Reconstruir la izquierda

Abelardo Martínez

Nuestro colaborador en España Abelardo Martínez plantea la necesidad de que el PSOE se refunde desde bases socialdemócratas, centradas y moderadas

No hace más que unos días, durante las celebraciones de la histórica victoria del PSOE en las elecciones generales de 1982, pudimos oír un comentario de Felipe González en el que criticaba que su partido “había perdido vocación de mayoría”. Pérez Rubalcaba le contestó con algo que él denominó “radicalismo reformista”, sea esto lo que sea. Hace un par de semanas, un grupo de militantes socialistas publicaba un vídeo en el que se pedía perdón por las políticas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. No por la ceguera para reconocer la crisis, ni por la tardanza en la adopción de medidas contra ella sino, precisamente, por haberlas tomado, aunque fuera tarde y fueran equivocadas. Carme Chacón se apresuró a adherirse a este manifiesto que era contra el Gobierno del que ella formó parte. Vamos, un poco como si un médico se negase a diagnosticar una enfermedad y cuando lo hiciera, tarde y mal, se viera obligado a imponer un tratamiento mucho más duro y cruel del que hubiera sido preciso desde el principio y luego, arrepentido, pidiera perdón por haberlo prescrito. Toda una contradicción. El PSOE va a la deriva desde su derrota en noviembre del pasado año: en las elecciones gallegas de octubre, a pesar del año de gobierno de un PP que ha roto sistemáticamente sus promesas electorales y que ha aplicado una despiadada política de recortes sociales, los socialistas perdían 230.000 electores y siete escaños en el Parlamento gallego mientras que los populares, aún con 135.000 votos menos, ganaban tres asientos y se aseguraban la mayoría absoluta.

Las elecciones vascas fueron otro descalabro y se perdió la primera lehendakaritza no nacionalista de la historia. Y en las catalanas, el PSC celebró como una victoria perder siete escaños, en lugar de los nueve o diez pronosticados. Por si fuera poco, en la encuesta del CIS sobre intención de voto de primeros de noviembre, el PP perdía “sólo” siete puntos, mientras que el PSOE ganaba un mísero 0’7 %. A estas alturas, ni el desgaste del PP está siendo el previsto, a pesar de la contestación en la calle, ni el PSOE está sabiendo aprovechar ese descontento porque aparece como precursor, si no cómplice, de la política que nos está trayendo hasta aquí. En Ferraz tienen motivos para estar preocupados ¿Qué le ocurre al PSOE? Quizás buena parte de la respuesta podría encontrarse en otros datos de las elecciones que los candidatos socialistas llevan perdiendo desde hace un año, y es que los partidos situados a su izquierda han aumentado significativamente sus resultados a costa del PSOE. De alguna manera, diríamos que la izquierda española se está radicalizando o, más probablemente, el voto más extremista está volviendo por sus fueros y abandona el voto útil que Rodríguez Zapatero había aglutinado en torno a sí. IU ha pasado de dos diputados en el Congreso, a catorce, el BNG y los izquierdistas-nacionalistas, si no extremos sí extremados, de Xosé Manuel Beiras obtuvieron casi el 25 % de los votos gallegos.

Desprovistos de esta fuente de votantes, los socialistas se han venido abajo y no han sabido por dónde abrirse camino de nuevo. Los ruegos de perdón (cuesta creer que sean tan espontáneos e inocentes como pretenden aparentar) van dirigidos precisamente a este ala más radical del electorado socialista, pero nadie, de ninguna manera, parece preocuparse de ese 7 % de electores populares que ha abandonado la lealtad al Gobierno de Rajoy y que no parecen dispuestos a volver a confiar en los líderes socialistas. Y ocurre, precisamente, que el grueso de los votantes españoles no está a la izquierda del PSOE, sino al contrario, a su derecha, es decir, hacia el centro político. Parece un contrasentido que todos los esfuerzos socialistas vayan a reconquistar una cantera de votos que, hoy por hoy, no es la compañía más recomendable. Esta izquierda más radical que nunca, agitada por la ceguera política de recortes sociales del PP, coquetea con los antisistema, los defiende y justifica, los apoya y hace verdaderos esfuerzos por identificarse con ellos… ¿De verdad es ésta la mayoría sociológica de los españoles? ¿A esta “vocación de mayoría” se refería Felipe González? ¿Realmente lo que preocupa más hoy en día es la ley de muerte digna o la denuncia del concordato con la Iglesia, como dicen los voluntariosos militantes socialistas del vídeo, y conste que no me estoy pronunciando, a priori, sobre ninguna de las dos? Sinceramente, da la impresión de que el PSOE ha perdido el contacto con la realidad social española tras siete años de zapaterismo, de flirteos con partidos anticonstitucionales como ERC y BNG, y de tripartitos para dejar al margen a la que, guste o no, es la otra fuerza dominante en la política española. Y no estamos en un momento en el que España se pueda permitir dejar de contar con el PSOE para el mantenimiento del Estado que los españoles decidimos crear en diciembre de 1978. Es necesario para todos que el PSOE vuelva a articular a esa masa de votantes de centro izquierda.

