¿Por qué un Estado para Catalunya?

Carles Llorens

Un millón y medio de catalanes salieron a la calle en Barcelona en la última gran manifestación a favor de la independencia de Cataluña

El Telediario de la noche del 11 de julio de 2010 trató muy de paso la manifestación que aquella tarde se había producido en Barcelona contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Se recreó en los silbidos que se habían producido contra el president Montilla y, rápidamente, se pasó a otra noticia: “También en el País Vasco ha habido una manifestación” decía el titular mientras se mostraba una de aquellas habituales manifestaciones a favor de la libertad de los presos de la izquierda aberzale, encabezada por los líderes batasunos. En esas marchas se concentran fácilmente entre 15.000 y  20.000 personal. En Barcelona, sin embargo, se habían manifestado más de un millón y medio de personas, que proporcionalmente es como si en España hubieran salido a la calle 9 millones y medio. Y todo se había hecho cívicamente, educadamente, llenando ya no el Passeig de Gràcia, sino el Eixample entero. Con la información del Telediario, la opinión pública española no se podía enterar y, si se enteraba, no podía calibrar la dimensión de lo que estaba pasando en Catalunya. Así las cosas, mucha gente en España ha quedado desconcertada cuando el pasado 11 de septiembre tantos catalanes como en el 2010, o más, han salido a la calle para pedir la independencia. Ministros y periodistas, diputados y empresarios, obispos y militares españoles en su fuero interno han dicho: “no me lo puedo creer” y han visto con estupefacción que la cosa iba en serio cuando el presidente Mas ha tomado la batuta. En este punto, algunos han reaccionado bárbaramente pidiendo la intervención de la Guardia Civil o que se envíen los tanques. Mayoritariamente, la gente pregunta: ¿Qué está pasando en Catalunya? Voy a intentar explicarlo.

Habíamos tenido siempre la sospecha que eso que se llama España no podía asumir en su seno una realidad nacional como la catalana. Demasiada “reconquista” en el ADN. Demasiada “furia”, “orgullo”, “honor” y muy poco diálogo, democracia y parlamento en el viaje histórico. Demasiados años de franquismo falsificando la historia. A pesar de la sospecha, el nacionalismo catalán mayoritario había intentado siempre buscar el encaje. Lo había intentado la Unió Catalanista, la Lliga de Prat i Cambó, la Esquerra de Macià i Companys i la Convergència i Unió de Pujol i Roca. Históricamente, el reconocimiento de Catalunya siempre había sido enterrado al mismo tiempo que la democracia española. Primo de Rivera enterró la Mancomunitat. Franco se alzó, en muy buena parte, para acabar con la autonomía catalana. Así, el catalanismo albergó la esperanza de que sólo una España plenamente democrática reconocería la realidad nacional catalana o, lo que es lo mismo, una España democrática asumiría su propia condición de estado plural. Durante 30 años, con un escaso reconocimiento, con un autogobierno limitado, con una financiación manifiestamente injusta, Catalunya no sólo ha tenido la paciencia de esperar que España madurara, sino que ha contribuido como la que más a todos los retos comunes. El tiempo de espera, sin embargo, se terminó con la llegada del siglo XXI. El catalanismo, constatando que la democracia española era ya algo plenamente asumido e irreversible, formuló diferentes propuestas. Desde el mundo convergente reclamamos para Catalunya una situación de “soberanía imperfecta o compartida” similar a la que disfrutábamos antes de 1714. Desde nuestra perspectiva, España debía asumir su condición “plurilingüe, pluricultural y plurinacional”. En paralelo, el maragallismo, como corriente más capaz de reflexionar dentro de una cierta izquierda, apostaba por una “España plural” que parecía que una nueva izquierda española -personificada en Zapatero- podía comprar. Estas propuestas cuajaron en el texto del Estatut que salió del Parlament de Catalunya el año 2005. Se trataba de un pacto de las dos referidas tradiciones del catalanismo, con el independentismo de Esquerra. El Estatut era un reto para España. Se trataba, sin embargo, de un pacto  en el que se comprometía toda una generación de nacionalistas. La dinámica del Tripartito dio al proceso un tono, un punto desordenado y casi caótico. Tan cierto como eso, es que se trató de un proceso pacifico, con el apoyo de una amplia mayoría de los catalanes y con una disposición completa a asumir un pacto con las rebajas incluidas del paso por las Cortes. Después del no sin matices al Plan Ibarretxe, pensamos que el proceso catalán podía tener mejor suerte. Al fin y al cabo, por más que algunos encallaran en el “España se rompe”, el Estatut era –realmente– una propuesta de encaje en España, un proyecto para regenerar España.

Cinco años después, cuando el pueblo de Catalunya había refrendado ya el texto recortado, el Tribunal Constitucional dijo “no”. Fue un no tan rotundo, tan claro y tan ofensivo como el que se había dado a Ibarretxe. Fue un no al reconocimiento cultural, lingüístico, nacional. Un no a la posibilidad de cambiar el injusto sistema de financiación de Catalunya. Un no a cambiar el sistema de solidaridad al que nos vemos forzados. Un no a la asunción de lo que propiamente es España, algo plural y diverso, con lo cual contenía la patología que siempre tiene el que no se asume a sí mismo. Lo destacable del tema es que este rechazo, este no querer alargar la mano a quien la tiene tendida, este saltar las reglas del diálogo para imponerse, no fue únicamente una sentencia del Tribunal Constitucional. Fue, de hecho, un rechazo global de la sociedad española. Tras el no del alto tribunal estaba la clase política española, el mundo periodístico, la intelectualidad, la jerarquía eclesiástica y el mundo económico y financiero. Nadie en España alzó la voz a favor de Catalunya. La sentencia puso en evidencia la imposibilidad de que Catalunya pudiera tener un reconocimiento digno dentro del Estado español. Y, así, tras más de un siglo de intentarlo, el catalanismo en su conjunto abandonaba, definitivamente, la idea de encontrar un encaje en España. La única forma de sobrevivir en tanto que nación pasaba por convertirse en un estado de Europa. La manifestación del 11 de septiembre, el no de Rajoy al Pacto Fiscal, han acelerado los tempos como nadie podía prever y, hoy, el proceso histórico y el proceso político van a la par. En esta encrucijada histórica, es preciso que España entienda que este contencioso ya no se puede resolver como se resolvía antaño. Los Primo de Rivera, los Franco, obviamente, no sirven, diga lo que diga la Constitución sobre el ejército. Y el “problema” tampoco se puede “conllevar” a la manera de Ortega, porque los catalanes estamos hartos de “conllevar” nuestra parte y, además… no puede ser un “problema” que los catalanes seamos catalanes. Esto, hoy, solo se puede resolver democráticamente y, más tarde o más temprano, España tendrá que asumirlo. El tema, así, es si será más tarde o más temprano. Para el bien de Catalunya y de España espero que sea pronto. Ni unos ni otros tenemos demasiado tiempo para perder.

Rectificación:

En al artículo de nuestro colaborador portugués Raul Manuel Braga Pires, ‘Y Cavaco rompió su silencio’, se nos olvidó poner en el tetxo la siguiente frase: “El Presidente se lamenta, diciendo que una de sus pensiones de jubilación es de 1.300 euros (obtiene tres, después de haber renunciado al sueldo de presidente), lo que considera insuficiente para pagar sus gastos”. Pedimos disculpas a los lectores y a nuestro colaborador.