatal para el partido, e incluso podría causar la caída de éste y del Estado. Nadie está autorizado a ponerse por encima de la organización del partido”, manifestó Hu Jintao. Y añadió: “Todos los que violen la disciplina del partido y las leyes estatales, sean quienes sean o tengan la posición que tengan, deben ser llevados ante la justicia sin piedad”. Las palabras del líder comunista  se pronunciaron en un contexto  marcado por el escándalo en torno a Bo Xilai, que  hasta el pasado mes de  marzo era el máximo líder del PCCh en una de las principales ciudades chinas, Chonqing, y que sonaba como candidato a formar parte de la nueva cúpula que salga del Congreso, pero que ahora afronta un posible juicio por corrupción. El escándalo se está acrecentado por el hecho de que su esposa, Gu Kailai, fue condenada en agosto a muerte -aunque la sentencia podría conmutarse a cadena perpetua- por el asesinato de un empresario británico. También está otro caso, el del ex ministro de Ferrocarriles Liu Zhijun, recientemente expulsado del partido  por aceptar sobornos en el curso de la multimillonaria construcción de la red de alta velocidad china. Además, el diario estadounidense The New York Times publicó un extenso reportaje en el que acusaba a la familia del primer ministro chino, Wen Jiabao, de haberse enriquecido de forma ilícita.

Las dos caras del crecimiento económico

C. García-Rabat

El mandato de 10 años de Hu Jintao, que pertenece a la cuarta generación de dirigentes comunistas, toca a su fin. El Diario del Pueblo –órgano oficial del PCCh- califica esa etapa de “década gloriosa”. Sin lugar a duda, China ha crecido económicamente y se está transformando socialmente. Existe una clase media y, aunque la pobreza y las desigualdades no han desaparecido, sobre todo en las zonas rurales menos desarrolladas, el nivel de vida ha aumentado sustancialmente y los chinos viven mucho mejor que cuando Mao Zedong dirigía el gigante asiático con mano de hierro. China es la gran fábrica del mundo, pero también el banquero de muchos países desarrollados y  en vías de desarrollo, y un exportador de primera línea. Tiene una capacidad económica y financiera fuera de serie y muchos dirigentes de la Europa en crisis no se avergüenzan de tener que mendigar ante Pekín la compra de deuda o inversiones directas. El régimen comunista, bajo el mandato de Hu Jintao, ha mejorado el nivel de vida de los campesinos y, en general, de las capas sociales más débiles. Ha suprimido impuestos a los campesinos y ampliado los subsidios al 90% de este amplio colectivo. El 95% de los chinos tienen cobertura sanitaria, frente al 15% hace una década. Pero la brecha entre ricos y pobres sigue siendo muy importante y el malestar social está en todas partes, incluso en regiones muy atrasadas. Según datos oficiales, hubo 180.000 protestas en el año 2010. Es lógico en un país donde la renta per cápita sigue siendo muy modesta: 5.432 dólares, mientras que el número de multimillonarios se ha multiplicado por 10. La nueva clase media vive relativamente bien, pero también se está volviendo más exigente y empieza a pedir una cierta apertura política. Pero las reformas políticas no llegan en este país, que es uno de los más contaminados del planeta. Y los conflictos con minorías, como la tibetana y la uigur, se han recrudecido, y China sólo conoce una vía para frenarlos: la represión. Los internautas ya son 500 millones en China y muchos de ellos utilizan las redes sociales para criticar al poder y pedir más libertad. Para algunos expertos, Hu Jintao entrega a la nueva cúpula dirigente un país que se ha convertido en una “bomba de relojería”.