Artur Mas maniobra para gobernar cómodamente y abrir un proceso soberanista en Cataluña

Paco Soto-Rabat

En la foto, de izquierda a derecha, los líderes de ERC y CiU, Oriol Junqueras y Artur Mas. El presidente en funciones contempla diversos pactos para poder gobernar cómodamente y abrir un proceso soberanista en Cataluña

Artur Mas no consiguió los resultados esperados en las elecciones autonómicas del pasado domingo, pero fue el ganador de los comicios. Le costará gobernar sin demasiados problemas, porque no tendrá mayoría absoluta en el Parlamento, y no le será fácil organizar un referéndum de autodeterminación, porque la Constitución española no lo autoriza, pero hará todo lo posible por alcanzar este reto, porque el bloque soberanista será dominante en la nueva legislatura catalana. Mas contempla varias opciones de pacto y los independentistas sin tapujos de ERC se dejan querer por CiU, aunque no consideren imprescindible entrar a formar parte del nuevo Gobierno. Ponen simplemente como condición para pactar con los nacionalistas de CiU que Mas respete la agenda soberanista y retroceda en la política de austeridad y recortes de prestaciones y servicios públicos. El diputado de ERC en el Congreso Alfred Bosch aseguró que su partido no entrará en el Gobierno de CiU, “no haremos una colación” con Mas, pero “lo que podemos hacer es sentarnos a hablar con CiU, podemos hacerlo en las próximas horas y días y preguntarles qué vías proponen. Podemos darles apoyo parlamentario de acuerdo con el programa que presenten”. El líder de ERC, Oriol Junqueras, se mostró más prudente y conciliador con Mas a la hora de valorar la situación poselectoral. El presidente en funciones sabe que necesitará llegar a pactos, aunque su deseo hubiera sido gobernar con mayoría absoluta y convertir a CiU en la vanguardia del proceso catalán hacia la independencia de Cataluña. Pero las urnas hablaron de forma distinta, y aunque dieron un amplio respaldo a las tesis soberanistas, frenaron los ímpetus rupturistas con España de CiU. Mas y su correligionario Josep Antoni Duran i Lleida, líder de UDC -el socio democristiano más pequeño dentro de CiU-,  reconocieron que el mandato de las urnas fue que “no podemos gobernar solos”. De momento, los dirigentes de CiU no dan por seguro el pacto con ERC y también barajan un acuerdo con los socialistas del PSC, que quedaron muy debilitado en los comicios del pasado domingo. Algunos dirigentes de la federación nacionalista no ocultan su malestar por tener que llegar a pactos con ERC, que cuestiona abiertamente la política económica convergente, que se parece a la del PP en el conjunto de España, o  con el PSC, que es un partido socialdemócrata hostil a la estrategia de austeridad presupuestaria llevada a cabo por Mas en la legislatura saliente. Pero los hechos son tozudos, y si CiU quiere gobernar cómodamente tendrá que llegar a acuerdos. Con el PP, los pactos, aunque no son imposibles, son bastante improbables, porque este partido se sitúa a años luz de los nacionalistas catalanes en materia de sistema autonómico y naturaleza del Estado español.

Ejercicio de responsabilidad

Oriol Junqueras se mostró conciliador con CiU, pero dejó claro que para el histórico partido republicano el acuerdo catalán tendría que ser muy amplio, porque “no lo queremos hacer sólo con CiU”, sino que “querríamos que se ampliara a otras fuerzas políticas, incluidas otras fuerzas sindicales”. Pero de todos modos,  Junqueras advirtió  que “no tenemos prisa, ni urgencia, ni intención manifiesta de entrar en el Gobierno, porque “podemos hacer el mismo trabajo desde la oposición”. Mientras, la vicepresidenta en funciones y dirigente de UDC Joana Ortega dejó la puerta abierta a la opción socialista. “Puede haber acuerdos puntuales o permanentes con los socialistas”, porque  “lo más importante” es superar   la crisis económica y conservar el Estado del bienestar, señaló Ortega. En el seno de CDC, Oriol Pujol, que es el hijo del ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y un importante dirigente nacionalista, consideró que la federación está “en manos de ERC” y descartó cualquier tipo de acuerdo con el PP. Mas puso orden en el gallinero nacionalista y avisó que teniendo en cuenta que la opción soberanista tiene una “mayoría clara” en la Cámara, porque “son 87 diputados si contamos a ICV”, la hoja de ruta hacia la consulta de autodeterminación no se abandonará. “Estamos dispuestos a pactar”, pero no hay que olvidar que “hay un programa electoral ganador”, recordó Mas.

