Español, palabra extranjera

Abelardo Martínez

Nuestro colaborador Abelardo Martínez pone de manifiesto en este artículo de análisis las absurdas divisiones territoriales y el provincianismo que sigue dominando en amplios sectores de la sociedad española. España es vista por muchos españoles, y no solo por los nacionalistas vascos y catalanes, como una entelequia metafísica sin base real

El adjetivo “español”, etimológicamente, proviene de la palabra latina vulgar “spaniolus”. El sustantivo “Hispania” y el adjetivo “hispanus” eran vocablos cultos, propios de la lengua escrita, pero en la Antigüedad Tardía se optó por una versión acortada, “Spania”, de la que vinieron Spain en inglés, Spagna en italiano, Spanien en alemán o Espagne en francés. Del adjetivo “spanus” se derivó, coloquialmente, un diminutivo, “spaniolus” (españolito) que dio origen a nuestro gentilicio y de él vinieron los que se usan en  las grandes lenguas románicas occidentales (spagnuolo, espanhol, espagnol…)

Curiosamente, si la palabra “spaniolus” hubiera seguido su evolución lógica en lengua castellana, hubiera dado “españuelo”, con diptongo. Pero la primera vez que “español” (sin diptongo) aparece, es en un texto escrito en provenzal y es lógico creer que nuestro gentilicio sea de origen foráneo y no vernáculo. Es decir, no somos los españoles los que nos vimos por primera vez como tales, sino que nos vieron españoles los de fuera y decidieron darnos un nombre para todos. Por el contrario, los gentilicios regionales son indudablemente autóctonos, todos nacidos en el mismo territorio que los utiliza… A mi modo de ver, esto deja claro que, históricamente, los españoles nos hemos sentido más vinculados al terruño, al entorno más inmediato y controlable, mientras que no nos hemos identificado con conceptos más abstractos, como el de un gran país o un gran pueblo, hasta épocas relativamente recientes.

Mis conocidos extranjeros, cuando descubren la riqueza de paisajes, nombres, lenguas y gastronomías de España, más allá de la estrecha y soleada franja costera, quedan impresionados por la variedad de nuestro país. El extranjero suele pensar en España como en un país homogéneo, tópico y se encuentra con una abrumadora variedad de acentos, idiomas, dialectos, territorios e historias. Cuando conocen en profundidad España, se dan cuenta de que existen muchas Españas y, a veces, muy diferentes entre sí.

Así, es fácil pensar, como hacen muchos nacionalismos territoriales, que en realidad, España no existe, que el moderno Estado no es más que la reunión de los diferentes territorios sobre los que unas viejas dinastías reinaron alguna vez y que, por su propia comodidad, prefirieron gobernar juntos. Al serles devuelta la soberanía a esos territorios, tras la caída del Antiguo Régimen, sería lógico que también se les devolviera un hipotético derecho a decidir si quieren seguir viviendo juntos.

La idea de que España no existe, de que es artificial, de que lo natural son sus partes y territorios, por más que se racionalice como acabamos de contar contradice, sin embargo, la percepción que desde fuera se tiene de nosotros y esa percepción es, como demuestra nuestro propio gentilicio, muy antigua. Más antigua que el nacionalismo, puesto que arranca del comienzo de la Edad Media. Decir que España, la España moderna, nace con Viriato (como defiende alguna sonrojante serie de televisión) es absurdo, tan absurdo como creer que Cataluña era un imperio mediterráneo que nace con Wifredo el Velloso o que Euskal Herria nace con Aitor, Jaun Zuria (o, peor aún, con Túbal, el nieto de Noé). Pero negar que hay algo que nos une, aparte de la simple geografía, es igual de absurdo: es algo que resulta obvio desde fuera, pero que también hemos intuido los “spanioli”. No vamos a llegar hasta San Isidoro y sus “Laudes Hispaniae” –en el siglo VII alguien ya creía que los pueblos que habitaban la Península Ibérica formaban, de alguna manera, algo distinto al resto –sino que podemos ver que, en esa dorada Edad Media, cuando Cataluña, al parecer, era un imperio que abarcaba todo el Mediterráneo, Jaime I el Conquistador ayudaba a su yerno castellano, Alfonso X el Sabio, a conquistar Murcia “per saludar Espanya” También podríamos destacar, en épocas más recientes, que Zumalacárregui, el protogudari del nacionalismo vasco, lo que quería realmente era poner un rey carlista en Madrid y no fundar una república fuerista vasca, pero nos conformaremos con creer que algo ha existido, y algo existe todavía, que justifica la existencia de una organización política común a los territorios y gentes que ocupan el suelo de la moderna España.

