Centenario del Protectorado español: entre el Debe y el Haber

José Luis Navazo   

José Luis Navazo analiza la naturaleza del Protectorado español en Marruecos y cuestiona, apoyándose en datos, ciertos tópicos. En la foto, una vista de Tetuán, la capital del Protectorado español en Marruecos

Sin pena ni gloria y con discreción oficial por ambas partes, triste y anodino, está discurriendo el Centenario del Protectorado español en Marruecos (1912-1956). Como si de una peculiar Caja de Pandora se tratase nadie ha osado desde las altas instancias del Estado, ni en Madrid o Rabat, aprovechar el Aniversario para abordar, con madurez y serenidad sacando las lecciones oportunas, un importante capítulo de la rica historia compartida, que no común, entre ambos países vecinos (la geografía no se puede cambiar) que están como bien adelantó Carlos III (aunque la frase suele atribuirse a Hassan II) “destinados a entenderse”, axioma que debería presidir el espíritu de las complejas o “difíciles” como las define mi querido amigo el ex diplomático Larbi Messari, relaciones bilaterales entre ambos países, a veces incluso turbias y más espesas que una “bisara” pero en cualquier caso siempre intensas, como recordó en un cálido discurso en su histórica visita en junio de 1979 al Reino de Marruecos, Juan Carlos I: “Pocos países hay en el mundo cuyas interacciones recíprocas hayan sido tan hondas y prolongadas”.

No es fácil abordar en unas líneas el valor y el sentido que ha tenido para cada uno de los dos países este periodo aunque, aun así y huyendo de lugares comunes, debemos intentarlo. Matizar de entrada y dentro del derecho internacional al uso que el Protectorado, como su nombre indica y aun a despecho de prácticas sin duda coloniales (más en la parte francesa que española), no puede calificarse de “colonialismo” en sí pues, a diferencia de éste, bajo la figura del Protectorado se reconocen y apoyan a las autoridades legítimas del país, el Sultanato en primer término, en cuyo nombre las autoridades europeas ejercen su autoridad. El Protectorado tiene además fecha de caducidad, es decir más tarde o temprano el territorio “protegido” debe restituirse a sus legales y legítimas autoridades, en este caso el Sultán alauí. A día de hoy aun quedan cara a la historiografía varios capítulos pendientes, el primero de ellos relativo al arranque oficioso de esta figura jurídica, remontable a la Conferencia de Algeciras de 1906. ¿Negociación o imposición…? Sin duda Francia, que como potencia estaba en su esplendor esperaba obtener pingües beneficios mientras que España, potencia en retirada desde 1898, de algún modo y animada por el Reino Unido se vio impelida a mantener su influencia en el norte marroquí. En cuanto a Marruecos, en abril de este año la revista casablanquesa de análisis político Whijat Nadar (Punto de Vista) se preguntaba en portada si, tras la firma del rey alauí Mulay Abdel Hafid, “¿Vendió la monarquía a Marruecos al firmar con los europeos el Protectorado en 1912?”. Por otra parte y en su número 24 del pasado octubre, la solvente revista de historia Zemane recoge un interesante trabajo del profesor Adnan Sebti dedicado a “Les Regulares marocains”, presentados en la práctica como mercenarios que “habían combatido contra sus hermanos rifeños bajo una bandera que no era la suya y han permitido al franquismo triunfar en la Guerra Civil”. ¿Es esto correcto?

