¿Una Cataluña independiente?

Por Paco Soto

La España democrática debe de darse cuenta que tiene un problema con Cataluña. En la foto, miles de catalanes se manifiestan en favor de la independencia en Barcelona

Artur Mas, el presidente en funciones de la Generalitat de Cataluña y líder de la federación nacionalista Convergència i Unió (CiU), no consiguió los resultados que esperaba en las elecciones autonómicas del pasado domingo 25 de noviembre. Mas estaba convencido de que las urnas le iban a dar la mayoría absoluta, lo que debía abrirle el camino para convocar un referéndum de autodeterminación. Los electores se pronunciaron de forma distinta a lo que había soñado Mas. El líder nacionalista tendrá que adaptarse a la nueva dinámica política, que le ha dado menos poder legislativo que lo que esperaba, pero fortalece opciones independentistas como la que defiende ERC. Los socialistas del PSC retroceden aún más en votos, escaños e influencia política y social y el PP se mantiene con un buen resultado, pero netamente insuficiente para ser una fuerza decisiva en la nueva legislatura. Esa mezcla un poco extraña de  ecosocialistas, poscomunistas más o menos reciclados e izquierdistas con nuevos ropajes que representa ICV alcanza también un resultado honorable. Un grupo radical e independentista, las CUP, entra en el Parlamento sin haberse dado cuenta que el Muro de Berlín cayó en 1989 y el modelo cubano o venezolano no es atractivo para un viejo país capitalista desarrollado como Cataluña; y los antinacionalistas viscerales de Ciutadans (C´s) triplican sus escaños (de 3 a 9) y se convierten en una fuerza minoritaria pero respetable. Mas no ganó la guerra, pero tampoco perdió todas las batallas, y es una auténtica estupidez propia de ignorantes que desconocen lo que es Cataluña pensar que en los comicios del domingo pasado perdió el independentismo catalán y ganó España. Esta es la idea que defendió en un titular un diario madrileño conservador. Tomar nuestros deseos por realidades es legítimo y, en principio, no hace daño a nadie, pero decir tonterías, que por desgracia es un deporte bastante practicado por periodistas y políticos, es la mejor manera de condenarnos a perder el tiempo y no darnos cuenta de lo que está pasando a nuestro alrededor.

¿Qué es lo que quiero decir con esto? Pues sencillamente que nos guste o no, aunque Mas se quedó lejos de sus delirios independentistas, el soberanismo en Cataluña no salió derrotado en las urnas. Ocurrió todo lo contrario: salió fortalecido.  El bloque soberanista representa casi dos tercios de la Cámara catalana. ¿Es eso una derrota? Por favor, seamos serios. Mas puede fracasar en el intento de ser el nuevo mesías nacionalista que conducirá a los catalanes hacia el paraíso de la soberanía política y económica, pero ni está loco ni es tonto. Quizá sea imprudente e irresponsable, pero no es estúpido y sabe perfectamente que aunque él fracase, el soberanismo habrá calado hondo en la población catalana. Hace unos años, los independentistas representaban entre el 20  y el  25% de la población. Ahora, según muchos sondeos, superan el 50%. No todos son independentistas convencidos y radicales; hay muchos que han optado por esa opción política, porque creen que de esa forma Cataluña superará antes la grave crisis que ha hundido a España en la recesión, el desempleo y la asfixia financiera. Que se equivoquen o no esa es otra cuestión. Que muchos de esos independentistas de circunstancia sean insolidarios y xenófobos o se dejen manipular por demagogos de poca monta no significa que España no tenga un problema con Cataluña. Y si lo tiene España también lo tiene la Unión Europea (UE). Mariano Rajoy puede hacerse el sueco si le da la gana, aunque no me parece un comportamiento responsable por parte del presidente de la quinta economía de la Europa comunitaria. Bruselas también puede mirar a otro lado, pero no creo que sea lo más oportuno.

El nacionalismo, y no sólo el catalán sino también el español,  tiene muchas obsesiones, vive del rencor y del resentimiento, se nutre de mitos y medias verdades, pretende construir un país sin tener en cuenta su pluralidad, variedad y complejidad. Podríamos estar horas disertando sobre las miserias del nacionalismo catalán en particular y de los nacionalismos en general. Pero este no es el objetivo. Quiero simplemente poner de manifiesto que la política del avestruz no es una buena estrategia para encarar el denominado problema catalán, que tiene más de un siglo de existencia. A día de hoy, por diversos motivos que no voy a analizar aquí, en Cataluña, que es una de las comunidades más avanzadas y dinámicas de la España democrática, una parte importante de la población sueña con vivir en un país independiente e integrado dentro de la UE. Ese deseo se expresa políticamente en diversas formaciones, como CiU, ERC y otras más pequeñas. Ni el deseo ni la expresión política de las aspiraciones soberanistas van a desaparecer por arte de birlibirloque. Ya sería hora de que la España democrática y moderna se diera cuenta y asumiera esa realidad. La Constitución y las leyes impiden la autodeterminación y la separación de una parte del territorio español. Las leyes hay que cumplirlas, por supuesto, y si no nos gustan hay que cambiarlas. Pero, ¿son suficientes la leyes para que desaparezca el ardor independentista de millones de catalanes? No lo creo. Por lo tanto, pienso que España sólo tiene tres alternativas: hacer caso omiso de lo que ocurre en Cataluña, lo que sería un tremendo error porque empeoraría la situación; conceder la independencia a ese territorio, lo que está completamente fuera de lugar; o llegar a un nuevo proceso de negociación que desemboque en un pacto político satisfactorio para ambas partes. Los conflictos políticos y sociales, y si el de Cataluña no lo es pues  que me digan algunos lo que es,  se solucionan por la vía de la inteligencia y la palabra  y no por el tortuoso camino de la cerrazón. Ya veremos si España y Cataluña son capaces de escoger la primera vía.