Cuando las empuña el diablo

Guillermo Gayà

Las armas “las empuña el diablo”, escribe nuestro colaborador en Palma de Mallorca, Guillermo Gayà, quien critica duramente la política llevada a cabo sobre esta cuestión en Estados Unidos

Me encontraba por casualidad en el campus de la Universidad de les Illes Balears, el pasado 4 de octubre, cuando saltó la noticia. La policía había detenido a un veinteañero que planeaba una masacre en la universidad sembrando el campus de bombas. Algunos profesores interrumpieron las clases. Los estudiantes salieron al campus, inquietos, nerviosos y muy sorprendidos por saberse objetivo de un atentado indiscriminado de grandes dimensiones. “Pensábamos que esas cosas solo pasan en Estados Unidos”, me dijo Aina, estudiante de Geografía. Veinticuatro horas antes, una operación policial bien ejecutada impidió que Juan Manuel Morales emulase a sus admirados Eric y Dylan, que asesinaron a 12 estudiantes y un profesor en la escuela secundaria de Columbine (EE.UU.) en 1999. Juan Manuel, de 21 años, es un muchacho inteligente, solitario y resentido por sus fracasos académicos, contaron quienes le conocieron. La policía española empezó a seguir su pista a raíz de sus comentarios elogiosos sobre los autores de la matanza de Columbine en un foro frecuentado por miembros de la extrema derecha. En su diario personal, manifestaba un odio visceral a la sociedad y en especial a los universitarios. Tras cinco meses de investigación, las fuerzas de seguridad irrumpieron en su casa cuando estaba recibiendo 140 kilos de sustancias explosivas que había comprado por Internet.

Nunca sabremos qué hubiese sido capaz de hacer Juan Manuel Morales. Pero sí sabemos que intentó comprar armas de fuego ilegalmente, sin éxito. Al no conseguirlo, trató de hacerse con un permiso de armas. Tampoco pudo hacerlo, puesto que no cumplía los estrictos requisitos de la legislación española para poseer armas de fuego, una de las más restrictivas del mundo. En un país de 47 millones, se calcula que hay 4,5 millones de armas en manos de civiles. Sólo un 0,3% de la población tiene derecho a poseer armas cortas; el ministerio del Interior fiscaliza la venta y la concesión de permisos. Adam Lanza lo tuvo mucho más fácil para llevar a cabo su plan. Las armas las guardaba en casa su madre Nancy, que las había adquirido para defensa personal, algo habitual en Estados Unidos, donde la única restricción a la compra de armas de fuego es carecer de antecedentes penales. Adam, de 20 años, padecía el síndrome de Asperger, una variante del autismo, y era aficionado a los videojuegos bélicos. Iba con cierta frecuencia a practicar el tiro con su madre. El pasado 14 de diciembre, volvió el arma contra ella y, tras asesinarla, se dirigió a la escuela infantil Sandy Hook, de Newtown, armado con un fusil semiautomático y dos pistolas. Asesinó a 20 niños y 6 profesores, y luego se suicidó. Hasta el momento, es la peor masacre en una escuela infantil estadounidense.

En Estados Unidos, el derecho a la posesión de armas está protegido por la segunda enmienda de la Constitución.  Se estima que hay unos 270 millones de armas en circulación en un país de 300 millones de habitante. El 89% de los norteamericanos tiene un arma de fuego. Tras la matanza de Newtown, el mensaje lanzado por el presidente Obama en el sentido de un mayor control de determinado tipo de armas ha provocado que las ventas de éstas se multipliquen, debido al temor a una restricción a la libre venta.  A las voces que se alzan a favor de un desarme civil, la poderosa National Rifle Association ha replicado que la mejor manera de luchar contra los malos que van armados es armar a los buenos. En Estados Unidos, la tasa de homicidio por armas de fuego es de 3,2 por 100.000 habitantes. En España es de 0,2, en la media europea. La conclusión de mi argumentación, a la que el lector ya habrá llegado, es sencilla: individuos peligrosos los hay en todas partes, pero sólo en Estados Unidos lo tienen muy fácil para ir armados.