El ‘déjà vu’ de la Plaza Tahrir

Mohamed El Morabet

Nuestro colaborador en Madrid, Mohamed El Morabet, señala en este artículo que “los egipcios okupas de Tahrir temen que la democracia que tanto pelearon y reclamaron en 2011, vaya camino de convertirse en una teocracia islámica al estilo iraní”. En la foto, un grupo de opositores al presidente Mohamed Mursi rezan en la Plaza Tahrir de El Cairo

La puja  por el control del poder, que lidera el mandatario egipcio Mohamed Morsi, tiene su imagen viva en la Plaza Tahrir (Liberación, en árabe). La plaza de la Liberación ha sido testigo de numerosas protestas y manifestaciones a lo largo de los años, incluyendo las protestas de 1977, las de marzo del 2003, contra la Guerra de Irak y las últimas revueltas que dieron como resultado el derrocamiento de Mubarak. Una plaza termómetro de la tensión política que vive el país y toda la región. El último déjà vu de la Plaza Tahrir del Cairo nace como un pulso ciudadano de la oposición laica de Egipto contra un Morsi que ha desatado una crisis política profunda cuando tomó la decisión de otorgarse unas amplias prerrogativas no sujetas al poder constitucional. Una medida discrecional donde el rais pretende situarse por encima de la ley, o peor, ser la ley misma. Una actitud que alertó a los sectores más laicos de Egipto, por el temor de volver a tener un nuevo faraón barbudo. Los egipcios okupas de Tahrir temen que la democracia que tanto pelearon y reclamaron en 2011, vaya camino de convertirse en una teocracia islámica al estilo iraní. Una matria musulmana inspirada por la sharia como fundamento básico de su lógica. La historia está llena de precedentes de grupos y partidos políticos que usan como vía la democracia representativa y las instituciones para alcanzar el poder y luego instaurar un sistema dictatorial. Es peligroso cuando se usan los valores democráticos como instrumento legitimador para violarlos acto seguido.

La aptitud mediadora que demostró el presidente Morsi en el conflicto de Gaza no está siendo usada en su propio país y con sus conciudadanos. El desafiante discurso donde invitaba al diálogo caía por su propio peso. El uso del palo y la zanahoria como herramienta política sólo tiene como consecuencia más movilización, más protesta y, cómo no, más repulsa. No cabe duda de que Mohamed Morsi no pretende ser el presidente de todos los egipcios, así lo demuestra la exposición de fuerza en la calle ejercida por los Hermanos (y Hermanas, supongo) Musulmanes como defensa  incondicional de las decisiones de su líder, la semana pasada, con la que también se pretende demostrar la legitimidad con que se cuenta en la calle, añadida a la victoria democrática en las urnas hace 5 meses. Morsi  consiguió el 12% de los votos en la primera vuelta y el 52% en la segunda.  Este pulso que convierte a la Plaza Tahrir en un ring sólo refleja un desacuerdo radical entre el contenido y la forma de asentar una política en Egipto post Mubarak. El islamismo político de los Hermanos Musulmanes tiene prioridades y no es la democracia: es el islam. Esta prioridad supone gobernar para un sólo sector de la población. El sentido de estado que debe caracterizar la actuación del mandatario brilla por su ausencia, tanto a nivel comunicativo, tal como lo ha demostrado, sobradamente, su ficticio diálogo, como a nivel político, por su incapacidad de llevar las riendas de los retales del antiguo régimen autocrático.

Los derechos fundamentales y la separación de poderes no forman parte del Egipto imaginario de Morsi ni de los Hermanos Musulmanes, que tienen como objetivo marcar distancia con el “Islam liberal” que encarna la Turquía demócrata de Erdogan, donde el laicismo goza de buena salud y los propios islamistas del Partido Justicia y Desarrollo son fieles defensores de este modelo.  En este escenario, no hay que olvidar la anémica oposición laica egipcia, que está sumida en una seria crisis de identidad. La fragmentación que sufre hace que sea una alternativa deslegitimada, más aún, cuando todavía huele al pasado. El mundo entero observa atento lo que está acaeciendo en La Plaza Tahrir. Las respuesta que de ahí nazcan marcarán un antes y un después de la Primavera Árabe. La Plaza Tahrir es un examen a la propia primavera de la dignidad, es examen para el islamismo político que tiene su oportunidad de oro para afianzarse como una opción democrática ante Occidente. La responsabilidad del Presidente Mohamed Morsi es para con su ciudadanía, a quien le debe explicar su proyecto político para Egipto, y no para quienes le votaron.  Por eso, es muy necesario hacer valer sus dotes de diálogo. Emerger como el faraón barbudo puede hundir al país en una inestabilidad política durante años. Los lenguajes diferentes que hablan los islamistas y los laicos convergieron para derrocar a  Hosni Mubarak y ahora lo tienen que hacer para sacar adelante la transición democrática de Egipto. Morsi, envenenado por las ansias de poder, ha desestimado su único cartucho para convertirse en líder regional bajo la batuta del islamismo político, ahora es un cadáver político y un faraón barbudo a la espera de su momificación.