Europa no se pone de acuerdo sobre su presupuesto

C. García-Rabat

La cumbre de la UE en Bruselas no ha puesto de acuerdo a sus miembros sobre el presupuesto comunitario para los próximos años. El primer ministro británico, David Cameron (en la foto), ha sido uno de los principales partidarios de los recortes y la austeridad, que perjudican a países como España

Los dirigentes europeos no se pusieron de acuerdo sobre les presupuestos que la Europa comunitaria tendrá que adoptar para el periodo 2014-2020. Al cierre de esta edición, los 27 países de la Unión Europea (UE) seguián enfrascados en discusiones sobre las arcas públicas comunitarias. Alemania y Reino Unido, fundamentalmente, pidieron más austeridad, es decir un recorte de unos 80.000 millones de euros. Francia, con matices, acabó plegándose a los deseos de la canciller Angela Merkel, que es la que manda en la UE, y España, que seguirá recibiendo fondos europeos, pero mucho menos que antes y que los países de la antigua Europa comunista, porque son más pobres, intentó defender sus posiciones. Pero lo hizo tímidamente frente a los ‘halcones’ británicos y alemanes partidarios de la austeridad y los recortes. La crisis de la eurozona pesó como una losa en la cumbre de la UE de Bruselas, porque en tiempos de vacas flacas, nadie, sobre todo los más ricos, quiere arrimar el hombre. Política y electoralmente, la posición del nacionalismo económico es más rentable. Alemania, que hace una década era un país en crisis y con más de cinco millones de parados, es hoy en día la locomotora económica de la Unión, y sus dirigentes y gran parte de la población no están dispuestos a soltar más dinero a los países que atraviesan dificultades, sobre todo los del sur, como España, Portugal e Italia, porque  a Grecia ya se la considera  como un caso perdido. Los jefes de Estado y de Gobierno de la UE aceptaron debatir una propuesta de compromiso del presidente del Consejo Europeo (CE), Herman Van Rompuy, que, según diversos expertos, a la larga no solucionará los problemas de fondo ni evitará la consolidación de una Europa de dos o más velocidades. Merkel se mostró dispuesta al diálogo y el acuerdo, pero siempre y cuando los demás países acepten sus tesis en materia económica, y el presidente francés, François Hollande, fue más conciliador y pidió “tiempo” para que los países más retrasados hagan los deberes que les exige Bruselas, pero tampoco se enfrentó directamente a la poderosa canciller alemana. Lo que sí hizo Francia es defender la Política Agraria Común (PAC), que dispondrá de más dinero comunitario, porque este país es su principal beneficiario. A cambio, la UE dispondrá de menos dinero para infraestructuras, y los gastos en instituciones no se verán alterados, sobre todo los salarios de los funcionarios. El primer ministro británico, David Cameron, no ocultó su enfado por los acuerdos comunitarios, porque no los considera positivos para su país, según fuentes oficiales. Esta tensa cumbre se celebró pocos días después de que los ministros de Finanzas de la UE no consiguieran ponerse de acuerdo sobre la entrega de una ayuda financiera a Grecia y cuando las perspectivas de crecimiento económico para la eurozona son francamente malas. Así las cosas, aunque Herman Van Rompuy aumentó sensiblemente los fondos agrícolas y de cohesión, los más afectados por los recortes,  Francia, que ha entrado en el club de los países más perjudicados por la crisis,  no se da por satisfecha. Hollande declaró: “No puedo aceptar que los países más ricos de la UE vengan a pedir cheques, devoluciones y rebajas,  y que Francia, encima, tenga que contribuir a pagarlo. Así que todos deben hacer un esfuerzo”. El pataleo del presidente galo no tuvo ningún efecto sobre las decisiones de Alemania y de los países que apoyan su política económica en la UE.

