Marruecos: Nabil Benabdallah, Mohand Laenser y Karim Ghellab víctimas del síndrome de Estocolmo

Karim Douichi

Los políticos marroquíes que gobiernan con el islamista PJD sufren del llamado síndrome de Estocolmo respecto del partido del primer ministro Abdelilah Benkirane. En la foto, el secretario general del PPS, Nabil Benabdalah

Cuando el psiquiara Nils Bejerot inventó la nación de “síndrome de Estocolmo” para designar la propensión paradójica de los rehenes a desarrollar una empatía-simpatía hacia los secuestradores, no se podía ni imaginar que este comportamiento se adapta perfectamente al actual escenario político marroquí. Hace un año, los observadores políticos del reino jerifiano no se lo podían creer cuando vieron que el PPS se desolidarizaba  de la USFP y aceptaba participar en un gobierno conducido  por su enemigo ideológico intrínseco: el PJD. Este último se mostró “galante” hacia los antiguos comunistas  al gratificarlos con una representación gubernamental superior a su fuerza parlamentaria real. Nabil Benabdallah, que había tomado las riendas del PPS, tuvo así la ocasión  de tener su revancha sobre sus “supuestos amigos” que lo habían abandonado. Desde entonces, las voces que se proclaman modernistas en el PPS se han callado, se han sacrificado sobre el altar de intereses políticos estrechos. El partido del difunto Ali Yata perdió la ocasión de desmarcarse y de mostrar su fibra progresista, sobre todo en el asunto de “Amina Filali”, vergonzosamente abandonada por el gobierno. Estos últimos días, es un Nabil Benabdallah reforzado el que ha tomado la defensa de Benkirane permitiéndose incluso la licencia de “cargar” contra la monarquía a propósito del retraso acumulado por el gobierno en el asunto de las leyes orgánicas. El secretario general del PPS ya solo ve su supervivencia política a través de una “comunión electoral” con los islamistas del PJD, los mismos que bloquearon la ambiciosa reforma del estatuto de la mujer propuesta hace unos 10 años por el PPS de Saïd Saâdi, que en aquella época estaba en el gobierno de alternancia de Abderrahmane Youssoufi.

Otro socio coyuntural de Abdelilah Benkirane ha mostrado también sus límites políticos. Mohand Laenser, que pensaba que se iba a jubilar después de una carrera gubernamental en la que se alió con todas las corrientes políticas de Marruecos, fue promocionado al puesto neurálgico de ministro del Interior. Este hombre políitco se mostró en varias ocasiones superado por los acontecimientos, y tuvo que soportar la estrategia vengativa de los diputados del PJD, que no perdieron ninguna ocasión para acosarlo. No faltaron las ocasiones: los nombramientos de los walis y los gobernadores o la intervención legal de las fuerzas del orden en los disturbios. Mohamd Laenser no ha tenido suficiente cintura  para hacer frente a sus “queridos aliados” políticos islamistas, que cada vez lo apuñalaban por la espalda y se saltaban a la torera el principio elemental de la solidaridad gubernamental. El jefe del Movimiento Popular nunca supo encontrar el momento adecuado para imponerse como socio y hacerse respetar como se merece.

En cuanto a Karim Ghellab, milagrosamente colocado a la cabeza de la Cámara de Representantes, ha demostrado abiertamente que ese puesto es demasiado grande para él. Autor de buenos momentos políticos en los dos  gobiernos precedentes, el joven aprendiz de político se ha equivocado en toda la línea desde que tiene el título de tercer hombre en la jerarquía del Estado. Completamente alineado en las posiciones del PJD, la actitud de Karim Ghellab hace recordar a los marroquíes con nostalgia  la elegancia de un Ahmed Osman o el sentido político de un Abdelouahed Radi. El diputado de Sbata-Casablanca, según algunos diputados istiqlalíes, ha capitulado completamente ante los francotiradores del PJD, y no puede desempeñar el tradicional papel de hombre de paz y de consenso que suelen ser los presidentes del Parlamento. En todo caso, los tres hombres políticos, cada uno de ellos por temperamento o por cálculos puramente politiqueros, han escogido acostarse en la cama del ala radical del PJD. Es una mala operación. El PPS quizá podrá tener dos ayuntamientos y tres diputados más, pero perderá definitivamente su identidad e incluso su independencia. El Movimiento Popular no podrá resistir a los retorcidos golpes del PJD y seguirá su bajada al infierno electoral, mientras que Karim Ghellab habrá perdido la posibilidad de tener una carrera electoral prometedora. En política todo se paga en dinero contante y sonante, sobre todo los errores.