Valentía política ante la Memoria Común

Mohamed El Morabet

Nuestro colaborador en Madrid Mohamed El Morabet se imagina a Mariano Rajoy (en la foto, junto a su homólogo marroquí, Abdelilah Benkirane) diciendo un día en Marruecos: “Cincuenta y seis años después de la independencia, somos capaces de mirar el pasado con lucidez y abrir una nueva página”.

El presidente francés, François Hollande, marcó el rumbo en materia de memoria común en el Magreb, en su visita la pasada semana a Argelia. “Reconozco el sufrimiento que la colonización francesa infligió al pueblo argelino”. Con estas palabras, el presidente francés vuelve a ser noticia por su manera diferente de entender la política. Un estilo nuevo desde la socialdemocracia tan cuestionada, internacionalmente, tras el estallido de la crisis económica en 2008. “La palabra clave que debe definir la relación entre nuestros dos países es dignidad”. El plano horizontal de esta frase es la esencia del solemne discurso que pronunció el pasado miércoles, 19 de diciembre, en su conferencia de prensa. Hollande estrena formato, sin precedentes, en materia de memoria histórica representada por el colonialismo de los siglos XIX y XX. El Reino Unido tiene pendiente la misma asignatura, por los bombardeos con armas químicas que ordenó Winston Churchill contra los kurdos, en el norte de Irak, en 1919-1920. Italia hizo un gesto tímido, sesenta años tarde, concretamente en 1996, para zanjar el fatídico episodio de Benito Mussolini en Etiopía. Y ¡cómo no!, el caso que concierne  a España y Marruecos, precisamente lo relativo al Rif, es una brecha abierta.

El colonialismo de Francia en Argelia y el protectorado español en Marruecos (1912-1956) son dos hechos diferenciados y no susceptibles de ningún paralelismo histórico. Imaginen conmigo que en la próxima cumbre bilateral hispano-marroquí de enero de 2013, el presidente Mariano Rajoy, en la tribuna de la Cámara de Representantes marroquí, ante la máxima representación de la soberanía del pueblo de Marruecos. anunciara: “Respetamos la memoria, todas las memorias. Tenemos el deber de decir la verdad sobre la violencia, las injusticias, las matanzas y la tortura”; y que prosiguiera: “La paz de la memoria a la que aspiro reside en el conocimiento y la divulgación de la Historia, la verdad no duele, repara y la Historia, incluso cuando es trágica y dolorosa, debe ser contada”. Y después: “Cincuenta y seis años después de la independencia, somos capaces de mirar el pasado con lucidez y abrir una nueva página”. Después de una emotiva ovación finalizaría su discurso afirmando: “Decir la verdad sobre el pasado y, sobre todo, expresar una voluntad para el futuro”. Esta escena imaginaria, que fue la realidad del discurso de Hollande, puede suponer el fin de una etapa, la de esquivar las torpezas de la época colonial, y lo que es peor, la de justificar tales errores, la etapa de los acuerdos tácitos y sigilosos.

Sería el inicio de una nueva era de relaciones hispano-marroquíes, más sólidas de lo que están en la actualidad. Supondría la era de la firmeza, de la relación entre iguales, sin superioridades, relaciones de hermandad de pueblos. Esta ensoñación puede convertirse en realidad tan solo con un pequeño ingrediente: Voluntad política. No es de recibo ni conveniente que las futuras relaciones hispano-marroquíes estén cargadas con las pesadas herencias del pasado y que nuestras generaciones, tanto en España como en Marruecos, sigan asumiendo todo lo que supone la hipoteca de la memoria común.  La cuestión de si España debe pedir perdón, o no, a los marroquíes, no me parece relevante si no está acompañada de una nueva forma de ver las relaciones hispano-marroquíes. La cuestión de fondo es si España aspira a una relación basada en la igualdad con Marruecos. En este punto, la respuesta debería ser que sí, y para ello, hay que emplear un nuevo discurso atrevido, sincero, no cristalizado, cercano a la sociedad, entendible, creíble,  lleno de voluntad y afrontado con valentía política.

La sociedad civil marroquí es muy consciente de la necesidad de este debate, de hecho, lleva más de un lustro tratando con esta agenda desde múltiples foros, entre ellos, el Centro de la Memoria Común para la Democracia y la Paz que llegó a organizar dos seminarios, donde se reunieron académicos y periodistas expertos, de ambos países. También organizó un Festival de la Memoria Común en Nador, que sirvió como plataforma para exponer todos los trabajos cinematográficos que abordaban la cuestión. Desde siempre han existido divergencias entre los  expertos, pero por primera vez en la historia se exponen sin tapujos y con afán de acercar posiciones. Este hecho es insólito, puesto que se refleja el pensar general de la sociedad española y marroquí. Trasladarlo a las esferas de la política de estado es un paso que se debería de dar para sintonizar mejor con la sociedad civil. En este sentido, señalo el acuerdo hispano-marroquí para la memoria histórica común que se firmó en julio de 2012, consistente en un protocolo de cooperación relativo al intercambio de archivos y documentación del siglo XX marroquí y a la participación española en la historia moderna de Marruecos.

Hollande pasará a formar parte de los anales de la historia contemporánea, por su actitud y discurso, pero sobre todo, por su acción de nuevo cuño que tiene como máxima la osadía política. Sin memoria histórica común no es posible elaborar un alegato sólido en favor de la igualdad con perspectiva hacia el futuro, y mucho menos, construir, sobre  una base firme, una deseable convivencia duradera entre Marruecos y España. “El reconocimiento es más importante que las excusas”, frase dicha por Hollande y que resume, en buena medida, su visión. Pasar del “condenados a entenderse”, tantas veces pronunciado por la diplomacia española y marroquí, a “entenderse”, solo tiene una vía: asumir con valentía política nuestra historia, nuestra vivencia, en definitiva, nuestra memoria común. Eso sí, sin excusas.

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