Las criadas filipinas son la nueva cara de la esclavitud moderna en Marruecos

Dunia Benjadra-Rabat

Unas 3.000 empleadas de hogar de origen filipino trabajan en Marruecos. Muchas sufren una dura explotación laboral y son sometidas a vejaciones de todo tipo y agresiones sexuales.

Las criadas de Filipinas se han convertido en la ‘nueva moda’ de las familias burguesas de Rabat y Casablanca. Los ricos de toda la vida y los nuevos ricos las prefieren a las marroquíes, porque estas empleadas de hogar son aún más sumisas y cobran menos dinero. La mayoría se quejan en silencio. Unas pocas se han atrevido a denunciar las duras condiciones de vida y de trabajo y las agresiones sexuales a las que son sometidas. Son la nueva cara de la esclavitud moderna en Marruecos. Vinieron a Marruecos desde Filipinas con la esperanza de un trabajo y una vida dignos y se han encontrado con todo lo contrario: explotación sin límite, sueldos que no se pagan, malos tratos, agresiones sexuales e incluso violaciones. Algunas criadas filipinas se han quedado sin pasaporte porque lo han tenido que entregar a sus empleadores. La joven Analyn, que apenas tiene 23 años, cuenta a un semanario marroquí que su calvario empezó desde que llegó a Marruecos. “Llegué a Marruecos en septiembre de 2010.  Nunca pensé que mi afán por asegurar el sustento de mi familia, compuesta por 10 personas, se convertiría en una pesadilla. Tenía que trabajar 12 horas al día. Además, no tenía derecho a mi día de descanso semanal para ir a la Iglesia o reunirme con otros miembros de mi comunidad, ni tampoco a recibir un buen sueldo”, explica Analyn. En la casa donde trabajaba esta joven empleada de hogar recibía un sueldo mensual de 1.500 dirhams (unos 140 euros) al mes. Además, era víctima  de continuas agresiones sexuales por parte de su empleador. Daliasy, que trabaja en Casablanca, cree que las autoridades marroquíes tendrían que intervenir para resolver la situación de las criadas filipinas. “Hay familias marroquíes que respetan a las empleadas de hogar, pero son una minoría”, afirma esta mujer, que sabe perfectamente de lo que habla.

“Verdadero calvario”

Aunque no hay estadísticas oficiales, según la Organización Democrática del Trabajo (ODT), hay más de 3.000 filipinas en Marruecos, la mayoría jóvenes, que trabajan en el servicio doméstico. El cónsul honorario de Filipinas en Casablanca, Porto Joselito, califica la situación de estas trabajadoras de “verdadero calvario” y explica que “estas pobres mujeres recorren miles de kilómetros  para venir a instalarse en Marruecos. Aspiran a una vida mejor que les permita asegurar las necesidades de sus familias que se han quedado en el país. Desgraciadamente, el sueño de El Eldorado marroquí se transforma, en la mayoría de los casos, en una pesadilla interminable”. El cónsul honorario confirma que la mayoría de las criadas filipinas “son víctimas, en toda impunidad, de malos tratos y de explotación, incluso sexual”. El secretario general de la sección ‘Trabajadores inmigrados en Marruecos’ de la ODT, Marcel Amiyeto, denuncia que muchas de estas mujeres tienen que pagar 45.000 dirhams (unos 4.300 euros) para conseguir un contrato de trabajo, lo que ha dado pie a la existencia de una red mafiosa que comercia con este documento tan necesario para las inmigrantes filipinas. Además, aunque llegan a Marruecos legalmente, a los tres meses su permiso de residencia caduca y las empleadas de hogar se encuentran en situación irregular. En ese contexto, los empleadores sin escrúpulos pueden hacer lo que les dé la gana.

Contexto social

El contexto social en el que viven y trabajan estas empleadas de hogar filipinas no es precisamente bueno, pues las propias marroquíes también están sometidas a una dura explotación impropia de un país que pretende haber entrado en la modernidad democrática. Según la ONG de derechos humanos Human Rights Watch (HRW), el número de niñas criadas en Marruecos es de varios miles, y cobran un salario mensual de unos 600 dirhams (unos 50 euros). Muchas empleadas de hogar marroquíes, según denuncia HRW, también están sometidas a una dura explotación laboral y salarial y en muchas casos son víctimas de vejaciones y acoso sexual. El Gobierno del islamista Abdelilah Benkirane firmó hace poco un acuerdo con ocho asociaciones  para luchar contra el trabajo infantil. De momento, este acuerdo no ha tenido ninguna repercusión en el ámbito del trabajo doméstico.