La ONU abre las puertas a Palestina como Estado observador

Ahmed Chabi-Rabat

La ONU ha abierto las puertas a Palestina. En la foto, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abass

La Asamblea General de la ONU  admitió este jueves a Palestina como “estado observador”, lo que indirectamente supone el reconocimiento de los palestinos como nación por parte de la organización más importante y representativa del mundo. En contra de la opinión de Estados Unidos e Israel, el representante de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, consiguió el respaldo de 138 votos, 41 abstenciones y nueve votos en contra. Seis décadas después del inicio del conflicto, los palestinos pueden por fin ver una luz al final del túnel, mientras que Washington y Tel Aviv han sufrido un duro revés político. “La ocupación debe terminar. No necesitamos más guerras para comprender la importancia de la paz”, manifestó el presidente palestino, Mahmud Abbas, ante la Asamblea General. El mandatario proclamó, tras recibir una larga salva de aplausos: “Palestina se presenta en la ONU porque cree que estamos en un momento decisivo, ante la última oportunidad para llegar a la solución de los dos Estados”. Consideró Abbas que “ha llegado la hora de que el mundo diga basta a la ocupación” que mantiene Israel sobre territorios palestinos desde 1967. La votación no significa que Palestina sea admitida en la ONU como un Estado de pleno derecho, una decisión que tiene que adoptar el Consejo de Seguridad del organismo internacional. Tampoco tendrá consecuencias inmediatas desde el punto de vista político y social en los territorios palestinos, pero al menos da a ese pueblo un respiro y una nueva legitimidad en su lucha contra la ocupación israelí. La decisión de la ONU también es una llamada de atención a la comunidad internacional para que se tome más en serio la resolución de un conflicto que condiciona negativamente la estabilidad de Oriente Próximo. A partir de ahora, Israel tendrá más dificultades para justificar la ocupación de territorios palestinos y Estados Unidos, que es el principal soporte de Tel Aviv, se va a encontrar en una situación política incómoda y tendrá que demostrar con hechos y no con palabras que está a favor de una negociación de paz entre las dos partes enfrentadas. Por parte palestina e israelí, los sectores más moderados y dialogantes de ambos países tendrán también que hacer grandes esfuerzos por neutralizar a los radicales e impedir que éstos boicoteen un nuevo proceso de diálogo para la paz. Es por eso que antes de la votación, Hillary Clinton hizo “un llamamiento urgente a las dos partes para que eviten acciones que, de alguna manera, pudieran dificultar la reanudación de negociaciones”.

Preocupación de Washington

Estados Unidos está preocupado y quiere  evitar a toda costa  que los palestinos acudan, como a partir de ahora podrán hacer, a organismos internacionales como la Corte Penal Internacional (CPO) o el Tribunal Penal Internacional de Justicia de La Haya contra Israel, lo que haría más difícil el diálogo. Habrá que ver si Israel no toma represalias contra los palestinos en forma de sanciones económicas  y si no presiona a la Casa Blanca para que el Congreso estadounidense congele las ayudas a los palestinos. Si nada de esto ocurre, la voz de Palestina podrá oírse en todas partes, y la idea de que la única solución al conflicto pasa por la existencia de dos Estados soberanos y pacíficos  se consolidará. Hay dos  elementos que juegan en contra de este objetivo: las próximas  elecciones en Israel, que casi con toda seguridad darán el poder a los sectores más duros y antipalestinos de la derecha, y el ascenso de Hamas en Gaza después de la última crisis entre sus milicias armadas e Israel.  De momento, Israel piensa  que el reconocimiento obtenido por Palestina en la ONU supone una violación de los acuerdos de paz  alcanzados en Oslo en 1993, y para los más radicales dentro de este país, esto significa la ruptura de todo tipo de compromiso. La reciente negativa del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, de reconocer las fronteras de 1967 complica aún más el panorma y es un mal síntoma para un futuro de paz entre palestinos e israelíes.