Cuaderno de Brasil (1)

Raúl Manuel Braga Pires

San Paulo, la capital económica de Brasil, es una gran metrópoli de 20 millones de habitantes

La llegada a Sao Paulo, procedente de Maputo, me recordó cosas simples que me había olvidado. Por encima de todo, que me sentía  como pez en el agua en una mega ciudad. Y a continuación, descubrí Sao Paulo, el top mundial de los gigantes cosmopolitas. Me había olvidado de la comodidad del anonimato que proporcionan 20 millones de habitantes. Y me había olvidado también de la alegría de caminar sin rumbo durante horas en busca de la grandeza de la ciudad. Vasto Sao Paulo… Empecé por dormir en el Valle de Anhangabaú, pero rápidamente me trasladé a Corifeo, en Butanta, dónde está la USP,  la Universidad de Sao Paulo y su mega-campus, con dos líneas de autobús gratuitas.  Pero no pisé la Avenida Paulista. Hice  cálculos, y creo que había hecho unos 400 kilómetros a pie entre Consolación y  Paraíso ida y vuelta todos los días. También utilizaba el metro, pero sólo cuando llovía.

Mientras realizaba mi traslado del centro a la periferia,  ya casi en Osasco, el taxista me dijo que hay que ponerse en la piel de los brasileños, que son como seres mutantes en cuanto al humor. No todo es siempre alegría. Debemos darnos cuenta de esto. Bueno, siempre he identificado a los brasileños con la definición dada por Agostinho da Silva: “El brasileño es un portugués  flojo”. Y siempre he  identificado a Brasil con otra máxima del profesor: “Brasil es lo mejor de Portugal”. De regreso a Sao Paulo, conocí a una tal Teresa,  en un restaurante donde solía hacer una pausa tras haber caminado. Me sentía muy solo y le pregunté si  nos podíamos hacer compañía ya que ambos estábamos solos. Aceptó e iniciamos entre nosotros una conversación agradable. Yo no sabía qué efecto podría tener en una chica decirle  que vivía en un país con elefantes y que había estado cerca de alguno de ellos. Estaba encantada de saber qué bichos  habitan en  Mozambique. Me cautivó  su sonrisa y la forma en que salía el humo del cigarrillo de su labio izquierdo. Practicaba ballet, quería hacer cine y tenía en su brazo derecho un tatuaje que precisamente  serpenteaba por encima del brazo como si fuera una película. Creo que le provoqué un gran interés al mostrarle unos  elefantes en una etiqueta y le encantaron mis  historias de África.

Otra mujer

En el teatro Gazeta,  en Sao Paulo,  también me dirigí a otra mujer que estaba sola en una mesa junto a mí. La verdad es que Brasil es el lugar ideal para hacer las cosas de esta manera.  Soy un portugués muy suelto, y hago las cosas como creo que se tienen que hacer, y no me avergüenzo de ser curioso.  Siempre hay una sonrisa y una reacción positiva que nos provoca una sorpresa. Con esa chica que estaba sola, también hablamos mucho durante varios meses. Una curiosidad fue para mí darme cuenta de la  seguridad que demuestra  la población en el autobús. Quién está sentado en un asiento no tiene ningún problema con hacerse cargo de las  maletas, mochilas y bolsos de otros viajeros.  No hay robos, según pude ver. Vi  el caso de un bolso que un viajero se olvidó en un asiento.  Otro viajero, cuando la persona despistada iba a  salir del autobús,  le entregó el bolso a su  propietario, que se había quedado dormido durante el viaje. Es extraordinario ver cómo las personas se organizan, se ayudan, se protegen en un ambiente que no es hostil.

(Continuará…)