Cuaderno de Mozambique (2)

Raúl Manuel Braga Pires

La ciudad de Mocuba (en la foto), en Mozambique, es un caos colorido donde todo se puede vender y comprar

En Mocuba pasé tres días  en casa de un habitante local que se dedicaba a comprar la mayor cantidad de anacardos que consiguiese y a colocarlos dentro de sacos, para venderlos después a una fábrica de la Índia, que procesaría el producto para venderlo de nuevo, aunque con sabores diferentes. Este breve momento en que hice de empresario queda inmortalizado en algunas fotos. En ellas se ve a un personaje que con su sombrero y su bigote y su perilla tiene un parecido a Don Quijote, o parece un colonizador del siglo XIX. Intenté conocer en profundidad la diferencia entre el anacardo y su envoltorio y saber que se puede hacer con ese fruto. Durante estos tres días también fui a Bajone y a Pebane, en la costa. Atravesé el mayor bosque de cocoteros del mundio. Es algo cierto. Conocí aldeas pobladas por indios, como en las películas. Todo estaba muy limpio y muy organizado, y ahora entiendo porqué muchos quieren quedarse en África y lo justifican. África tiene un aire que nos atrapa.

Al regresar a Mocuba, vi una caja abierta en la parte trasera del pick-up. Oí aullidos y gritos de saludo a los nativos, vi  perros callejeros corriendo  al lado del coche, ladrando “Paaaaatrãoooo ahah…” Me di cuenta que no es preciso tener mucho para ser feliz. Basta con tener unos mangos de ‘milange’. Hablando de mangos, la primera noche dormí en la casa de un ‘mohé’, que es como llaman de forma despectiva los portugueses a los indios. Parecía una casa de los tiempos de Mouzinho de Albuquerque. Fuimos interrumpidos por un enorme estruendo, seguido de un grito de desesperanza, como si estuvieran degollando a un carnero allí mismo a mi lado. ¡Pegué un salto desde el colchón donde dormía y me puse de rodillas en posición de ataque.! El que entrara por esa puerta encontraría a un enano dispuesto a atacar los testículos del invasor  con un cuchillo para pelar manzanas.

Al día siguiente, la compra de anacardos fue interrumpida por el mismo tipo de estruendo. Nos dimos cuenta que eran unos mangos que caían de los tejados de zinc de las casas y nos pusimos a reír. Y sentí un golpe que atravesó mi cuerpo mientras yo entraba mi estómago y sacaba el pecho hacia fuera, de rodillas, e iba creciendo hacia la puerta que dormía profundamente. Cuando llegué a Nampula vi piedras verticales que salían de la tierra y medían más de 100 metros de altura. Parecen piezas de un lego para las personas que las ven desde un avión. Esas piedras crecen en pares  y tienen formas sensuales a los ojos del viajero descompensado fisiológicamente. Como me dijo un vasco en plena alucinación lúcida, mientras la arena seca serpenteaba  por encima de la arena mojada, “en África se encuentran las fuerzas de la naturaleza”. Yo supe lo que era el deseo en ese momento.

En Maputo, más tarde, Rachel me dijo que conocía también la historia de medio barrio de Manga, en Beira, mientras redactaba un ejercicio escolar con motivo del Día de los Enamorados. “Ayer regalé a mi novia un bonito grabado que recorté de una revista, una bola de plástico  de un puzzle colorido”, me dijo. ¿Dónde encaja esa novia? ¿Será la pieza que faltaba? O será que la pieza es apenas una disculpa, una forma, o un paquete de sentimiento, que como una nube siempre está en suspenso. ¡‘Me gustaría poder ofrecer una nube a mi amor y escribir en el paquete  ‘Nube de Mozambique’! Y también me gustaría poder ofrecer por escrito mis voluntades, y escribir en el paquete ‘Voluntades de poder’ y de poder de facto.

África es como un paquete transparente, de esos paquetes  que nos procuran más  dioptrías y nos hacen relativizar las cosas. El Índico  nos adormece el cuerpo y nos da sosiego,  nos da el  pecho  y nos lleva con él. Queremos  quedarnos y  cuando no podemos, siempre regresamos  de nuevo y volvemos  a descubrir la secreta mulata de las curvas, que se nos acerca con sus piernas de felino, sus pechos en forma de plátano y una sonrisa de marfil que nos da la bienvenida de Rovuman a Maputo y de Zumbo al Índico.