Si es así ¿cómo surge la contradicción de un virulento nacionalismo territorial? El nacionalismo territorial en España no es más que la manifestación moderna de un atavismo del alma ibérica, es la racionalización de un sentimiento visceral que, como todos los sentimientos viscerales, se acrisoló durante el Romanticismo, muchas veces vinculado al tradicionalismo político y como reacción a las modernas estructuras de pensamiento, economía y poder que trajo consigo el triunfo del liberalismo. En el resto de Europa, al contrario, el nacionalismo era un vehículo para luchar contra los viejos imperios absolutistas (Alemania en 1848, Hungría ese mismo año, Polonia en 1863, Italia a lo largo de todo el siglo XIX) En España, además, la existencia de lenguas propias en esos territorios, revalorizadas por el Romanticismo, sirvió para justificar ese sentimiento de diferencia y separación del resto. Lo que en Suiza no ha sido un inconveniente, aquí fue excusa para desunir.

Pero hay que decir que ese sentimiento particularista, aunque con variado vigor, no es exclusivo de Cataluña, País Vasco o Galicia, sino que en diferentes niveles (tantos como administraciones territoriales) puede hallarse por toda España. Cuando se promulgó la Constitución, constituirse en Comunidad Autónoma era una opción que un conjunto de provincias (la provincia era la unidad mínima) podía escoger, o no, pero todo el mundo decidió crear su Comunidad Autónoma, en algunos casos, con una sola provincia (un absurdo territorial) y con un frágil sostén histórico o económico y social que lo justificara. Excluyo las causas políticas porque, precisamente, ellas sí favorecieron la proliferación de las Comunidades durante la Transición.

El aldeanismo, el apego a lo propio (en griego, “idiotismos” y el que lo profesa, “idiotês”) el particularismo aldeano y el agravio territorial (muchas veces, la envidia) están prendidos en la mentalidad española, que se formó a base de pobreza y lejanía a lo largo de su Historia. Además ese aldeanismo es fractal, si dividimos la muestra, comprobamos que sus propiedades van repitiéndose en sus versiones más reducidas hasta el límite, prácticamente, de la propia comunidad de vecinos. Hoy en día, todas las Comunidades Autónomas tienen la pretensión de ser históricas, aunque muchas no puedan remontarse más allá de la división de Javier de Burgos de 1833. Cualquier peculiaridad se convierte en un hecho diferencial, cualquier vocablo propio se aspira a ser lengua oficial, digna de estudios, observación y tesis doctorales, y cualquier opinión o creencia local, hasta la más demencial, se vende como una verdad universal que se convierte en Historia y se enseña en escuelas, institutos y universidades. Y todo esto no sólo en las Comunidades que aspiran, de manera más o menos beligerante, a la independencia, sino, también, en las más pacíficas y leales. Se podría alegar que todo esto también se comparte con otros pueblos y con otros países, pero lo que lo hace tan español es la chulería con la que el nacionalista, regionalista, fuerista o, simplemente, el aldeano tratan a quienes le rodean, sin saber que está, al mismo tiempo, despreciándose a sí mismo.

Este aldeanismo no pasaría de una molesta tabarra folclórica si no fuera porque acaba basando la exigencia de inversiones que, de no ser satisfecha, lleva al victimismo agraviado. Todos los pueblos merecen tener autovía y hospital, todas las capitales, aeropuerto, universidad (dedicada, por supuesto, al estudio de los particularismos locales) y AVE, y todas las autonomías, un embrión de Estado con cargos, provisiones, dignidades y representantes acordes a su alta función.

Como se ha adelantado antes, no sólo la natural tendencia de los “spanioli” a la desunión nos ha llevado hasta aquí, también ha habido una voluntad política decidida: el sentimiento aldeano ha sido canalizado y aprovechado por los partidos políticos, y no sólo por los nacionalistas. La creación de las autonomías fue vista como un filón de poder sin explotar y se lanzaron a conquistarlo. Una nueva casta política apareció en los grandes partidos, los llamados barones, es decir, líderes regionales que mandan en sus partidos según el peso de sus respectivas comunidades dentro de España. ¿Cómo conquistar esa tajada de poder territorial? Evidentemente, como los nacionalismos históricos conquistaron las suyas: excitando el culto a la diferencia y el agravio, aprovechando las “hechos diferenciales” como grietas para apartar cuotas de poder, en lugar de como riqueza que aportar al acervo común.

En Estados federales puros, como Alemania, el Estado central gasta el 65% del dinero público, en Suiza, el 51%, el resto se reparte entre entidades territoriales mayores (länder y cantones) y menores (municipios) En España las autonomías gastan el 56%, el resto se queda para Ayuntamientos, Diputaciones Provinciales y Estado central (incluyendo en éste la Seguridad Social). El Estado central va a gastarse este año 169.775 millones de euros ¿a cuánto asciende la tajada autonómica en el gasto público?

