CUADERNO DE GUINEA BISSAU (1)

Raúl Manuel Braga Pires

Bissau es una ciudad sorprendente y llena de contrastes, donde la modernidad y la tradición coexisten razonablemente

La llegada a Bissau recuerda los tiempos de Mozambique, uno recibe una bofetada de aire caliente y húmedo justo a la salida del avión. En el camino efectuado por la pista de aterrizaje de alquitrán  caliente y humeante,  gruesas gotas de agua espaciadas recuerdan que  amenaza  una tormenta tropical y que ya hemos llegado a un país del África negra y profunda. Bissau apareció inicialmente ante mí en su avenida principal, que conecta el aeropuerto con el centro de la ciudad, que  no es muy diferente de otras capitales africanas por donde he  pasado, aunque tal vez  sea diferente. Este recorrido de cerca de 8 kilómetros, curiosamente, comienza en el aeropuerto, pasa por el Palacio de Gobierno, la Asamblea Nacional Popular, o Parlamento, y llega a las puertas del Partido-Estado PAIGC, que está justo al lado de un primer Palacio de Gobierno que está  siendo restaurado  de los males de la guerra civil. El urbanismo siempre nos lo dice todo sobre los lugares. Esta misma ruta, también tendrá algunas otras referencias que nos van llamando la atención. La casa palaciega  de un portugués que tiene una autoescuela, el Hotel Libia de Gaddafi que está cerrado, y si estuviera abierto sería una buena campaña publicitaria, pues podría ganar el estatuto de atracción turística fetiche. “Duerna en la cama del Coronel” o “Duerma en la cama con el coronel”, a  propósito de la suite de Muammar Gaddafi, donde podríamos reproducir  un montón de sus extravagancias en la decoración, la comida y los artículos de belleza en el cuarto de baño.

Lavarse el cabello con un champú digno de un dictador, tiene su precio, no puede ser para todos. Como detalle final de marketing,  quien alquilara esa  habitación, tendría derecho a una masajista ucraniana o búlgara. Luego viene el mercado Bandim, lleno de negritud,  de sudor, de olores, de gente semi-desnuda que vende ropa, un montón de zapatos, un montón de tierra batida, polvo excesivo, un puente peatonal  en forma de arco iris que une los dos lados de la carretera… Allí, en el siguiente cruce, hay una rotonda que nunca antes había visto. Esta pintada en el suelo, y por eso nadie tiene que darle la vuelta.  Sin embargo, es interesante ver el respeto de todos por esta pintada en el asfalto, tras la salida caótica del mercado. Enfrente se ve el Centro Cultural de Brasil, detrás de un alto y largo muro. Yo no entré pero tenía muchas ganas  de hacerlo. Especialmente para recibir la bendición de buenas energías de  Vera Cruz.  El ambiente era pesado en esos días de intento de golpe de Estado en Bissau, de persecución e incertidumbre en cuanto  al siguiente minuto y al destino de los portugueses en esa eterna relación  de  amor-odio entre colonizador y colonizado.

Al vaciarse la Plaza de los Héroes de la Independencia, era como si hubiera llegado a Times Square en Nueva York! Es todo lo que yo ya conocía desde hace muchos años, incluyendo el “café de las antenas”, que pasó a tener un nombre muy portugués, que no recuerdo, pero que muy bien podría ser “El Silva”. El Monumento al “Esfuerzo de la Raza”, un nombre de connotación salazarista, fue reciclado como el mismo nombre de la plaza. El Palacio de Gobierno, todavía salpicado de balas de la Guerra Civil del 7 de junio de 1998 y actualmente en restauración. La sede emblemática del PAIGC, para bien y para mal, que durante unos días todavía tenía un gran cartel del ex primer ministro en la puerta. Pero el calor político y militar de estos días disminuyó, entre  entradas forzadas, reuniones interrumpidas, gente maltratada y golpeada que tenía que abandonar la entrada. Durante aquellos días de octubre se temió un regreso a las armas, ese temor podría hacerse realidad en cualquier momento. Pero hasta que eso ocurra, nos dirigimos a la vieja Bissau,  decadente y decrépita, que parece haber salido de un libro de García Márquez.

(Continuará)