El desarrollo económico no es suficiente para la democracia

Por Paco Soto

El desarrollo económico no es una condición suficiente para que la democracia llegue a un país. El caso de los países del Golfo es ilustrador al respecto. En la foto, la capital de Catar, Doha. Este país es muy rico pero no es una democracia

El desarrollo económico  no es una condición suficiente para que la democracia llegue a un país. Es cierto que un alto y largo período de crecimiento económico genera mayor bienestar en la población y cambios sociales importantes. Esos cambios pueden dar estabilidad a un país que no sea democrático, y esa estabilidad, en principio, sería un factor a favor de una transición ordenada de una situación dictatorial o autoritaria a una etapa de plena democracia. Escribiendo estas líneas, estoy pensando en la España de los últimos años del franquismo. El desarrollo económico de los años sesenta y parte de los setenta del siglo pasado que impulsaron los sectores tecnocráticos del régimen, generalmente vinculados al Opus Dei, transformó la estructura social española. En poco tiempo, España pasó de ser un país atrasado a convertirse en la décima economía mundial. A la muerte de Franco, España ya era un país capitalista desarrollado, aunque menos próspero que los Estados de su entorno geopolítico. A pesar de grandes desigualdades sociales y regionales, la España de 1975 era un país con una fuerte clase media urbana y donde una mayoría social soñaba con tener más libertad; en resumidas cuentas, ser como el resto de la Europa avanzada.  Casi 40 años después de la muerte del dictador Francisco Franco, hay que ser de muy mala fe o rematadamente tonto para no ver que la España de hoy en día, a pesar de la grave crisis económica que la golpea, es un país mucho mejor en todos los aspectos que décadas atrás. Un historiador como el británico Charles Powell ha demostrado que en los países que tienen estructuras socioeconómicas desarrolladas las transiciones a la democracia suelen ser más fáciles. El caso español ha sido un paradigma para los países de América Latina y de la antigua Europa del ‘socialismo real’ que abandonaron sistemas dictatoriales para construir una democracia. Ahora bien,  nadie puede llevarse a engaño y pensar que el bienestar material y social, automáticamente, desemboca en la democracia. No faltan ejemplos históricos que demuestran todo lo contrario. Los nazis mejoraron sustancialmente el nivel de vida de los alemanes, construyeron autopistas y obras públicas en todo el país y asentaron las bases del futuro Estado del bienestar, pero no impulsaron un sistema democrático. Todo lo contrario. Los comunistas, en los países donde llegaron al poder, en una primera etapa también mejoraron el nivel de vida de la población y llevaron a cabo reformas económicas y sociales en esa línea. Pero no pudieron dejar de ser dictadores.

Ejemplos no faltan

China es otro buen ejemplo de lo que digo. El gigante asiático ha vivido un extraordinario desarrollo económico en las dos últimas décadas que ha generado un profundo cambo social. China tiene ahora una clase media urbana importante y algunos sectores de ese grupo social se han vuelto reivindicativos y aspiran a vivir en un país con más liberad. Pero la dictadura comunista, aunque ya no es tan brutal y sanguinaria como en el pasado, tampoco se ha transformado en una democracia. El escritor de origen chino Gao Xingjian, premio Nobel de Literatura, en declaraciones a la emisora checa Radio Praga, dijo con gran lucidez: “No creo que en China el crecimiento económico traiga la democracia”. El crecimiento económico por sí solo, no, desde luego; la voluntad de las clases dirigentes y de una mayoría social a favor de cambios democráticos sí que son dos condiciones indispensables para la construcción de un sistema de libertades donde el verdadero soberano sea la ciudadanía. Sin embargo, los dirigentes de  la mayoría de los países árabes, a pesar de la caída de varias dictaduras y de cambios políticos notables, siguen pensando que basta con  dar un cierto bienestar material al pueblo para que éste renuncie a vivir en democracia. Y en algunos casos ni eso. Ejemplos no faltan. En el Magreb, Túnez fue durante años para muchos dirigentes árabes y occidentales un modelo de crecimiento económico y estabilidad social alejado de la democracia. La caída de Zine El Abidine Ben Ali puso sobre la mesa los fallos notables del sistema tunecino. El principal: la ausencia de democracia. La democracia no es un valor occidental, como sostienen los cínicos, sino un valor universal que tiene que ser compartido por todas las sociedades del planeta. La democracia, la dignidad y la igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres  son objetivos válidos para España, Marruecos, Francia, Egipto, Alemania o Afganistán.

Mandamases del mundo árabe

Desgraciadamente, los mandamases del mundo árabe, salvo honrosas excepciones, no han aprendido la lección de la historia, que cada dos por tres pone en su sitio a dictadores y sátrapas de distinta ralea, ni están a la escucha de lo que quieren sus pueblos. Esos pueblos no tienen a lo mejor cultura democrática y pueden dejarse manipular por populistas y demagogos de todo tipo, como los islamistas.  Pero tampoco son animales salvajes a los que hay que despreciar y humillar. En muchos países árabes, los pueblos humillados y despreciados han salido a la calle para exigir cambios y en algunos casos han derrocado a los dictadores de turno. Después de las rebeliones no han llegado las democracias perfectas, porque los cambios, históricamente, nunca han sido una línea recta, sino procesos complejos y contradictorios.  Dicho esto, los que crean en el mundo árabe  que podrán aferrarse por mucho tiempo a sus sistemas políticos arcaicos y antidemocráticos y conservar sus privilegios ilegítimos por la fuerza de las bayonetas se equivocan. Los que piensen que basta con darle a una parte del pueblo un cierto bienestar económico y social para que éste se olvide de cambios democráticos también se equivocan. Como dice el presidente de Túnez, Moncef Marzuki, en su libro ‘Arabes, si vous parliez…’ (Árabes, si ustedes hablaran…), “la democracia, si no es una condición suficiente para el desarrollo, es, sin embargo, una condición necesaria… La condición sine qua non. Romper con la democracia el autoritarismo político… es permitir a todas las potencialidades de expresarse, de crear, de controlar, de corregir, de avanzar”.