Al redactar la Constitución, el Estado autonómico no debía llegar hasta aquí, debería haber sido una forma de contentar a los nacionalismos, proporcionándoles cuotas de autogobierno, y para el resto, una forma de acercar las decisiones administrativas a la ciudadanía. Estas intenciones son excelentes. La idea de un Estado autonómico es buena en sí, tal y como estaba planeada pero no hay más que ver el estado de los diecisiete sistemas sanitarios españoles (en unas comunidades se atienden ciertas prestaciones, en otras no, en unas se pagan ciertos medicamentos, en otras no…) o los diecisiete sistemas educativos, más interesados en inculcar las ideologías particularistas a los alumnos, que en formarles para una vida laboral y ciudadana digna.

España tuvo la mala suerte, como siempre, de que sus políticos no estuvieran a la altura de sus aspiraciones y de que no les interese el bienestar de sus conciudadanos sino el medro personal y, con suerte, el del partido que les sirve de pesebre. Esos políticos crearon un problema, el autonómico y lo resolvieron a costa de miles y miles de millones de euros. Que nadie piense que esos miles y miles de millones cayeron del cielo, ahora tenemos que devolverlos y es una de las causas de que haya seis millones de personas, de seres humanos con familias e hipotecas, en el paro. Quizás las Autonomías no sean un problema, pero nuestros políticos las han convertido en uno de los mayores (hay otros, pero hablaremos otro día) y no están resolviéndolo.

¿Sólo culpa de los políticos? No. Esos políticos no han aparecido de la noche al día. Esos políticos no son los vencedores de una guerra civil para poder echarles la culpa. En realidad esos políticos los ponemos nosotros mismos, con la responsabilidad que acarrea nuestro voto. Esos políticos salen de nosotros, de la sociedad que los crea y somos nosotros, los ciudadanos de a pie, los que nos hemos dejado engañar por ellos, acomodándonos a nuestro aldeanismo para podernos creer mejores que nuestros vecinos, de pueblo, de provincia o de Comunidad Autónoma. Un timo necesita siempre dos partes, por un lado un timador que engañe a un inocente, pero por otra, un inocente que crea que está engañando al timador. Nosotros hemos sido ese inocente, nosotros nos hemos negado un nombre común con nuestros vecinos porque así podíamos creernos mejores, más antiguos o con más derechos y los políticos, de todas las ideologías, aunque los nacionalistas siempre han sido un modelo, se han aprovechado de ello para inventarse un nuevo escalón de poder que poder repartirse y ahora nos piden que se lo paguemos.

Es muy criticable la pretensión independentista de Artur Mas y sus aliados de ERC, es rechazable la arrogancia con la que la defienden y es irresponsable que todo esto haya venido por la negativa de CiU a asumir el agujero que el catastrófico gobierno del tripartito catalán ha dejado en las cuentas públicas catalanas. Pero como actitud, es destacable que la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP durante tantos años, es la segunda mayor endeudada de España, tras la Cataluña de Mas (veinte mil millones de euros y cuarenta y dos mil, respectivamente) por supuesto. Y si eliminamos el independentismo, la defensa aldeana que las Comunidades del PP y del PSOE hacen de “lo propio” no es tan distinta de la que hacen los nacionalistas vascos o catalanes.

Como decía, los políticos nacen en nuestro propio seno, de nuestra sociedad, y si queremos que cambien bastará con que cambiemos nosotros mismos. El debate territorial es muy perturbador en España, política y económicamente, pero seguirá vivo mientras el aldeanismo permanezca en las mentes de los “spanioli” que se niegan a ver un cierto vínculo que los une. El Estado de las Autonomías podría ser un vehículo que armonizara el autogobierno de los territorios, una correcta administración de los recursos –tan escasos –y el respeto por las diferencias que son tan propias y tan enriquecedoras de un país antiguo como España. Hemos permitido, casi hemos deseado, que esa idea quedara desvirtuada por los intereses de unos políticos rapaces que se disimularon con la excusa de lo paleto y lo aldeano. Artur Mas y quienes piensan como él no son más que la versión refinada de lo que somos todos en alguna medida y ETA sólo es el extremo de ese pensamiento. Para acabar, resultaría irónico, pero muy plausible, que cuando los provenzales de la Edad Media utilizaran la palabra “espanhol” por primera vez, la usaran, precisamente, para referirse a sus vecinos catalanes, los “españolitos” que tenían más a mano.

Abelardo Martínez es abogado y de Zaragoza, y ha trabajado en el mundo de la sanidad pública española. Es un buen conocedor y analista de la realidad política y social española y uno de los colaboradores de Correo Diplomático