Erasmus o la decadencia de Europa

Guillermo Gayà

La crisis que atraviesa el proyecto Erasmus, que permitió a tres millones de universitarios estudiar en diversos países europeos, demuestra la decadencia y empobrecimiento del Viejo Continente

Al contrario de lo que se suele pensar, nunca ha sido fácil para los jóvenes europeos estudiar con una beca Erasmus. Yo mismo pasé bastante hambre cuando me “becaron” para estudiar en una universidad de Irlanda del Norte. Aquellas 50.000 pesetas, que llegaron demasiado tarde, alcanzaron para pagarme el viaje y poco más. Pero entonces yo era joven e ingenuo. Pensaba que el proyecto de una Europa unida iba más allá del mero intercambio económico. Eso fue a principios de los años noventa, cuando el tratado de Maastricht prometía convertirnos en los Estados Unidos de Europa, la confederación más próspera y socialmente más avanzada del planeta. Yo pensaba que todo aquello valía la pena.

Veinte años después, cuando el Erasmus se ha convertido en el mayor programa de intercambio universitario del planeta –3 millones de estudiantes y 4.000 universidades participantes- mi entusiasmo europeísta ha sufrido una doble derrota. La primera fue la política, evidenciada por el estrepitoso fracaso de la Constitución Europea. La otra es la económica, con una pérdida de competitividad y dinamismo que empezó mucho antes de la crisis y que impide que el viejo continente pueda volver a despegar. El euro mismo, piedra angular de la unión económica, está amenazado seriamente.

En definitiva, los europeos nos damos cuenta de que dentro de otros 20 años nuestro espacio será irrelevante en el mundo. La Unión Europea, tomada en su conjunto, todavía es la primera del planeta en PIB, por delante de Estados Unidos y China. Pero todas las proyecciones apuntan a que hacia 2035 los países emergentes, con China a la cabeza, superarán a los actuales “países desarrollados” en peso económico. Y en ese nuevo mundo, cuyo eje estará más al sur y más al este, Europa será un pintoresco rincón poblado de ruinas y de ancianos sin jubilación.

En este contexto, no me extraña que los mediocres políticos europeos apliquen la tijera al programa Erasmus, cuya viabilidad está en peligro a partir de 2013 por los recortes presupuestarios. Esto quiere decir que miles de estudiantes becados dejarían de recibir los 111 euros mensuales procedentes de Bruselas. En España, los ayudas estatales y regionales que complementaban la magra beca ya han sido reducidas drásticamente o directamente eliminadas. ¿Para qué invertir en el fomento del intercambio de estudiantes y el aprendizaje de lenguas? ¿Qué sentido tiene mantener uno de los pocos programas sociales reconocibles por los europeos? Si Europa sólo es un espacio económico decadente y envejecido, abandonemos el empeño de crear una ciudadanía compartida y dejemos el gobierno de Europa en manos de élites tecnócratas que se niegan a congelar sus generosos sueldos o a dejar de viajar en clase business a Bruselas.

Al fin y al cabo, cientos de miles de europeos que están huyendo de la recesión y el paro se dirigen hacia otros continentes: Asia, Oriente Próximo, América, incluso África. Muchos son ex becarios Erasmus que parten con un cierto bagaje de lenguas y experiencia internacional. Eso les favorecerá en su adaptación a otras latitudes. Me preocupan más las generaciones que no podrán disfrutar de ese programa que una vez nos hizo soñar que Europa iba en serio.