Pequeño regalo a España

Los acuerdos de la cumbre europea de Bruselas beneficaron básicamente a los países más ricos del norte, un poco a Francia y los Estados del Este y perjudicaron a España. Pero España recibió un premio de consolación: 2.750 millones de euros para suavizar las pérdidas de ayudas europeas hasta 2020. La situación de España es compleja, porque por  primera vez desde su ingreso en la UE, en 1986, está a punto de convertirse en contribuyente neto y, como todos los países que pagan más de lo que reciben de las arcas comunitarias, está interesada en que no se dispare el gasto. España sigue siendo un país menos rico que los del norte de Europa, pero mucho menos pobres que los del bloque del Este. Y es en ese contexto que los dirigentes españoles tuvieron que negociar con sus socios el presupuesto comunitario.

Análisis

Una Europa con dos núcleos

La UE no puede avanzar sin Reino Unido. Por razones históricas y pragmáticas, debería asumir la dirección de la política exterior y de seguridad, mientras Alemania conduce la política fiscal y bancaria

Timothy Garton Ash

Aparte del previsible tedio y horror de la cumbre presupuestaria que celebra la UE esta semana, ¿a qué puede aspirar Europa para los próximos años? Existe una horrible simetría entre las respuestas que ofrecen los euroescépticos británicos y las de los eurófilos continentales. Ambos plantean una elección binaria: o Reino Unido sigue a Alemania y Francia en su campaña para tener “más Europa”, o se aleja cada vez más. Las dos partes, hasta las narices una de otra, han llegado casi a ese punto en el que preferirían decir: “Bueno, pues nos separamos”. Tú sigue tu camino, y yo seguiré el mío. Se equivocan. Si hubiera más imaginación política a los dos lados del canal, avanzaríamos hacia una Europa que no tenga un núcleo duro sino por lo menos dos. Alemania, Francia y otros países de la eurozona deben profundizar su unión monetaria, con una unión bancaria y ciertos elementos de una unión fiscal y, por consiguiente, política. A medio plazo, Reino Unido no va a formar parte de eso. Pero eso no quiere decir que la eurozona tenga que ser el núcleo duro de todo lo que haga la UE. ¿Por qué va a ser así? El núcleo duro en el que los británicos deberían conservar un papel fundamental es el de la política exterior y de seguridad de la UE. En este ámbito, el que desentona no es Reino Unido, sino Alemania. Durante los últimos 20 años, Alemania ha construido su propia relación energética bilateral con Rusia y su propia relación comercial y de inversiones con China. El año pasado, Alemania se alineó con China y Rusia al negarse a que la ONU apoyase la intervención encabezada por Francia y Reino Unido en Libia. Recientemente, Berlín vetó la fusión de EADS y BAE, que habría proporcionado a Europa un gigante aeroespacial de dimensiones mundiales. ¿Quiénes fueron los malos europeos en ese caso? Los complejos históricos y los intereses internos de Alemania hacen que sea incapaz de dirigir con audacia la proyección de poder hacia el exterior que necesita la UE para defender nuestros intereses y nuestros valores comunes en un mundo de gigantes emergentes como China. Los complejos históricos y los intereses internos de Reino Unido hacen que no esté dispuesto a integrarse en la nueva unión monetaria y económica dirigida por Alemania. Muy bien, pues, ¿por qué no proponer una división del trabajo? ¿Por qué no dejar que Reino Unido asuma una posición de liderazgo en un núcleo duro dedicado a la política exterior y de seguridad, mientras Alemania hace lo mismo en el de política económica y monetaria? Francia, desde luego, seguiría desempeñando un papel muy importante en los dos. Con el tiempo, otros países como Polonia confían en poder hacerlo también.

Sería complicado, sin duda; pero la complejidad organizativa no es el verdadero obstáculo para esa Europa de dos núcleos. Es la falta de imaginación y voluntad política. Una carencia que se observa de manera espectacular en Reino Unido. El primer ministro británico, David Cameron, se las ha arreglado para meterse en un callejón sin salida, porque no puede dar la impresión de que está a favor de “más Europa” en ningún aspecto. Independientemente de sus convicciones personales, tiene tanto miedo a sus propias bases euroescépticas del Partido Conservador y al aumento de votos que está experimentando el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), que el simbolismo político de decir: “¡Ni un penique, ni una pulgada más!” está por delante de cualquier cálculo pragmático sobre los intereses nacionales. Si la suma de dinero en el presupuesto de la UE fuera la verdadera cuestión, habría un acuerdo. En relación con el gasto global, la diferencia entre las cifras que propone Londres y las que propone Berlín es pequeña. Pero se puede hacer que esas sumas parezcan enormes y que Cameron dé imagen de debilidad en la portada del diario de más tirada, The Daily Mail. Y en política, esa apariencia es la realidad.

