Cuaderno de Mozambique (1)

Raúl Manuel Braga Pires

Mozambique es un país africano de lengua portuguesa lleno de misterios y muy atractivo que atrapa al visitante. En la foto, una panorámica de Maputo, la capital del país

Mozambique, como cualquier otro territorio africano lusófono, hace parte del imaginario colectivo de los portugueses, por lo menos para mi generación y la anterior. Crecimos viendo historias  de guerra colonial y de vida, por parte de todos aquellos que regresaban después de la colonización y se se ganaron a pulso el nombre peyorativo de “retornados”. La llegada de estas 700.000 personas a Portugal, provocó otra revolución. Las mujeres usaban pantalones, frecuentaban los cafés, ya conocían la Coca Cola, fumaban, sonreían, tenían caras alegres, y tenían un aroma tropical que las convertía en mujeres optimistas. Era una novedad para el portugués que frecuentaba la taberna. Era como tener un clavo metido en el dedo meñique para esas mujeres de pañuelo en la cabeza y bigote. Cuando les conté a mis amigos que quería celebrar mis 34 años en Maputo (la capital de Mozambique), un entendido en la materia me dijo después: “Uy, vas a beber agua de coco. Nunca más vas a querer otra cosa”. Más tarde me di cuenta que tenía razón y que el agua nada tenía que ver con el coco, era como la savia de la mujer. Esa es otra imagen que puebla nuestra imaginación. En nuestras reservas mentales siempre hay una mulata secreta y con curvas, que se nos aproxima con sus piernas de felino, sus pechos en forma de plátano y una sonrisa de marfil. Cuando esa mulata llega, nos cuenta muchas cosas y nos lo enseña todo, de Rovuman a Maputo, y nos lo deja hacer todo, de Zumbo al Índico.

En ese  primer viaje a Mozambique viajé 1.700 kilómetros por carretera, de Maputo a Nampula. Viajé en coche, lo que me permitió  hacer, entre muchas otras cosas, una primera conclusión sobre el urbanismo de las ciudades y entender el concepto de “Nuevo Mundo”. El colonizador tiene, de facto, conciencia de los errores cometidos por el “Viejo Continente” y la preocupación de no repetirlos aquí, proyectando así una serie de comportamientos paralelos y perpendiculares. Por cierto, quiero señalar algunos hitos importantes. Un paso imperceptible por el Trópico de Capricornio, en Inhambane, en medio de un bosque de cocoteros. Aquí faltan dos señales de tráfico, una con direcciones y otra de cemento con una línea pintada imaginaria, para que podamos poner un pie en cada lado y podamos hacer una foto, como cualquier turista cuando pasa por Greenwich. También tengo uno de estas fotos en mi álbum.

Otro momento importante fue el paso por el río Zambeze con un  ferry.  En realidad, la aventura no es el viaje, sino esperar en la orilla sur al primer barco de la mañana, que incluye también la noche.  Hay que encender  velas y generadores ruidosos, las chozas sirven de  restaurantes, de pequeños dormitorios, de burdeles, de casas de cambio y lo que  usted quiera imaginar. Todo en medio de los mosquitos y disfrutando del aire caliente que nos abrasa y nos empuja hacia el pecado. Por eso  es importante desinfectar las  copas antes de beber Coca-Cola.

Al amanecer es como si nadie hubiera dormido, pero rodeado de gente. Podemos ir al río a lavar los platos de la noche anterior y buscar el agua para el baño, mientras  barcos pequeños que parecen canoas transportan mujeres gordas. Esas mujeres llevan  suéteres de manga corta  y gorros de lana como si estuvieran en la montaña,  lo que también nos hace relativizar el asunto del reloj biológico que hay en cada uno de nosotros. Éramos los primeros de la fila para coger la barcaza. Detrás de nosotros, por supuesto, podíamos ver otros coches, un camión cargado de bidones de plástico amarillo oscuro, lo que le daba un color diferente en el medio de la verde vegetación, y había  niebla a las 5 de la mañana. Íbamos tan apretados como en una lata sardinas,  y vimos a un chico que montaba en una bicicleta con un pato vivo, colgado boca abajo del manillar, como el cuerno de un dibujo animado.Todos a bordo en esa improvisada barcaza de madera… La siguiente parada, Mocuba.

(Continuará…)