Por un lado, es indiscutible que España necesita reformas. Instituciones, partidos, sindicatos, Constitución,  servicios públicos… todo puede (o tiene que…) ser objeto de mejora, pero si queremos que estas reformas perduren en el tiempo es imprescindible que las fuerzas políticas mayoritarias, sean cuales sean (y hoy son el PP y el PSOE) se pongan de acuerdo en las bases que han de hacerlo posible, y apoyarse en el electorado más radical no es la manera de buscar ese consenso. Estas ayudas marginales le están alienando al PSOE su mayor fuente de votantes que es la clase media progresista, pero no antisistema ni anticonstitucional, y están excluyendo a una valiosísima porción de la ciudadanía que no se identifica ni con los recortes del PP, ni con el despilfarro y los peligrosos compañeros de cama del zapaterismo. El PSOE está entregando irresponsablemente la oposición a unos grupos muy minoritarios pero virulentos que, con un batiburrillo de viejos lemas comunistas y unas cuantas frases ingeniosas rescatadas de Mayo del 68, se han confeccionado una especie de programa político a medida, ilusorio, ñoño e intelectualmente endeble que se nos pretende imponer con iniciativas como la de asaltar el Congreso, destituir por la fuerza a un Gobierno legítimamente elegido, aunque no nos guste, y comenzar un “nuevo proceso constituyente”. Eso, más o menos, es lo que quería Tejero en febrero de 1981, y no hay más que consultar en cualquier canal de Internet para confirmar cuáles son las intenciones de los grupos más conspicuos de la izquierda en la calle: el paraíso socialista, esta vez sí. Por otro lado, todo esto permite al Gobierno reducir la contestación a sus políticas a un mero problema de orden público, sin tener que justificar nada más que por qué saca a los antidisturbios a la calle, porque todo lo demás quedaría ensombrecido por eso. Y ningún Gobierno debería poder justificar sus políticas en las porras de la policía, eso tiene que hacerlo en sede parlamentaria y de acuerdo a las normas del juego que todos los españoles nos hemos dado y que todos los españoles tenemos que respetar mientras sean mayoritariamente apoyadas. Ningún Gobierno debería tenerlo tan fácil.

Es difícil saber si Alfredo Pérez Rubalcaba está más de acuerdo con los antisistema de Izquierda Unida, con los postzapateristas imprevisibles como Carme Chacón, o con puntos de vista más moderados como los de Felipe González. Lo cierto es que parece oscilar entre un punto de vista y otro, según cree que va a conseguir más ventaja política, y es, precisamente, esa inestabilidad la que quita credibilidad a su partido. El PSOE necesita definirse si quiere volver a ser alternativa de Gobierno, si quiere ofrecer un futuro esperanzador a España y si quiere convencer a nuestros aliados, en Europa y fuera de ella, de que la “marca España” no es garantía de irresponsabilidad y desastre.

La reconstrucción de una alternativa socialdemócrata seria a la mayoría absoluta del PP pasa, inevitablemente, por un liderazgo moderado, sereno y a largo plazo, por algo, en definitiva, que hoy por hoy parece muy lejos de los planes del PSOE. Es difícil saber si Alfredo Pérez Rubalcaba no quiere o no puede acometer una política tal, que le llevaría, incluso, a hacerse alguna foto con Rajoy, al menos en los grandes temas de Estado. El Partido Socialista es un partido grande y antiguo, lleno de grupos de interés y corrientes, de personalidades de todos los pelajes (algunas valiosas y emprendedoras, pero otras verdaderos zoquetes sin más aptitud que la del compadreo partidista y el arribismo institucional) y nadie sabe cómo tiene que navegar el jefe de la oposición entre estas corrientes y estos arrecifes. Sería una pena que mucho talento del que aún se esconde en los recovecos del partido se desperdiciara esquivando zancadillas. Ni el PSOE ni España pueden permitírselo.