Socialistas y populares dicen no

Jaume Collboni, portavoz del PSC, descartó un pacto con CiU, porque su partido quiere “construir una alternativa en Cataluña” a la derecha nacionalista, lo que es “incompatible con formar parte de ningún Gobierno”, y Alicia Sánchez-Camacho, en nombre del PP, no mostró ningún entusiasmo con Mas, porque después de las elecciones tiene un panorama “muy complicado” y lo tiene “mucho más difícil que antes” para lograr pactos de gobierno o legislatura. Desde la capital del reino de España – Madrid-, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no ocultó su alegría por el fracaso de la intentona soberanista de Mas en las urnas y lamentó su falta de “responsabilidad y prudencia”. La secretaria general de los populares, María Dolores de Cospedal,   calificó de “fiasco” la estragia de CiU.

Un país tan vivo como desgarrado (*)

Antoni Puigverd

Catalunya es una sociedad muy viva, discutidora y deliberativa (lo que no impide que en su interior, como en América, exista un núcleo de ciudadanos ausentes, más que absentistas). Desde que Pujol se jubiló y desde que el PSC estropeó el gran paraguas del proteccionismo social, esta sociedad en constante discusión sobre qué es, cómo debe ser y adónde quiere ir, no ha creado ni un nuevo liderazgo ni una gran estructura capaz de articular a sus fragmentos sociales y culturales. Mas se ofreció como líder al viejo estilo. Ha fracasado. La sociedad catalana es demasiado compleja para un discurso unívoco.
La crisis ha golpeado a CiU. No se contaba con ello, porque la ola catalanista eclipsaba el malestar social. Un malestar que ha pasado por encima de la personalidad (liberal, además de nacionalista) de quien pedía las manos libres para llevar el país a un puerto nuevo. Catalunya acaba de decir que no tiene gran confianza en Artur Mas. El líder de CiU sale de esta prueba con la espada casi tocándole el corazón. El rumbo de Catalunya ya no depende de él, sino del aliado que elija (o que pueda elegir). El malestar social ha pesado mucho en estas elecciones (como sucede en toda Europa). Y la caída lenta del PSC, así como el techo de ICV, dejan este malestar en manos de sectores nuevos. Una radical fraternidad, la CUP, llama a la puerta de la política catalana. Idealista y filantrópica, que entronca con el primer anarquismo.

La manifestación del Onze de Setembre ya dejó claro que el catalanismo camina solo, tiene prisa y no se anda con chiquitas. ERC ha salido con gran vigor del pozo del tripartito. Ha recuperado la llave perdida. Pero la vía hacia la independencia que exigirá Esquerra (partido contrario a la austeridad impuesta por el directorio europeo) sitúa a CiU ante un rompecabezas. O bien opta por abrazarse a los republicanos dejándose ir por un tobogán que no controla; o bien busca una difícil alianza con el PSC, partido que, a pesar de haber obtenido un triste resultado, está en condiciones de hacer más política que nunca (si sus dirigentes saben jugar bien las cartas). El ascenso fenomenal de Ciutadans, sumado al buen resultado del PP, demuestra que teníamos razón los que definíamos el PSC histórico como un airbag.  Ahora el cojín es tan delgado que el choque de trenes en el interior de Catalunya entre españoles y catalanes empieza a ser verosímil. Es más posible hoy que ayer y menos que mañana. En un extremo están Ciutadans y PP; en el otro Esquerra y la CUP. En su lógica, estos dos polos tienden a un antagonismo fratricida. ¿Tendrán energía CiU y PSC, las fuerzas centrales, ahora agotadas y heridas, para reconstruir el espacio de la mutualidad y la convivencia?

(*) Este artículo de opinión fue publicado previamente en la edición del 26 de noviembre del diario catalán La Vanguardia.