Nos encontramos con dos cuestiones: primero que los Regulares así como el resto de tropas españolas combatían, en nombre del Sultán, a las tribus disidentes (Bled Siba) y que, en segundo lugar, Abdelkrim El Jatabi había proclamado una secesionista República del Rif (las mezquitas llegaron a pronunciar la oración del viernes en su nombre) entre febrero de 1922 y 1926, por no hablar de la honda e indisimulada satisfacción del sultán Mulay Yussef (el futuro Mohamed V) tras la derrota de Abdelkrim y el fin de su breve Estado rifeño, pruebas gráficas hay de ello. Y en cuanto a la participación de las aguerridas unidades de Regulares en la Guerra Civil española, el profesor Sebti obvia que además de éstos, existían las Fuerzas Jalifianas: creadas en 1913 (Mehal-la Jalifiana) contaban en 1936 con 5 unidades, aportando cada una de ellas dos Tábores al Ejército Nacional lo que implica directamente al Estado marroquí en la fratricida contienda española. También es expresiva la última Orden General dada por el teniente general Galera Paniagua el 31 de agosto de 1961 tras la retirada de los últimos efectivos de Marruecos: “El Ejército Español cuidó de sentar los fundamentos del Ejército Marroquí y en éste creó las Mehal-las que, cuando se declaró la Independencia de Marruecos en 1956, fueron la base del nuevo Ejército Real”. El espinoso asunto de los gases tóxicos, que tanta polémica han generado desde que fueran “recuperados” ya en el año 2000 por el político Ilias El Omari y posteriormente por el Centro de la Memoria Común y el Porvenir del profesor Abdeslam Boutayeb, merecen un capítulo aparte.

Pero, ¿qué ha supuesto el Protectorado en ambos países?. Para España un desastre de vidas humanas (sobre 30.000 muertos) y una continua pérdida de capital, además de atizar la desestabilización política interna: desde encender, en pleno desastre del Barranco del Lobo a los pies del Gurugú (Melilla, 27 julio), los ánimos de las tropas que se negaron a embarcar en Barcelona desencadenándose la Semana Trágica (26 de julio a 2 de agosto de 1909), a la proclamación del Directorio del general Primo de Rivera (13 de septiembre de 1923 a 28 de enero de 1930) para arrumbar el Expediente del general Picasso tras el Desastre de Annual (verano de 1921) y las eventuales y plausibles responsabilidades de la Corona, acabando finalmente con el envío de las tropas profesionales del Ejército de África (Legión y Regulares) para sofocar la primera parte de la Guerra Civil (“Incivil” que diría Unamuno),  revolución “roja” de octubre de 1934 en Asturias y, más tarde, utilizarlas como fuerzas de choque en la segunda fase guerracivilista, el levantamiento “blanco” del 18 de julio de 1936…….. En cuanto a Marruecos, el Protectorado supuso tres clarísimas y trascendentales consecuencias: primero, unificar más o menos un país que se le había ya escapado al Sultán; segundo, poner los primeros rudimentos del paso de un modo de producción feudal a otro moderno; y en tercer lugar, reforzar y reponer al Sultán en su trono.

Lástima que España, quien en su momento había apoyado al Sultán legítimo Mohamed V en contra de Ben Arafa, Sultán títere manejado por Francia entre 1953 y 1955 y que en el mismo Tetuán, a través de la política del Alto Comisariado, hizo la vista gorda acogiendo durante años a los nacionalistas marroquíes, no supiera aprovechar la ocasión para despejar definitivamente contenciosos territoriales pendientes y, en los últimos años, mantuviera incluso una política errática. Por lo demás conocido es que si en 1956, Franco permite a Abdelkrim (exiliado en El Cairo) desembarcar en Alhucemas y Francia deja antes las manos libres al Glaoui, Pachá de Marrakech, la Dinastía Alauí  bien hubiera podido quedarse con poco más que Rabat y las imperiales ciudades de Fez y Mequinéz además de Uxda, es decir el Corredor de Taza. En síntesis y para el prestigioso hispanista e historiador Ibn Azzuz Hakim, “España prohibió toda clase de discriminación racial, religiosa o política por lo que no hubo en la Zona de Protectorado, como lo hubo en la francesa, carteles que prohibían el acceso de los moros y los perros a determinados lugares públicos, tales como cines, teatros, casinos, restaurantes, cafés, hoteles y pensiones. En resumen, el Protectorado español no trató de españolizar, sino de modernizar la vida marroquí en todas sus manifestaciones, pero sin atentar a los usos, costumbres y tradiciones del país”.