¿Qué pasa con España?

Por Paco Soto

España atraviesa una grave crisis económica, política, institucional y social, pero el país puede superar esta etapa si la sociedad se mantiene unida y los políticos se dedican a trabajar para resolver los problemas y no caen en la demagogia, el populismo y la irresponsabilidad. En la foto, las Ramblas de Barcelona

España atraviesa una grave crisis económica, pero también política, institucional y social. Podemos negar la realidad o minimizar sus efectos, pero ambas actitudes irresponsables no van a solucionar los problemas. Todo lo contrario, podríamos ir a peor si no tomamos el toro por los cuernos. En un contexto tan difícil como el que vive España en estos momentos estamos viendo como muchos ciudadanos, desgraciadamente, pero también responsables políticos e institucionales, empresarios, periodistas e intelectuales se comportan de manera incívica. En lugar de apelar a la calma y de transmitir mensajes a favor de la unión y el consenso, determinados personajes públicos han convertido el ataque y el insulto en una manera de ser y de pensar, o mejor dicho de no pensar. Algunos políticos de la derecha y de la izquierda, tanto en Madrid como en Cataluña, el País Vasco o Andalucía, utilizan la demagogia y el populismo porque piensan que ambos instrumentos pueden ser útiles desde el punto de vista electoral. En otros ámbitos sociales, hay individuos que se comportan como energúmenos, porque no tienen dos dedos de frente, o peor aún: porque son unos canallas. Solo un irresponsable o un sinvergüenza puede afirmar sin que venga a cuento un día sí y el otro también que “España se rompe”, que “Cataluña necesita la independencia para acabar con el expolio español”, o dedicarse a espantar a la ciudadanía con el miedo a la lucha de clases, la guerra civil o la intervención de las Fuerzas Armadas en la vida política. Los patriotas de hojalata (Zapatero dixit) se agitan en todas partes y los que quieren abandonar el barco porque creen que se está hundiendo, como suelen hacer las ratas, se han puesto el chaleco salvavidas de la soberanía catalana y vasca. El drama de este asunto es que los hermanos mayores de los nacionalistas catalanes y vascos, los nacionalistas españoles que sueñan con don Pelayo y la Reconquista y están convencidos de que España existe desde el neolítico, son tan intolerantes, obtusos y poco inteligentes en términos políticos, que le hacen el juego al sector más impresentable, sectario y xenófobo del nacionalismo catalán y vasco.

Provocar al Estado

Con motivo de la festividad de la Pascua Militar, el ministro de Defensa, Pedro Morenés, un hombre serio y poco dado a los exabruptos, dijo con razón que “llevar a las Fuerzas Armadas al debate político es un gran error”. Morenés comentó una cosa que debería saber cualquier demócrata con dos dedos de frente, y más en un país como España donde durante el siglo XIX y parte del siglo XX muchos militares, demasiados, intervinieron en la vida política con brutalidad. El último episodio histórico sangriento fue el golpe de Estado del general Francisco Franco, el 18 de julio de 1936, que desencadenó una terrible guerra civil. Durante la transición a la democracia en España, el sector más recalcitrante de las Fuerzas Armadas intentó frenar el proceso e incluso regresar al pasado siniestro del franquismo. La última intentona fue la farsa de golpe de Estado que protagonizaron el 23 de Febrero de 1981 el teniente coronel Antonio Tejero y generales decrépitos como Jaime Milans del Bosch y Alfonso Armada.  Es probable que a los jóvenes que lean este editorial, lo que comento les parezca un cuento chino. En España, por suerte, los que tienen menos de 40 o 45 años no saben casi nada de ese doloroso pasado de guerras de clases y civiles, pronunciamientos militares impulsados por generales de capa y espadón y mentalidad cavernícola, violencia, miseria y exilio. El terrorismo de ETA y de otros grupos criminales de menor entidad es la única lacra del pasado que hemos tenido que aguantar estas últimas décadas los españoles.