Es posible que Reino Unido esté en otro planeta, pero algunos destacados políticos del continente tampoco ayudan. Siguen aferrados a una visión anticuada de una Europa de “círculos concéntricos”, en la que Francia y Alemania están en el centro magnético del círculo más escogido. Reconocen que tenemos una Europa “de varias velocidades”, con una vanguardia de Francia, Alemania, Bélgica y otros que van más deprisa, España, Suecia y Polonia algo más despacio, y Reino Unido al final de todo. Lo que insinúa, con cierta condescendencia, es: “Al final acabaréis llegando todos”. Pero esa metáfora de las velocidades no tiene en cuenta en absoluto la realidad ni los peligros de lo que está sucediendo. Ya tenemos una Europa de múltiples grupos y múltiples niveles, y ahora está a punto de convertirse en una Europa de múltiples direcciones. Cuando los componentes de cualquier comunidad política empiezan a moverse en direcciones diferentes, esa comunidad deja de integrarse y pasa a desintegrarse. Por el momento, Reino Unido es, para la mayoría de sus socios europeos, el hombre de negocios de mediana edad en una caricatura de The New Yorker, que está en la cornisa exterior de su despacho, a 18 pisos de altura. Algunos de nuestros amigos europeos (en el sentido de amigos en Facebook) dicen: “¡Venga, salta! ¡Salta de una vez!”. Pero la mayoría de ellos nos están pidiendo que no saltemos. Hace unos meses, en Siena, oí cómo el presidente italiano, Giorgio Napolitano, un antiguo comunista de 87 años, hacía un apasionado llamamiento al Reino Unido para que no se separe de Europa. Esa misma noche, el ministro polaco de Exteriores, Radoslaw Sikorski, un anticomunista todavía joven, transmitía un mensaje casi idéntico a su público de Blenheim Palace, cerca de Oxford. Derecha e izquierda, oriente y occidente, jóvenes y viejos, todos gritan lo mismo: “¡No lo hagas!”.

Ahora bien, este mensaje de los preocupados colegas de Reino Unido en la ventana del despacho sería más convincente si por lo menos tuvieran en cuenta la posibilidad de que, en el futuro, la empresa pueda hacer las cosas de manera ligeramente distinta. Mi idea de una Europa de dos núcleos es una forma de imaginarlo. Que no haya equívocos: hay pocas posibilidades de que este primer ministro y este Partido Conservador se muestren más positivos sobre cualquier aspecto relacionado con Europa hasta después de las próximas elecciones. Entonces será necesario un referéndum sobre “quedarse o marcharse” para que Reino Unido abandone la cornisa… o salte de una vez por todas. Pero existe un importante debate que debemos llevar a cabo, desde ahora mismo, con el fin de saber qué es exactamente esa entidad de la que el pueblo británico debería decidir si se marcha o se queda. Muchas de las cuestiones que tanto obsesionan a los euroescépticos británicos —la directiva de tiempo de trabajo, la orden de detención europea, etcétera— son secundarias. Mientras tanto, la eurozona hará lo que tenga que hacer, o si no fracasará. Habrá una negociación importante para garantizar que el resultado no perjudique los intereses británicos, por ejemplo con las regulaciones de la nueva unión bancaria o los cambios que se introduzcan en el mercado único.Pero la verdadera pregunta, tanto para los proeuropeos en Reino Unido como para los probritánicos en Europa, es esta: ¿existe algún área política fundamental en la que Reino Unido podría, debería y sabría hacer más en y por Europa y, por tanto, por sí misma? Si podemos dar con una buena respuesta a esa pregunta, cambiaremos los términos del debate en las dos orillas del canal y tal vez incluso acabemos teniendo una Europa mejor.

(*) Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Es también un experto en los países de la antigua Europa comunista.