Una Europa que bosteza

Paco Soto

Europa atraviesa una grave crisis económica, política, institucional, social y moral, pero si se lo propone tiene capacidad de sobra para regenerarse y no caer en la más absoluta decadencia

Acaba el año 2012. Han sido 12 meses muy intensos en todo el mundo. Guerras, conflictos políticos y sociales, catástrofes naturales y crisis económicas sacuden el planeta. Ahora bien, no es cierto que la humanidad no haya progresado nada en estos últimos siglos. Tampoco es cierto que vivamos ahora peor que hace 50 o 100 años. A trancas y barrancas, el mundo ha mejorado. Algunos grandes países de lo que hasta hace pocos años llamábamos despectivamente el Tercer Mundo, son hoy Estados emergentes y económica y políticamente muy poderosos. China es el acreedor de Estados Unidos. Brasil habla de tú a tú con los países más potentes del plantea. India produce tecnología puntera. México es una potencia cultural. África del Sur es un gigante económico. El mundo árabe se despierta poco a poco de un largo letargo, y ni reyes corruptos, ni presidentes-dictadores, ni militares cobardes y con las manos manchadas de sangre de sus pueblos podrán detener el proceso hacia la emancipación social y política. América Latina es mucho más que un puñado de generales golpistas, oligarcas egoístas y vendepatrias  y nuevos caudillos revolucionarios pasados de rosca, y un pequeño país serio y responsable como Chile podría convertirse  en una nación plenamente desarrollada   en los próximos años. Los países de la antigua Europa comunista, con Polonia a la cabeza, han dado un salto cualitativo en lo político y económico en la última década y los más dinámicos se están convirtiendo en naciones prósperas y son democracias homologables a las de Europa occidental. Mientras, la Vieja Europa, aquellos países capitalistas que después de la Segunda Guerra Mundial consiguieron con muchas dificultades construir una unidad económica que nunca se transformó plenamente en unión política, viven en estos momentos una grave crisis. Es una crisis económica y financiera, pero también política, social, institucional y moral. La Vieja Europa vive un proceso lento pero imparable de decadencia. Es una región económicamente atascada, políticamente debilitada y que ya no seduce al mundo como ocurría en el pasado.

Si no surge una nueva clase política mejor dotada intelectualmente y más preparada y valiente políticamente que sea capaz de enfrentarse a los problemas y de llevar a cabo las reformas que  la Vieja Europa necesita, esta parte del planeta será dentro de un par de décadas como mucho una zona marginal política y económicamente. Durante demasiado tiempo los europeos, liderados por países como Francia y el Reino Unido, pensaron erróneamente que eran el centro del mundo. Estaban convencidos de que nada ni nadie los podría derrotar, porque tenían que cumplir una misión histórica civilizadora.  Hasta la Segunda Guerra Mundial nadie, ni siquiera Estados Unidos, porque todavía no se había transformado en una superpotencia, hizo sombra a la Vieja Europa. Los países que como España se incorporaron más tarde al proceso de construcción económica y política europeo vivieron una etapa de esplendor, pero la crisis ha puesto al descubierto sus miserias y debilidades. Mucho antes de esta crisis los imperios europeos se habían ido disolviendo: España, Alemania, Italia, Inglaterra, Francia, Portugal…  La Unión Europea (UE) sigue siendo la principal potencia comercial del mundo, y Europa, con la excepción de algunos países muy pobres situados detrás de lo que fue  en otro tiempo el Telón de Acero comunista, es la región del mundo con mayor bienestar económico y social y estabilidad democrática. Pero si esta Europa que bosteza y está asustada por la crisis no se pone las pilas y reacciona inteligentemente frente al mundo emergente, podría perder incluso esas ventajas que logró a fuerza de tanto trabajo y esfuerzo. Bueno, y como también hay que decirlo todo, gracias a la explotación de los países del Tercer Mundo.

