Hungría condena el censo de judíos propuesto por la extrema derecha

Piotr Kowalski-Varsovia

Los grupos violentos de la extrema derecha, como el de la foto, siembran el terror entre muchos colectivos humanos en Hungría, como los gitanos y los judíos

El Gobierno húngaro del conservador Viktor Orban condenó la propuesta de un diputado de extrema derecha -del partido Jobbik-  que pidió la creación de un censo de residentes “de origen judío” que, según él, suponen una amenaza para la seguridad del país. “El Gobierno húngaro condena en los términos más severos los comentarios de Jobbik, de Marton Gyongyosi, en el parlamento” dijo en un comunicado el Ejecutivo conservador. “El Gobierno se opone a cualquier forma o a la expresión de cualquier tipo de extremismo, racismo o antisemitismo y hace todo lo que está en su poder para combatirlo”, destacó la nota. El pasado  lunes, el diputado Gyongyosi justificó la creación de esa “lista” tras el conflicto de ocho días que estalló  entre Israel y Hamas en la Franja de Gaza. Para el diputado ultra, “ahora sería el momento para vigilar a la gente que viven aquí y en particular a los que están en el Parlamento y en el Gobierno húngaros para ver cuantos de ellos son de origen judío y representan un riesgo real para la seguridad nacional de Hungría”. En Hungría, los comportamientos racistas, sobre todo hacia los gitanos, y antisemitas contra los judíos son bastante frecuentes. Suelen proceder de la extrema derecha, pero también de sectores de la población que odian a los judíos, los gitanos y los extranjeros pobres y expresan este estado de ánimo en partidos de fútbol, en fiestas y en actividades públicas. El Movimiento por una Hungría Mejor (Jobbik) de Gabor Vona, que es un partido  racista y antisemita que sigue al pie de la letra las enseñanzas de los  nazis y fascistas húngaros, es la tercera fuerza política en el Parlamento y tiene un apoyo electoral que, según los últimos sondeos, se acerca al 22%. Jobbik ha envenenado la vida política y social húngara hasta el punto de que la derecha democrática que encarna el primer ministro, Viktor Orban, se ha deslizado por una pendiente peligrosamente autoritaria y xenófoba. Orban, que es un pragmático y un oportunista que a lo largo de su trayectoria política ha girado a la derecha o al centro, según sus conveniencias electorales, intenta con su estrategia derechista arañar votos a Jobbik y mantener su mayoría absoluta en el Parlamento. Mientras, los ultras filo-nazifascistas siguen con sus campañas antigitanas y antijudías plasmadas de agresiones físicas, provocaciones e insultos a personas e instituciones que no piensan como ellos, y buscan aliados ideológicos en el extranjero, en la extrema derecha y en corrientes políticas del islamismo radical, sobre todo en Irán. Los húngaros de origen judío son pocos en Hungría, pero los gitanos constituyen un colectivo de varios centenares de miles de personas  duramente castigado por la miseria, la marginación y el racismo y que suele estar en el punto de mira de ultras violentos que pertenecen al ilegalizado grupo paramilitar Magyar Garda (Guardia Húngara).

Deriva autoritaria

En los últimos años, el sentimiento nacionalista excluyente y xenófobo ha ganado terreno en la población húngara. En este contexto, Orban, que, según dice el periodista franco-húngaro Laurent Berthel, “es un político centrista pero que sabe girar a la derecha e incluso la extrema derecha cuando le interesa”, asegura que quiere reparar la “injusticia” que significó la firma del Tratado de Trianon, en 1920,  que arrancó al imperio austro-húngaro  dos tercios de su territorio, y conceder la nacionalidad húngara a ciudadanos de este origen que viven en países y socios comunitarios como Eslovaquia y Rumanía. Orban ha provocado un profundo malestar en Eslovaquia, donde viven 500.000 personas de origen magiar (10% de la población). Bratislava, que cuenta con el apoyo del presidente de Chequia, Václav Klaus, ha hecho saber a la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) que la iniciativa de Orban “amenaza la seguridad” de Eslovaquia. Las tensiones entre Bratislava y Budapest son frecuentes y han estado a punto de provocar un conflicto diplomático. El primer ministro húngaro, que en el ámbito económico, de momento, ha aparcado sus veleidades neoliberales y defiende posturas favorables al fortalecimiento del Estado, no piensa tirar la toalla, y asegura que su objetivo es “modernizar” Hungría. Por su parte, la oposición de socialistas y liberales asegura que Orban quiere construir un régimen de naturaleza autoritaria, y, según el politólogo Anton Pelinka, está dispuesto a “aliarse con la extrema derecha”.