Discurso monótono y previsible

La presidenta del Parlamento de Cataluña, Núria de Gispert, calificó las palabras de Pedro Morenés de “provocación”. La señora De Gispert no es ninguna exaltada, y en eso se parece a Morenés. Entonces, ¿por qué considera que el ministro de Defensa es un provocador? ¿ Es porque dijo que la ofensiva soberanista en Catalunya y Euskadi es una provocación al Estado y una vulneración de la ley? ¿Es que no es así? Otros dirigentes catalanes y vascos de signo nacionalista se pronunciaron en la misma línea que De Gispert. Su discurso fue  monótono,  repetitivo  y previsiblle. Y esto es un problema. Otro problema es que  en las filas de la derecha españolista, pero también de la izquierda, hay grandes provocadores. Me quedé de piedra cuando el europarlamentario del PP Aleix Vidal-Quadras declaró a un medio de comunicación que el problema catalán se soluciona con la Guardia Civil. ¿Cómo un hombre tan inteligente e intelectualmente solvente como Vidal-Quadras puede afirmar semejante idiotez? No lo entiendo, francamente. Un medio serio como el diario catalán La Vanguardia ha dado incluso credibilidad a las opiniones de un militar retirado que defendía la intervención de las Fuerzas Armadas en Cataluña. ¿Cómo se puede prestar atención a lo que dice un señor que fue militar pero ya no viste el uniforme y no representa a nadie? Las Fuerzas Armadas españolas de 2013, por suerte, no son el Ejército de Franco. No tienen nada que ver con la institución que manipuló y utilizó la dictadura para sus propios intereses. La institución militar ha cambiado profundamente en España en las últimas décadas para su propio bien y el de los españoles y la democracia. Es un cuerpo profesional, disciplinado y formado por hombres y mujeres que se dedican a sus tareas específicas y no se meten donde nadie les ha llamado: en la vida política. Estoy seguro de que la mayoría de los militares españoles están preocupados por las tensiones secesionistas. Es normal. También están preocupados los carpinteros, los agricultores, los maestros y los parados de Madrid, Zaragoza, Badajoz e incluso Barcelona y Bilbao. Tengo la impresión de que a los sectores residuales de la extrema derecha, emboscados en algunos casos en medios conservadores de Madrid, pero también a la  resucitada ultraizquierda y a las corrientes menos civilizadas de los nacionalismos periféricos les gustaría que los militares sacaran de nuevo los tanques a la calle. Pero en fin, ya pueden sentarse unos y otros, porque de lo contrario, de tanto esperar, acabarían cansándose. En tiempos de crisis e inestabilidad surgen voces que provocan, cargan contra todo y prometen el paraíso en la tierra. Eso es un peligro, porque está demostrado que no hay ningún paraíso en la tierra y que la defensa de las  utopías siempre suele ser la antesala de acontecimientos terribles. Da igual que la utopía sea fascista, comunista, nazi, anarquista, liberal, la de la independencia de Cataluña o de la España eterna…

A favor de la política

Las acciones de los gobernantes, pero también de los ciudadanos están impregnadas de política. No hace falta ser político de profesión para participar de la cosa pública. Acciones como una manifestación pacífica, una demanda sobre determinados derechos, una opinión publicada en un medio o un voto, son maneras de hacer política. La política, que suele ser el arte de lo posible, es el mejor instrumento para solucionar los problemas.  Sin ella viviríamos todavía en el paleolítico inferior. La política es también diálogo entre adversarios, consenso y acuerdo, y esto, aunque no sea una solución perfecta, siempre es mejor que la guerra, la violencia, el terrorismo y la proclamación de consultas de autodeterminación ilegales. Insisto: la política es un buen instrumento para solucionar los problemas. Pero para alcanzar el desafío de la política tenemos que salir de la caverna de la protesta bronca, el insulto y la descalificación y creer razonablemente en el diálogo. ¿Está España peor que el resto del mundo? Ni mucho menos. Hay que ser un mentecato para afirmar tal cosa. Ni económica, ni política ni socialmente nuestra situación es mucho peor que la de nuestros vecinos europeos. Encabezamos el ranking del desempleo en el mundo capitalista desarrollado. Es tristemente cierto. Pero exportamos más que otros países. Tenemos una de las economías más internacionalizadas del mundo. No somos menos competitivos y productivos que los italianos, y desde luego somos menos corruptos que ellos o que los checos y los polacos. No vivimos peor que los portugueses. Nuestro sistema político es menos arcaico que el francés y nuestra sociedad es bastante más abierta y tolerante que otras sociedades europeas. A la hora de valorar a un país hay que saber de dónde viene esa sociedad y qué camino ha recorrido y dificultades ha tenido que superar para alcanzar un alto nivel de libertad y bienestar. Nos quedan muchos problemas por solucionar y la crisis ha puesto de manifiesto nuestras debilidades y los errores cometidos en el largo camino del atraso al desarrollo y de la dictadura a la democracia. Ahora bien, en este momento tan delicado para el presente y futuro de nuestro país, sobran las plañideras, es decir  los pesimistas crónicos que nos amargan la vida con anuncios catastrofistas. Los necios y los canallas deberían dejar de trabajar ideológicamente, ¡esos sí!, y apuntarse a la lista del paro. España, como el resto de Europa, necesita de valores positivos para salir adelante. Desde Correo Diplomático, modestamente, nos apuntamos a la difícil pero apasionante estrategia de superar los problemas y alcanzar retos comunes e ilusionantes. En España y en todas partes.