La situación de la Vieja Europa es muy delicada. Corre el riesgo de caer en manos de nuevos populistas y demagogos de ultraderecha o ultraizquierda y de revivir viejas tentaciones proteccionistas. O bien de querer regresar a un pasado supuestamente idílico. Esta vía sería terrible, porque la historia reciente de la humanidad demuestra que replegarse sobre sí mismo, a largo plazo, no genera mayor riqueza y  bienestar ni tampoco mucha democracia. El mundo ha cambiado y ya no es unipolar o bipolar. Es un mundo mucho más complejo y diverso, y Europa tiene que aceptarlo, dejar de soñar en grandezas imperiales que, generalmente, huelen  a sangre, y prepararse para el futuro. Europa tiene medios suficientes para llevar a cabo las nuevas batallas pacíficas que librará el mundo en el terreno de la economía, la política, la cultura o la ciencia en las próximas décadas. Pero a Europa le falta gallardía política, espíritu de sacrificio y de trabajo, así como autocrítica. Le sobra prepotencia y le falta humildad. La sociedad europea está adormecida y sus reacciones viscerales frente a la crisis suelen carecer la mayoría de veces de pesrpectivas racionales a corto y medio plazo. Son reacciones lógicas de quien ha vivido estupendamente bien durante las últimas décadas y ahora ve cómo pierde una pequeña parte de ese bienestar material, porque los gobiernos, acosados por los problemas presupuestarios y la falta de actividad económica, tienen que recortar gastos y cuadrar las cuentas públicas. Europa tiene en su pasivo cosas terribles: guerras de religión, conflictos bélicos de todo tipo, descubrimientos de continentes a cañonazo limpio, colonialismo y esclavitud, dos guerras mundiales en el siglo XX, ideologías criminales como el nazismo, el comunismo y el fascismo… Pero también puede sentirse orgullosa la Vieja Europa  desde los tiempos de la Grecia Clásica por haber sido capaz de aportar a la humanidad grandes logros en el terreno de la política, el pensamiento, las artes y  las ciencias, y por haber sido también el principal foco de bienestar económico y social en el mundo. La Europa de los humanistas y de los enciclopedistas, la Europa de los liberales y socialistas del siglo XIX que quisieron mejorar la vida de los trabajadores, la del siglo XX que luchó por construir sociedades democráticas, esa Europa no está muerta, aunque sí muy enferma. Esa Europa no puede agachar la cabeza y dejarse atemorizar por la cisis económica y las nuevas potencias que aspiran a dominar este mundo nuestro.

La canciller alemana, Angela Merkel, con motivo del mensaje de año nuevo,  aseguró este domingo pasado que la crisis de la eurozona aún “está lejos de llegar a su fin”, si bien celebró que las reformas promulgadas por los gobiernos nacionales “comienzan a tener un impacto”. Merkel agregó: “No obstante, hemos de tener más paciencia. La crisis está lejos de llegar a su fin”. En la misma línea, advirtió  “que hay mucha gente que, naturalmente, está preocupada por el nuevo año y el contexto económico, de hecho, no será más fácil, sino bastante más complejo. Pero eso no debe abatirnos, sino animarnos”. Las perspectivas para un país como España no son precisamente buenas, y el año 2013 no se anuncia positivamente para otras grandes economías como la francesa y la italiana. Pero a pesar de los negros nubarrones que se avecinan, desde Correo Diplomático pensamos que el pesimismo está fuera de lugar, porque no resuelve los problemas y paraliza a las sociedades. No se trata tampoco de caer en el optimismo absurdo, sino simplemente de aceptar la realidad tal cual es para después tratar de cambiarla, o al menos de intervenir activamente en su evolución. A esa vieja y entrañable Europa, a los millones de europeos que sufren terriblemente por culpa de la crisis y también a todos los que están angustiados por su futuro y el de sus hijos, les deseamos un feliz año 2013.