Las miserias de la democracia

Por Paco Soto

Tras la masacre llevada a cabo por Adam Lanza en una escuela primaria de Newton (Connecticut), el presidente Barack Obama (en la foto) ha prometido un control sobre la venta de armas. El inquilino de la Casa Blanca no lo va a tener fácil, porque lobbies como la Asociación Nacional del Rifle (NRA) se lo van a impedir

Varios días después de la masacre llevada a cabo por Adam Lanza en una escuela primaria de Newton (Connecticut), en la que murieron 27 personas, la conmoción sigue presente en Estado Unidos. Desgraciadamente, en este viejo país democrático donde hay Estados que prohíben autores como Charles Darwin y ciudadanos que piensan que el mundo fue creado hace unos pocos miles de años, estas matanzas suelen ser bastante frecuentes. La locura no tiene límites geográficos ni color de piel; tampoco habla una sola lengua. Está en todas partes, nos vigila de cerca, agazapada, y cuando menos lo esperamos, nos arrebata la vida, nos hace sufrir…Estados Unidos se ha convertido en un valle de lágrimas. La tragedia ha conmocionado a la sociedad estadounidense. El presidente Barack Obama y sus colegas demócratas, que cuentan con la ayuda de algunas asociaciones civiles, aseguran que quieren acabar con la locura de las armas en su país. No plantean prohibir la venta de armas de fuego a ciudadanos de a pie, pero sí regularla, poner fin a los excesos. ¿Lo van a conseguir? Ojalá. Pero tengo serias dudas. En primer lugar, porque la permisividad  en la utilización de las armas está amparada por la segunda enmienda de la Constitución. Para millones de estadounidenses, tener un arma en casa es como para un español, un francés, un italiano, un marroquí o un senegalés poseer un aparato de televisión o una nevera. Estados Unidos es un país con más de 300 millones de armas circulando libremente. Esta patética realidad es un excelente negocio para los fabricantes y vendedores de armas, pero también se ha convertido en un polvorín. Y esto último no es culpa de los gobernantes. Mejor dicho: los gobernantes tienen su parte de responsabilidad, pero no tienen toda la culpa. Ni siquiera los ciudadanos son enteramente responsables de lo que ocurre en su país.

Los que fomentan sin el menor escrúpulo el negocio de la muerte, porque no venden escopetas para cazar, sino armas para matar, son los principales responsables, y se mueven como pez en el agua porque saben que la ley y gran parte de la sociedad les ampara. Según encuestas del Instituto Gallup, el 69% de la población confiesa haber disparado alguna vez y un 47% reconoce que tiene al menos un arma en su casa. La poderosa  Asociación Nacional del Rifle (NRA), que tiene importantes conexiones con el Partido Republicano, es un lobby que extiende sus tentáculos por todo el país, es un temible grupo de presión. Hasta la Casa Blanca le tiene miedo. Este lobby de las armas es una muestra, y no la única, de las miserias de la vieja democracia estadounidense. Una vieja democracia en nombre de la cual los poderosos han oprimido durante décadas a los negros y otras minorías, han matado a políticos que se atrevieron a cuestionar ciertas líneas rojas, han invadido países y han dado su apoyo a dictadores asesinos. La NRA es la cara siniestra de que algo no va bien en la democracia más poderosa del mundo occidental. Si Obama intenta en esta segunda legislatura limitar el poder de los vendedores de muerte y dolor, éstos y sus amigos políticos se le van a echar encima. Que no le quepa a nadie la menor duda. Obama es un político honesto y sincero. Y cuando llora en público, llora de verdad. Pero no deja de ser un político profesional y está sujeto a muchas ataduras y compromisos. Me temo que después de los emotivos discursos del presidente, con el paso de los días, la masacre de Newton se olvide. ¿Hasta que una nueva matanza vuelva a conmocionar a la opinión pública? Creo que para atajar el grave problema de la venta libre de armas en Estados Unidos no basta con proteger mejor los centros escolares e incrementar el control de las armas de fuego. Ambas medidas mejorarían notablemente la seguridad de esta vieja democracia fundada en 1791, pero no serían suficientes. La verdadera solución, probablemente, sería acabar con el poder omnímodo de los lobbies que comercian con la muerte y se  imponen a las instituciones democráticas. ¿Lo conseguirá Obama?